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Maitines II

Jorge Dioni López

La perra de Schroedinger

[Queremos dar un respiro a los amigos acérrimos del partido de la oposición, que preparan su congreso. Por eso, J.D. López les ofrece un cuento... sin (?) moraleja.]


Siempre que el señor y la señora Schroedinger acababan de cenar, se sentaban en el sillón gris perla con almohadones de macramé rojo burdeos tejidos y su perra, Viena, se acomodaba a los pies de la señora Schroedinger, levantando la cabeza para su sesión de caricias. Pero un martes, el primer martes de febrero, la perra se acomodó junto al radiador con una caída de ojos sobre la que la señora Schroedinger comenzó a teorizar.

—Creo que tiene frío.
—Puede ser.

El marido se mostró muy poco interesado por el método científico que su mujer quería aplicar a la variación de las costumbres del animal pero ella insistía.

—Quizá ha pillado alguna infección o puede ser que le ha sentado mal algo que ha comido. Quizá, los callos que le diste ayer; siempre le das todos los caprichos.
—No pasa nada; los perros comen de todo. Además, si tiene que estar metida en casa, por lo menos que se dé una alegría.
—Mañana la llevaré al veterinario.

Tal y como había amenazado, al día siguiente, el primer miércoles de febrero, la señora Schroedinger acudió a la clínica para animales del centro de la pequeña ciudad. La revisión inicial descartó infecciones, la presencia de parásitos o problemas gastrointestinales por desarreglos en la dieta pero no supo encontrar los motivos del cambio de comportamiento de la perra, que seguía con la misma caída de ojos. Tras un segundo examen, un veterinario salió a la sala de espera para comunicarle a la señora Schroedinger que necesitaban que el animal pernoctara en la clínica para comprobar los análisis que habían realizado.

—¿Es grave?
—Pensamos que no pero tenemos que asegurarnos. Cuando una perra de esta edad se queda preñada por primera vez puede haber complicaciones y es posible que tengamos que interrumpir la gestación.
—¿Preñada? Imposible.
—Pues ha pasado. La naturaleza siempre se abre paso.
—Sólo sale de casa conmigo o con mi marido y procuramos siempre que no se acerque ningún perro.
—Todo el mundo puede tener un descuido o alguna vez que haya sido un familiar. No pasa nada; puede dar los cachorritos en adopción.

Preñada. Cada diez segundos, la señora Schroedinger repetía la palabra y se imaginaba a su marido jugando la partida de dominó en el bar mientras Viena se solazaba con otro perro, que a saber de quién es o dónde ha estado. El señor Schroedinger volvió del trabajo con la misma cara que de costumbre y no preguntó por la ausencia de la perra, ni siquiera cuando la señora no le devolvió el beso en la mejilla. La mujer no habló y apenas tocó la comida, esperando a que su marido comenzara la discusión pero, al llegar al brastwurt, no lo pudo soportar más y apartó el plato sollozando.

—¿Te pasa algo?
—Es una catástrofe y todo por tu culpa.
—¿Ahora qué he hecho?
—¿Qué has hecho?, sólo te preocupas de ti. Todo te da igual mientras puedas ir al fútbol y jugar la partida de dominó en el bar.

La mujer se levantó para llevar su plato a la cocina.

—Venga, ¿Qué ha pasado?
 
El hombre esperaba la respuesta acabando la salchicha con el plato en la mano.

—Es Viena. Está preñada.
—Pero no puede ser. Es ya mayor. Y no ha estado con ningún perro.

El hombre terminó su brastwurt y cogió por el hombro a su esposa después de dejar el plato en el fregadero.

—Pues está preñada. El veterinario quiere hacerle pruebas para ver si puede seguir o tiene que abortar.

La pareja se abrazó hasta que la mujer dejó de llorar.

Esa tarde, el señor Schroedinger canceló su partida de dominó para acompañar a su mujer a la clínica veterinaria del centro de la pequeña ciudad. El veterinario de la mañana les recibió con una sonrisa.

—Está perfectamente. No hemos detectado ninguna complicación y no prevemos que se pueda producir ninguna durante toda la gestación. Lo único que puede suceder es que, en el parto, haya algún problema de dilatación y que no sobrevivan todos los cachorros pero a ella no le pasará nada.
—¿Seguro?

La mujer había conservado durante todo el tiempo su teoría basada en los callos.

—Completamente. Es la primera vez que vemos una primeriza tan mayor pero la naturaleza es sabia.
—¿Y se puede saber quién es el perro?
—Es posible averiguar algunos datos pero son análisis que aquí no podemos hacer porque son muy complicados. Debería llevarla a la gran ciudad.
—¿Sabe usted de alguna clínica que lo hagan?
—Si me lo permite, se lo desaconsejo. Son muy caros y sólo le darán la raza del perro y su pedigree. Se usan para criadores profesionales.

El señor y la señora Schroedinger volvieron a casa con su perra, que parecía haber recuperado su actividad, sin perder la caída de ojos. Por la noche, cuando el matrimonio se sentó en el sillón gris perla con almohadones de macramé rojo burdeos, el animal volvió a sentarse a sus pies, levantando la cabeza para su sesión de caricias, pero lo hizo al lado del señor, que atendió los deseos del animal. A pesar de que siempre pedía a su marido que se comportase más cariñosamente con Viena, la infidelidad de su perra no le sentó nada bien y, antes de irse a la cama, no le dio el habitual caramelo de ternera.

Al día siguiente, la perra comenzó a aullar cuando el señor Schroedinger se fue de casa y no dejó de lastimear hasta que regresó a la hora de comer. Después de comer, el hombre comunicó a su mujer que había decidido suspender su partida de dominó durante unas semanas para que pudieran estar más tiempo juntos y sacar a la perra al parque por las tardes. La señora contestó con un gruñido mientras tiraba las sobras de la comida que habitualmente dejaba para Viena y no devolvió en beso con el que su marido se despidió de ella para pasear al animal. Miró los cacharros en el fregadero y no supo por cual de ellos comenzar. Habitualmente, el ruido de Viena comiendo los restos le hacía más compañía que las tertulias de la radio o el sonido de fondo del televisor.

Se cambió de ropa y fue a buscar al resto de su familia al parque pero, en medio del camino, cambió de idea y se escondió tras los setos que delimitaban el parque. El señor Schroedinger estaba sentado en uno de los bancos mientras Viena acababa un trozo de carne que la señora identificó como falda de ternera. Cuando acabó, se subió encima del banco e intercambió caricias y lametones con el hombre, que recogió los restos para depositarlos en una papelera. Los cacharros ya estaban limpios cuando la mujer regresó a su casa. Su marido estaba dormido frente al televisor encendido y la perra descansaba en el suelo con la cabeza apoyada en una de las pantuflas. Se sentó junto a ellos con cuidado, para no molestar pero no logró encontrar la postura. Al levantarse, empujó la pierna del hombre despertando a la perra que levantó la cabeza enseñándole los dientes.

Al día siguiente, el primer viernes de febrero, la señora Schroedinger se levantó con la idea de llevar a la perra a la clínica veterinaria de la gran ciudad para saber de qué tipo de perro se había quedado preñada. Viena gruñó cuando la mujer se acercó con la correa y, al intentar ponérsela, lanzó un mordisco al aire que alcanzó el antebrazo de su ama. El señor Schroedinger intentó tranquilizar a su mujer cuando le enseñó la cicatriz que le había dejado el animal pero la mujer volvió a aplicar su método científico.

—Seguro que le ha pegado algo.
—¿Quién?
—Pues el perro que la ha dejado preñada. Viena está rabiosa.
—No le pasa nada; ya te lo dijo el veterinario. Está perfectamente. Quizá todo esto te ha puesto un poco nerviosa y necesitas tranquilizarte.
—Puede ser. Pero me gustaría llevarla a la clínica de la gran ciudad para saber quién es el padre.
—Pero ya te dijo el veterinario que era muy caro y que sólo pueden averiguar la raza. Es una tontería.
—Puede ser.

La mujer se echó la siesta en su habitación mientras su marido y la perra lo hacían en el salón. Cuando se levantó, la perra ocupaba su lugar en el sillón. Decidió no molestarla y se sentó en una silla, de donde no se movió hasta la hora de hacer la cena.




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