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Maitines II

Jorge Dioni López

3.1 El desenroque


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La penumbra no deja ver nada. Todos los sonidos, hasta entonces menores, se amplifican hasta hacer pensar a los allí reunidos que están siendo sitiados por un ejército invisible como si fueran personajes de un cuento de Cortázar. Una mujer deja oír el repiqueteo de sus zapatos de tacón antes de soltar tres golpes. Primero, a la persiana; después, a la habitación, que se abandona a sí misma entre el chorro de luz recién llegado, y por último, a los allí reunidos, que se miran como si hubieran sido teletransportados como en una serie de la televisión por cable. Los carraspeos, las manos haciendo de visera, las medias sonrisas y la imposibilidad de hacer un círculo en el que todos puedan verse sin hacer un corrillo propio devuelve a los allí presentes a su realidad de protagonistas de una farsa en continua reescritura.

La mujer que ha abierto la persiana es Fátima Fernández, redactora y habitual transcriptora de las entrevistas del director del periódico más importante del País. En uno de los corrillos, Jaime Losada, presidente del Partido del Progreso Moderado, habla entre susurros con Navas Santillana, nueva portavoz del grupo parlamentario. En otro, el director del periódico más importante intercambia silencios con Jerónimo Jiménez-Mañanes, Catedrático de Derecho Civil de la Universidad de Santiago, Alcalde de Oviedo, diputado por el tercio familiar en las Cortes franquistas, fundador de la Unión Liberal, partido integrado en la UCD y, después, en el PPM, ponente constitucional, ministro de cuatro carteras y, tras su retirada de la política, policonsejero de empresas públicas y privadas; además, claro, de padrino político de Jaime Losada. En el tercero, Santi Escudé, redactor que cubre la información del PPM en el periódico más importante conversa con Xavier Bonareu, subdirector del periódico, dejando escapar algunas risas. El fotógrafo, como un islote de origen volcánico, emerge y desaparece de todos los grupos precedentes.

Fátima Fernández es quien rompe el silencio.

—Quimi, puedes ir montando el material, ¿no? Cuanto antes comencemos, mejor.
—Todo el mundo tiene mucha prisa conmigo.

Losada termina la frase dejando caer su sonrisa jijí que, sin embargo, no logra atraer la atención de los otros dos corrillos. Losada se vuelve a Navas Santillana.

—¿Seguro que es necesaria?
—¿El que?, ¿la gracia?
—La entrevista. Navas, que te estás creciendo y no soy la vicevogue.
—Claro que sí.
—Pero ya hizo una el alcalde; en el congreso, me van a llover tortas hasta en el último pelo de la barba.
—La entrevista sale el lunes siguiente; la que saldrá en medio del congreso será la de Vocento, en ABC y en toda su prensa regional. Esta será como la vuelta de honor.
—Joder, que estamos en Madrid, ¿qué piensas?, ¿qué no se va a enterar nadie? Llevamos diez minutos en esta sala y seguro que ya lo saben hasta en el cotolengo.
—En la sede, nadie sabe que estamos aquí.
—Eso es lo que tú te crees. Yo he tenido que informar a seguridad del partido y estos también lo habrán contado en el periódico. O lo contarán. Si no Escudé, el fotógrafo, seguro. Y los amigos del fotógrafo, que alguno tendrá, se lo contarán a los suyos. Antes de que comience el congreso, lo comentarán en la Cope.
—Pues, entonces, Jaime, lo miramos por el lado positivo. Cuanto más te ataquen, más cohesionado será tu apoyo. 
—No sé. En el congreso, el voto es secreto y el voto oculto es cobarde y ellos no tienen que ofrecer nada, sólo descarrilarlo. ¡Qué hijo de puta ha sido Grau!
—Tampoco pasa nada. No te obsesiones con ganar a alguien.  

Losada observa el proceso de fusión entre el corrillo de Escudé y Bonareu con el del director del periódico y Jiménez-Mañanes. Los ve reírse de una ocurrencia de este último y algo que explica Escudé provoca que los cuatro se vuelvan hacia el presidente del PPM que aprovecha la ocasión para introducirse. Jiménez-Mañanes le da un golpe en la espalda para recibirlo.

—Jaime, nos preguntábamos qué piensas de la retirada de Luis Grau y si quieres que hagamos una sesión fotográfica similar.

Todos ríen. Losada trata de acordarse de las fotos de la entrevista publicada en lunes en la que Grau informaba de su retirada pero sólo recuerda la palabra democracia repartida por la entrevista como el gordo de Navidad o como las babas de un niño. Hijo de puta, pensó entonces, quién te hubiera elegido para ser diputado si te hubieran tenido que votar. Hijo de puta, piensa ahora, cómo coño estarías si no hubiéramos dado la cara por ti. Pero hijo de puta es una expresión que no puede emplear porque dejaría ver demasiadas cosas.

—En el fútbol, cuando uno se retira, le dan el partido por perdido 3—0. Parece mal resultado pero, como soy gallego, puedo decir que depende.
—El señor Losada no querrá decir nada pero Grau ni siquiera tenía garantizado el apoyo de todos los madrileños.

Escudé habla levantando las cejas como los caballitos de un carrusel. En ningún momento mira a Losada, a pesar de que todo es un gran capote extendido para que el presidente embista y descubra más datos internos.

—Según las estimaciones que tengo, podía tener 400 de 3.000, algo más de un 12%. Un resultado desalentador, no sólo para Grau, sino para toda la gente que se le ha calentado la boca pidiendo democracia.
—Como no pueden ganar, van a reventarlo. Ten cuidado. Jaime.

Jiménez-Mañanes, vuelve a pasarle la mano por la espalda y a Losada le da la sensación de que su padrino político lo exhibe como un caballo percherón o niño que se ha aprendido por orden los cabos de España.

—Gracias, Don Jerónimo pero es complicado reventar un congreso.
—Eso es porque no estuviste en la UCD.

La risa patalea en todas las bocas sin que ninguna de ellas se decida a parirla.

Fátima Fernández se acerca a Losada y, tras rozarle un brazo, le pide que se acerque a la ventana para comenzar la sesión fotográfica.

—No, no, no mire a la cámara; mejor, por la ventana. 

Los flases se disparan no de un fogonazo, como habría esperado Losada, sino como el haz de luz que siempre se dice que aparece cuando se está al borde de la muerte. 

—Así, mirando por la ventana, como si pensara, o como si echará de menos.
—¿A quién? Si me acuerdo de alguno, me pongo a bailar.

Losada aguanta el fusilamiento cambiando levemente de postura y aguantándose las ganas de mirar el reloj.

—Perfecto; muchas gracias.

El presidente le hace un gesto a Navas Santillana para que detenga su avance y se acerca a Jiménez-Mañanes, que es quien ha negociado la entrevista con el diario más importante del País.

—¿Me darán caña, Don Jerónimo?
—Menos que en la que era tu casa.
—Yo nunca tenido casa. Soy el judío errante.
—Él era zapatero y tú, registrador de la propiedad.

Jiménez-Mañanes no acompaña su comentario con una sonrisa pero Losada quiere un pequeño calentamiento global porque sabe que nada resbala más que el hielo en las conversaciones.

—Ahora vamos bien, ¿no?
—Puede ser pero no he visto a nadie ganar un carrera después de correr en contra dirección.
—Las decisiones en los partidos no siempre se pueden tomar cuando uno quiere. Hace cuatro años, salimos del gobierno y había peligro de que el partido no lo encajara y acabáramos en disolución.
—No me vengas otra vez con eso. El PPM no es la UCD y no había ningún peligro. El problema fue que os quedasteis sonados como los boxeadores y sin capacidad de admitir que os habíais equivocado. Otros os dijeron lo que había que hacer y fuisteis de la mano como los niños haciendo el trenecito.
—No es tan fácil, Don Jerónimo.
—Era tan fácil como haber hecho lo de ahora cuatro antes
—Hace cuatro años, no me presenté yo a las elecciones. Ahora, sí.

Jiménez-Mañanes tuerce el gesto para admitir que el argumento tiene difícil respuesta, salvo un consejo.

—Mira. Jaime, puede ser que no conozca cómo funcionan ahora los partidos pero sí sé cómo funciona la política. Tú problema es que te enrocaste. Ahora estás más calmado que en marzo y lo escucharás con más calma. La legislatura pasada te enrocaste y el enroque es una jugada que está muy bien, que no es defensiva, como piensan todos los que no saben. El enroque es una jugada más dentro de tu estrategia de partida, no es una huida ni se puede hacer para ver qué pasa porque nos parece que el rival no se lo espera. El enroque puede ser el inicio de la victoria.

Losada se rebulle al oír la palabra.

—Pero, cuando uno se ha enrocado porque cree que así se defenderá mejor, suele tener ganas de desenrocarse algunas jugadas después. Y el desenroque no existe. Si uno quiere recuperar la situación de piezas que había antes, tiene que mover muchas piezas y se pierde mucho tiempo.
—Tengo cuatro años.
—El gobierno, también.
—Ya pero no voy a cansar a la gente desde el minuto cero como hace cuatro años. Hay que soltar la munición gruesa un año antes de las elecciones.
—¿Llegarás?
—Reza por mí.
—Ya no soy demócrata—cristiano.
—¿No se habrá hecho liberal?

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