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La botella

por Eduardo Nabal

De todas las películas que han abordado el alcoholismo y sus efectos en la sociedad estadounidense, las que mejor se han mantenido en pie, a pesar de los manierismos del periodo, han sido sin duda Días sin huella, de Billy Wilder, y Días de vino y rosas, de Blake Edwards, retratos humanos y sociales de envergadura ambas, aunque situadas en escenarios y coordenadas espacio-temporales bien diferentes.


La primera —y posiblemente la más vigorosa de las dos— adopta un título que no traduce, Un fin de semana perdido, que es el  original de la novela de Charles Jackson y también el del filme en inglés. Esta película puso a Wilder en la alfombra roja tras la desigual acogida que tuvo en su momento otro título hoy legendario, la negrísima y espléndida Perdición.

Días sin huella es la historia de un joven alcohólico y su particular descenso a los infiernos. Wilder nos introduce con maestría —de un modo progresivo pero implacable— en la mente atormentada de Don (Ray Milland) y en su bajada al averno, de copa en copa, de bar en bar; por las calles y las escaleras; del hospital psiquiátrico a casa; de la ópera a la casa de empeños… hasta encontrarse con sus peores pesadillas, que se ejemplificarán en la estremecedora secuencia del delirium tremens, uno de los momentos más terroríficos del cine no terrorífico de los cuarenta.

Quizá el mayor problema del filme es que la censura vigente no dejó pasar de las páginas al celuloide el hecho de que Don no bebe sólo por carecer de inspiración —o por ser la «oveja negra» y «con talento» de la familia— sino que también bebe para reprimir su homosexualidad, mal vista en aquel momento dentro y fuera de las pantallas. Wilder, como Dymitrick en Encrucijada de odios, cambia los registros del original literario para sortear el código Hays y las inmorales trabas morales de la época. Así, aun cuando el guión no indaga del todo en «los motivos de Don», la solidez de la puesta en escena y la interpretación de Milland salvan este aspecto oscurecido de la narración.


Otro de los problemas es la elección de la todavía jovencísima y novata Jane Wyman como Helen, novia del protagonista, en un personaje que queda totalmente desdibujado. Asimismo, algunos secundarios pueden parecernos hoy algo tópicos —ese barman parlanchín y comprensivo que interpreta el excelente Howard Da Silva—, pero en su momento, y gracias a la maestría de los afilados diálogos de Wilder y Brackett, supusieron todo un descubrimiento. Sin establecer odiosas comparaciones, las breves apariciones en el filme de Da Silva (actor represaliado por la «caza de brujas») son un reto a todos los actores y actrices que han encarnado con posterioridad un papel similar, sirviendo copas a fracasados con historias que contar.


The lost weekend sorprende hoy por la maestría con la que Wilder disecciona con sinceridad —sin descartar su habitual ironía y su particular tono cáustico— la odisea de Don, gran interpretación de un actor desaprovechado donde los haya, Ray Milland, en uno de sus papeles más humanos. Una odisea que es una implacable mirada al mundo de los perdedores que tanto gustaron a Wilder desde Double indemity hasta Fedora pasando por El apartamento.

La combinación de melodramas desatados y magistrales con comedias  hilarantes e irreverentes —o la mezcla de ambos géneros— nos hacen difícil analizar ahora la desigual pero extraordinariamente fértil carrera de Wilder. Días sin huella es la historia de un intento de escapar de una vida que se nos presenta anodina y pragmática en los personajes de Wick, el hermano del protagonista —altivo y receloso— y en esa novia demasiado abnegada e incapaz de rescatarlo de su encierro y su personal deriva, física y espiritual.


El hombre y la botella. El hombre y la página en blanco. La soledad y el murciélago. Caín y Abel. La bella y la bestia. El hombre y un mundo al que no quiere o no puede  pertenecer. Individuo frente a sociedad. El filme, al igual que Sunset Boulevard, comienza con la cámara aproximándose a la ventana de un bloque de edificios de un vecindario anodino. Un escenario poco habitual para el Hollywood del momento. La música de Miklos Rozna da el tono ideal —de falsa apacibilidad— a esas imágenes duras, rodadas  en una variada gama de grises. El tono neorrealista sorprende en una cinta estadounidense de los cuarenta, al igual que las aristas de un filme cada vez más oscuro a pesar de su final amable, de algunos secundarios borrosos y de las concesiones al público. Como la botella que Don esconde en el alfeizar, la estabilidad emocional del personaje pende de una delgada cuerda que lo acompaña desde la autodestrucción a la redención.


Pero, ¿es Días sin huella una historia sobre el alcoholismo, sobre el bloqueo del escritor, sobre la soledad, la masculinidad, la dificultad de adaptarse a un mundo de seres pragmáticos por parte de seres creativos y distintos? Wilder, ya en sus primeros filmes, se permitió lanzar algunas de las puyas más violentas del periodo contra los valores establecidos de la sociedad estadounidense de la época, solo comparables a las de Mankiewicz, Kazan, Wyler, Lang, Ray, Rossen, Preminger o Wise en sus mejores momentos. La crítica, los Oscar y el apoyo de los sectores  intelectuales progresistas de aquella sociedad permitieron que se realizaran  películas que hoy nos sorprenden por su audacia frente a otros títulos también considerados clásicos pero reblandecidos por la irrealidad de los relatos que cuentan, la elección de los intérpretes o los imperativos de los grandes estudios. El macarthysmo intentaría sofocar esta corriente crítica tanto en el cine, como en la literatura, la radio, la prensa, la sociedad y la política.

Este filme, como todos los de Wilder hasta la eclosión que supondría Sunset Boulevard, fueron realizados para la Paramount que entonces —a diferencia de estudios como la Metro, y acercándose  más a la Fox en sus mejores tiempos— se atrevió con propuestas más atrevidas y con historias más valientes. Como en su obra maestra El crepúsculo de los dioses, Wilder nos cuenta el relato de un fracaso existencial, pero en tanto que  allí llegaba hasta el fondo de la tragedia y lanzaba una violenta requisitoria contra la «fabrica de sueños», aquí nos obsequia con un «final feliz» que, no obstante, no logra borrar el devastador retrato humano y social al que hemos asistido, su íntima reflexión sobre las alcantarillas del «american way of life». El lado «enfermo» de una sociedad «opulenta».

Días sin huella es un filme psicológico que no obstante elude con sabiduría cualquier atisbo de la corriente freudiana y psicoanalítica, tan de moda en la sociedad norteamericana de entonces, una moda  que lastró a filmes hermosos como Recuerda, de Hitchcock, o Vorágine, de Preminger. Wilder elude todo atisbo de «psicoanálisis barato» y crea, en cambio, un mundo propio y asfixiante que debe mucho a la literatura, al guión perfectamente construido y a la dureza con la que filmó sus mejores títulos.


La fotografía de Joseph La Shelle nos devuelve a la atmósfera turbia de Perdición, pero aquí no hay crímenes, pasiones oscuras ni mujeres fatales aunque sí engaños y crímenes «contra uno mismo», y contra un entorno cercano cada vez más ominoso y asfixiante, rodado con luces y sombras herederas del expresionismo alemán, que pasaron con éxito al cine negro desde los inicios a través de la mano de directores como Fritz Lang, Jacques Tourneur o Robert Siodmack

Días sin huella es recordada todavía hoy por esa larga secuencia del protagonista recorriendo de madrugada la Grand Avenue en dirección a la «casa de empeños» donde va a cambiar su máquina de escribir por dinero para pagarse la bebida. Con ese gesto parece  desprenderse de su único lazo con el mundo racional y consigo mismo, sofocado su talento por un mundo gris y endurecido y  abandonándose totalmente a la caída en el abismo. Wilder llega más lejos que otros filmes haciendo que Don sea el hilo conductor de su historia y el personaje con el que, a pesar de que su único propósito sea conseguir otro trago de whisky, empaticemos intentando eludir moralismos o respuestas fáciles.

El final feliz, algo postizo, nos redime a Don comenzando a escribir esa novela que titulara La botella y que lo devolverá, contando su propia historia, al mundo de los resucitados. Un final que lo une a Helen y a sus propios recursos y lo reconcilia, nunca del todo, con el mundo y el cine del momento.




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