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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Una gran sorpresa y una decepción


Mi mesa de lectura ha estado este mes tan revuelta como el tiempo atmosférico con el que nos ha obsequiado mayo. Sobre ella se han amontonado libros sin leer, y entre ellos dos: uno de lectura obligada y otro al que el azar o ese tufillo especial que emanan las buenas novelas en las mesas de novedades me llevó a seleccionarla.

Una primera novela de un joven profesor de literatura onubense que me ha procurado dos tardes de lectura y relectura y vuelta a leer absolutamente irrepetibles desde hace mucho tiempo. Desde ya puedo deciros que cualquier cosa que escriba Pablo Gutierrez, su autor, en el futuro la leeré con absoluta devoción, y estoy convencido que quienes me lean y decidan hacer caso de mi recomendación me lo va a  agradecer siempre.


Rosas, restos de alas tiene uno de esos comienzos que te agarran y no te sueltan hasta la última página dejándote noqueado y con ganas de más. La prosa de Pablo Gutiérrez, de una plasticidad apabullante, está sembrada, para el buen degustador, de pequeñas semillas provenientes del  extenso granero de la creación literaria del pasado siglo, desde las vanguardias históricas, Joyce, la ficción especulativa de los setenta y ochenta, hasta esos apuntes, tan actuales, del personaje principal con el trazo de un Houellebecq o de Irvine Welsh; pero sobre todos estos materiales, sobrevuela la novela la totalidad de la producción poética  mundial del último siglo.

Crónica de una separación matrimonial y a la vez un viaje a la infancia y adolescencia del hombre que la sufre en busca del destino de su vida, Rosas, restos de alas es un compendio de sabiduría narrativa, lleno de  trucos literarios de primera clase que conducen al lector entre los recurrentes flashbacks de su relato sin dejar que éste pierda, en ningún momento  el hilo de la narración, y donde todo suena a auténtico, creíble, sin falsas impostaciones. Un éxito absoluto, una obra inolvidable.


El otro libro del que hablaba, el de «lectura obligada», es casi obvio: el último producto mediático de nuestro escritor más traducido y vendedor en los últimos años, Carlos Ruiz Zafón, El juego del ángel.

Vaya por delante que fui uno de los lectores más tempranos de su libro anterior, cimentador de su fama, y posiblemente uno de los que más lo recomendó a sus amigos porque, dentro de la literatura de géneros, de la que me considero un buen catador, me pareció una excelente novela y Zafón un magnifico narrador.


Dicho esto, aguardaba con expectación su anunciado nuevo libro. Una vez leído, sigo opinando que su autor es un narrador nato, y que sobresale muchos metros por encima de sus competidores gracias a su pericia como relator y su maestría en la creación de ambientes, decorados y personajes.

Comencé, pues, El juego del ángel con gusto y con esa complicidad entre autor y lector  que es marca de la casa, hasta que pasada la mitad del libro fui notando que progresivamente  mi interés por la historia decrecía de una manera alarmante, y que ni siquiera el tour de force  final en forma de epílogo lograba sacarme de mi decepción al acabarla. Y casi me sentí culpable. Lo que son las cosas.

Terminando, como críticas sesudas las está teniendo a montones, no voy yo a aburriros con una más, sólo he pretendido, como lector, daros mi opinión y mi balance final sobre su lectura. Ahora vosotros decidís.

Rosas, restos de alas
Pablo Gutiérrez
La Fábrica

El juego del ángel
Carlos Ruiz Zafón
Planeta




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