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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Una tarde en colores


Me costó un tiempo de espera, muchos lo aguardábamos como un maná cinematográfico, pero al fin conseguí hacerme con el pack de Ray Harryhaussen Collection editado por Sony, y en el que se incluyen tres películas de ese mago de los efectos especiales, ya casi prehistórico, que fue Ray Harryhausen.

Tres títulos de ciencia ficción —auténtica  y genuina serie B de los años cincuenta— coloreados por Legend Films y su artífice, Barry Sandrew, el mismo que en la década de los ochenta coloreó varios títulos míticos del archivo de la Metro para el magnate, Ted Turner que los había comprado al estudio con el fin de explotarlos a través de la televisión.

Contra este invento de repintar el blanco y negro del original con colores avainillados, que en muchas ocasiones, por no decir todas, destrozaban la película, se organizó una buena: directores, actores, intelectuales y hasta la todopoderosa Asociación de Escritores de Estados Unidos encabezaron una cruzada hasta conseguir que la idea del magnate se fuera a pique.

De esos años, y de un pase por televisión, guardo en plan reliquia,  una copia de Capitanes intrépidos (1937) coloreada, que es una muestra perfecta del crimen cromático que se perpetró contra ella y otras muchas películas de antes de la llegada del color.


Pero, como cantaban en aquella famosa zarzuela, “hoy los tiempos adelantan que es una barbaridad”, y el sistema un tanto rudimentario del adelantado Sandrew, gracias a los avances tecnológicos, ha logrado una verosimilitud absoluta en el volcado a color de las viejas imágenes filmadas en blanco y negro según he podido constatar en el visionado del pack.

Nuestro avispado coloreador debió pensar en ese filón inagotable de la serie B de aquellas pasadas décadas, donde, tal vez, su sistema encontrara su razón de ser, y rápidamente se puso en contacto con  el mago Harryhausen con el fin de obtener permiso para colorear tres títulos del creador de la stop-motion, un truco manual que consiste en filmar fotograma a fotograma movimientos de maquetas y muñecos para dar sensación de movimiento. A éste la idea le pareció excelente, ya que solo el bajo presupuesto que ofrecían los estudios para aquellas producciones fue el motivo principal de que  éstas no se filmaran en color debido a su alto coste. Según sus propias declaraciones, Harryhausen diseñó la producción de estas películas como si fueran a realizarse en color, con lo que dotarlas de él le pareció la mejor idea del mundo.


Sandrew se puso manos a la obra con los tres títulos seleccionados: Surgió del fondo del mar (R. Gordon, 1955), La Tierra contra los platillos volantes (F. Sears, 1956), 20 millas hasta la Tierra (N. Juran, 1957), y el resultado fue este pack que me procuró una sesión continua de tarde-noche absolutamente feliz, a la vez que me refrendó en la idea  que en el cine donde hoy hay dinero y técnica, entonces había imaginación y talento.

Me divirtió mucho más La tierra contra los platillos volantes que  la maniquea Independence Day de Roland Emmerich, o la sobrevalorada versión de Spielberg sobre la novela de H. G. Wells La guerra de los mundos. Ambas películas son deudoras de aquella tanto en tema como en estructura narrativa.

Disfruté a tope con el calamar gigantesco de Surgió del fondo del mar arrasando una ciudad costera, o con el monstruo, obviamente verde, traído en un huevo por unos astronautas, de 20 millas hasta la Tierra, pariente no tan lejano del posterior y exitoso Alien y tan peligroso como él.

Cuando apagué el deuvedé tras la maratoniana sesión, a mi alrededor había una alfombra de cáscaras de pipas y tres botellas de cerveza vacías sobre la mesa; sólo me faltaba el aroma del ozopino Rui-Ran con el que perfumaban los cines en mis tardes de niño y adolescente. Por desgracia, en casa únicamente encontré un spray de Oust que naturalmente no estuvo a la altura.




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