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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Juegos de niños (I)


La idea de escribir este  artículo ensayo surgió del visionado de dos trabajos audiovisuales bien diferentes pero al mismo tiempo profundamente interconectados: el impresionante documental de Andrew Jarecki Capturing the Friedmans, premiado en Sundance y nominado al Oscar, y el largometraje de Todd Field Juegos secretos (poco acertada traducción al castellano del título original Little children), que es la adaptación de una exitosa novela de Tom Perrota, co-guionista del filme. Dos películas sobre una comunidad y el monstruo y dos retratos desafiantes de la sociedad estadounidense contemporánea.


El filme de Todd Field me sorprendió tras haber visto la oscarizada En la habitación, un filme inquietante e  impecablemente realizado, pero en el que me parecía ver un mensaje ambiguo, más bien reaccionario y una defensa del núcleo familiar plenamente hollywoodense. En cambio Juegos secretos no sólo me confirmó el innegable  talento de Field como narrador y director de actores y actrices sino que también me puso frente a las imágenes de  alguien que no solo hurgaba en las entrañas de una pequeña comunidad estadounidense sino que lo hacía sin los aspavientos característicos del cine indie más provocador. Filmes como la exitosa  Happiness de Todd Solondz son ácidos retratos de una sociedad enferma y rompen, desde una mirada irreverente,  más de un tabú, pero tuve que esperar a Little children para encontrar una visión reposada de la forma en que una comunidad crea —cabría decir que inventa y reinventa— un “monstruo moral” y se alimenta de él para ahuyentar lo que hay en el espejo de sus propios dormitorios, que se pretenden adultos. Lo que tapan  esas sábanas aparentemente pulcras  y lo que ocultamos a los demás y  nos escondemos a nosotros mismos.


Los filmes recientes más valientes a mi entender sobre las relaciones intergeneracionales y el complicado debate que siempre suscita en nuestras sociedades han sido la fascinante Mysterious skin de Gregg Araki y El leñador de Nicole García. Mas, en el filme de Araki y en la triste parábola de García encontraba yo interesantes desafíos a nuestras más arraigadas convicciones sobre el tema pero no un análisis detallado de la mentalidad que se  esconde tras la caza y captura del pedófilo, de la sociedad en la que vive y de los dispositivos que se crean a su alrededor.

La misteriosa prosa de Scott Heim se filtra en las imágenes oníricas, y agresivas de Gregg Araki, un aventajado del new queer cinema de los noventa, que sigue sin hacer demasiadas concesiones a la galería en su primer filme destinado al gran público. En su película se narraba el efecto psicológico que el abuso sexual de un joven y sexy entrenador de rugby tenía sobre la vida personal de dos niños que se reencuentran cuando son  unos adolescentes de caracteres opuestos pero unidos por una herida común que los ha convertido en dos seres emocionalmente desquiciados. La propuesta era fascinante, tanto desde un  punto de vista visual como narrativo: Araki nos trasladaba a un mundo poético personalísimo —un universo que yo había conocido por la lectura de la trístisima In Awe— y lo hacía con éxito, logrando hipnotizarnos y conmovernos con un relato inteligente y cruel, sobre la eterna adolescencia y sus fantasmas íntimos. Pero faltaban los adultos o faltaba al menos la disección de la sociedad que suele crear o destruir ese “fantasma” que se cuela en el dormitorio de los niños.


Tampoco en El leñador se penetraba con ímpetu en las tripas del monstruo sino que se mostraba únicamente el ostracismo social y familiar  del hombre al salir de la cárcel y su dificultad de reinserción en el mundo. El relato  era bienintencionado pero melancólico, lineal en su construcción dramática y algo borroso en su resolución final. La acusación se quedaba corta y el mensaje encerrado en una película —apoyada en un espléndido y austero trabajo actoral de Kevin Bacon— no nos llevaba más allá del retrato algo depresivo de  una psicología individual.

Juegos de niños (y II) [»]




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