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Los viajes

de Sara Gutiérrez

El Algarve de la memoria


La costa sur de Portugal se ancló a mi memoria con tintes paradisíacos cuando, de camping en camping, la recorrí por primera vez, allá por los ochenta.  

He vuelto, y me cuesta aceptar que nada fuera como yo creía.

El único lugar que encontré a imagen y semejanza de mis recuerdos resultó tan exageradamente igual al de entonces, que me perturbó: parecía que un agujero negro se hubiera tragado de golpe veinte años. Quién por allí haya pasado en repetidos atardeceres, me entenderá; quién aún no haya visitado el lugar, lo comprenderá en cuanto vaya y repita. Es el Cabo San Vicente. El último lugar de Europa que el sol ilumina antes de echarse a dormir. Uno de los puntos que en la Edad Media pasaban por ser el fin del mundo.



No fui capaz de localizar aquella pequeña playa de fina y pálida arena bañada por aguas turquesas que tan gratamente me impresionó en su día. Estaba dispuesta a descender (sabiendo lo que tendría que subir al volver) la escarpada escalera labrada en la roca que a ella llevaba, aunque sólo fuera por comer de nuevo pescado fresco en la terraza de su chiringuito de madera, aquel al que la mercancía llegaba desde la elevada tierra firme por arte y gracia de una especie de teleférico.


 

En fin, lejos de sufrir por lo no hallado, y por los desastres urbanísticos encontrados, disfruté porque ir en coche desde Sevilla nos permitió comer coquinas en nuestro querido Rompido, porque el hotel que habíamos reservado en las proximidades de Alvor caía directamente sobre la arena de una larga playa, porque el mal tiempo para el baño nos dió margen para cubrir más kilómetros de los previstos y descubrir con calma dulces rincones, y porque no nos privamos de meter la pata: sabíamos del presunto (jamón) pero no sospechábamos del peru (pavo), así que inocentes preguntamos qué tenía de especial la carne de Perú para que  Portugal la importara, ya que en muchas cartas leíamos esto o lo otro de carne de peru.

Antes de la ruta ortodoxa

Nada más entrar en Portugal, torcimos hacia la derecha y ascendimos hacia el norte, que en este caso es también subir hacia la sierra, siguiendo las curvas del Guadiana, atravesando pueblos de casas blancas tocadas de rojas tejas, entre campos recién reforestados salpicados de flores blancas, dejando a un lado decenas de sendas marcadas para caminantes.

Antes de separarnos del agua dulce, para volver a la salada, hicimos la gran parada: Alcoutim. Y allí, en el balcón sobre el Guadiana que, a los pies de la Iglesia de San Salvador, tiene por terraza el snack-bar O Soeiro, nos tomamos un café. A nuestro alrededor, comensales relajados y parlanchines daban cuenta de las excelentes bandejas de pescado que salían del bar; abajo, en el embarcadero, el barquero tejía cestos de mimbre mientras esperaba pasaje deseoso de cruzar a territorio español, al pueblo de Sanlúcar.


Algunas fotos las hice yo; otras, Eva Orúe.

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