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Pantumaca

Sara Orúe

Hombre limpio, hombre sucio

No me gusta decir lo que voy a decir….

—Pues no lo digas

… y, sin embargo, voy a decirlo: todos los hombres son iguales.

—Ahí t’as pasao, sobri.

Que no Tío Ra, que no. Me sabe mal pero, finalmente, no puedo negar la evidencia: todos iguales. El que es diferente… ese es peor.


Últimamente procuro establecer una teoría sobre la extraña relación que mantienen los hombres con la suciedad, pero no lo consigo.

—Qué antigua eres. Las revistas guarras se llaman pornografía, no suciedad.

No, no, si hablo de la suciedad real, la de la mugre, vaya.

—Ahora, además, vas a llamarnos puercos… Sobri, no tienes medida.
—Puerco el que lo sea, que hay alguno que… en fin, me dan náuseas de pensarlo. Pero en general no sois sucios, lo que me extraña es la relación que mantenéis con la mugre, que la generáis, pero a la hora de quitarla, no movéis un músculo.
—No te entiendo.


Pues está clarísimo: no laváis, no fregáis, no quitáis el polvo. No pasáis la escoba, ni el aspirador, ni ponéis lavadoras, ni lavavajillas, ni…

—Vale, vale, ya te he entendido.
—No me interrumpas.
—Perdón.

… ni secadoras. No limpiáis los baños, ni los cristales,  ni los filtros del aire acondicionado…

—Que sí, que sí que está muy claro. Y te interrumpo de nuevo porque te estás poniendo muy pesadita.

Ajá, aquí lo tienen. Yo me pongo pesadita por quejarme de que ellos no limpian, pero diles que se pongan una camiseta sucia, o que se beban el Rioja crianza en una taza de leche porque no quedan copas sin usar…


Recuerdo un matrimonio, vecinos de mis padres. Él era un hombre pulcro-pulcrísimo. Vestía impecable, con las camisas mejor planchadas del edificio, siempre peinado, afeitado y oliendo a colonia. Ella era…. Digamos que diferente.

—¿No olía a colonia?
—Sí, además de sudor, comida y tabaco, por decir tres olores fácilmente identificables, olía a colonia. Digamos que ella no era tan escoscada como su marido. Se le veía la mugrecilla por debajo de las uñas esmaltadas y un par de veces que entré en su casa… casi no salgo.
—¿Corriste peligro?
—Sí, de quedarme pegada al suelo y no poder despegarme. ¡Madrecita, qué cantidad de guarrería junta! La fregadera llena de platos sucios, los baños más negros que los de la estación, la ropa limpia menos limpia que vi jamás.
—¿Cómo hacía él para aguantarla?

A eso voy. ¿Cómo un hombre limpísimo aguanta vivir entre mugre? Pues porque es más fuerte su aversión a quitar la roña que a la roña misma. Vaya, que no es tan limpio. ¿Imaginan el caso contrario, una mujer que tuviera su casa y a ella misma como los chorros del oro casada con un hombre guarro de necesidad?

—Yo no.
—Ni tú ni nadie. Ella, devota de la Virgen de la Lejía, no permitiría que él fuese hecho un cerdo. Antes muerta.

Por eso, la noticia que salió la semana pasada y que me tiene la boca abierta desde entonces…

Jesús, la tendrás seca y con las mandíbulas desencajadas.

Metafóricamente hablando, Julieta.

—Ah.


Esa noticia nunca hubiera sido posible al revés. Al loro. Un japonés, escamado porque le falta comida de la nevera, decide poner cámaras ocultas en su casa. ¿Qué descubre? Que la comida se la robaba una señora que vivía ¡escondida en su armario ropero! ¿Pueden creerlo?

—Y, ¿cómo entró?

El tío tenía una individua dentro de su armario hacía meses y no se había dado cuenta…

—Y ¿Cómo entró?

Parece que la señora vivía en un altillo del armario y tenía allí un colchón y botellas de agua.

—Y, ¿cómo entró?

Esta historia increíble per se, sería per se imposible al revés. Todas las mujeres se darían cuenta si en su ropero viviese alguien. Y más en primavera, época de cambio de armario, todas necesitamos el altillo… Imposible, ya te digo. Desde este caso, en Japón salir del armario quiere decir sólo eso, salir del armario.

—Pero…, y ¿cómo entró?




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