Secciones:

Boletín de novedades

Reciba nuestro Divertín de manera regular y gratuita.
Su e-mail

¡Web seleccionada entre las mejores!

Maitines II

Jorge Dioni López

2.6 El holandés errante


[«] Capítulo anterior 

Federico sale del taxi centrado en que ninguno de los músculos faciales, los epicraneales, los orbiculares, los bucales ni los nasales, descomponga la sonrisilla que ha estado ensayando toda la noche para entrar al juzgado. Tiene que ser un gesto que mezcle la superioridad moral, pleno conocimiento y supino desprecio, algo que tiene perfectamente ensayado en el tono de voz para la radio pero que le falla cuando se incorpora la imagen. Durante toda la madrugada, ha dedicado una especial atención a los músculos de la masticación, el temporal, el masetero y los pterigodeos, el medial y el lateral, porque son los que va a usar para vomitar, digerir, regurgitar y triturar a la bizcochable juez, a los cargos del Partido del Progreso Moderado que ha citado como testigos y, sobre todo, al alcalde de Madrid, Gonzalo Otero-Sariegos, que es quien le presentó la demanda que le obliga a sentarse en el banquillo. Sin embargo, los primeros pasos en la acera provocan que el traje se expanda por las extremidades y sus denodados intentos de que la camisa se siga viendo por debajo de las mangas de la chaqueta y, sobre todo, que la pernera del pantalón no le provoque una caída, hacen mudar su rostro. Cuando llega a la puerta del juzgado, Federico avanza a pasos de submarinista levantando los brazos para que las mangas de la chaqueta se detengan en las muñecas y no invadan las manos ni el espacio pendiente de atrapar.

Los micrófonos lo rodean pero, ante las protestas de los fotógrafos y los cámaras, los portadores de las alcachofas se genuflexan para que el flequillo del radiofonista pueda intuirse en los encuadres.

—Estoy aquí porque hay alguien que piensa que amordazar a determinados medios de comunicación y enfrentarse a los que defendemos la libertad y la dignidad puede ser bueno para sus bastardos objetivos de hundir España, acabar con la nación y la Constitución y animar el cambio de régimen.

La mayoría de periodistas abandonan el corrillo después de bastardos y ninguno de ellos resiste más allá de España. Federico los sigue con la mirada y ve que ahora rodean al alcalde que hace sus declaraciones con voz profundamente nariguda. Federico se escabulle hasta el interior del juzgado donde se encuentra con Vicente Castalia, ex portavoz parlamentario del PPM y ahora superfichaje de Telefónica.

—Buenos días, señor Jiménez,
—Hombre, Vicente, ¿cuento contigo?
—Depende de para qué.
—Para defender la libertad.
—La libertad de quién.
—Joder, sólo hay una.

Castalia le da un golpecillo en el hombro mientras trata de sonreír mirando al techo. Consigue balbucear y esbozar esa sonrisa horizontal que le asemeja a un teleñeco

—¿Ya te has vuelto maricomplejines?, Vicente, ¿ya te han comprado?
—Yo no me vendo, me alquilo o, mejor aún, me traspaso.
—Metafísico estás.
—Complemento salarial.
—El dinero os pudre a todos.
—¿Por qué hablas en segunda persona? Acabas de renovar.
—Ha sido cosa del gallego pero no sé hasta cuándo mandará.
—Los gallegos no se van hasta que no tienen otro sitio.
—¿Lo dices por Losada?
—Lo digo por Franco, Fidel y por el presidente fundador.

Federico logra concentrarse para sacar la sonrisilla que ha estado ensayando.

—Vicente, os habéis cagado.
—No, si hueles mierda es que en mí y en mi puta madre se han cagado hasta el bazo. Acuérdate de la legislatura pasada. Yo di la cara por todas las gilipolleces que se os ocurrían, la mochila, el skoda, la kangoo o la cinta de la orquesta Mondragón. Era yo el que hacía preguntas en el Congreso sobre todas esas cosas y era yo el que daba la cara.
—Y no te ha ido mal.
—Si te tengo que esperar a ti, me muero virgen.

Ambos regatean miradas hasta que un nuevo revuelo en la puerta hace que ambos levanten el cuello. Cuando el ruido se atenúa, ven pasar a la presidenta de la Comunidad de Madrid, a dos de sus consejeros y al ex secretario general del PPM, Alfonso Ariza, que se detiene junto a ellos.

—Buenos días señores.
—Qué, Alfonso, ¿también me vas a traicionar?
—Adiós señores.

El ex secretario general avanza sin mirar atrás.

—Qué poco dura la dignidad; no pensaba que os fuerais a poner en plan heroico pero, al menos, mantener los principios.
—¿Qué principios?, ¿los de tu cuenta corriente? Mira, a ti te va bien estar en la oposición para dar mucha caña, inventarte conspiraciones o tener movidas como esta; los de tu programa sacáis libros o estáis de tertulia en tertulia. Si estuviéramos en el Gobierno, perderíais audiencia, tertulias y ventas de libros. Pero la política es mandar, joder, no evangelizar.
—Te veo poco trascendente
—Transciendo lo que puedo.

Vicente Castalia pasa la mano por el lomo del comunicador y, por un momento, está tentado de mesar uno de los carrillos de monja boba pero se detiene a la altura de la oreja. El radiofonista le da un golpe en la cintura y se despide lanzando un insulto que Castalia no puede identificar. Federico avanza por el pasillo sin que nadie, ni siquiera él, sea capaz de distinguir si avanza como un escalador subiendo el tramo final de un pico o un niño lanzándose por un tobogán o, quizá, como un zombie buscando carne fresca de humanos. Lo primero, en el último caso, sería poder distinguir a los humanos.

El ex portavoz parlamentario piensa seguirlo pero se da cuenta de que, al lado de la puerta de la sala, se desperdigan la presidenta de la Comunidad de Madrid y sus dos consejeros, el ex secretario general, un ex senador y dos eurodiputados. Las miradas de todos ellos se vuelven hacía el pasillo donde está Castalia pero éste no se da cuenta de que no lo miran a él hasta que tiene al lado al periodista Ramírez, otro de los testigos llamados por Federico.

—Buenos días, señor Telefónica.
—Buenos días, señor Unidad.

El director achina sus ojos.

—Cómo la echáis de menos, eh.
—Yo ya me he ido.
—Un político de raza no se va nunca.
—Me tenéis en demasiada consideración. Yo soy mestizo.
—Eres inteligente y prefieres salir de la batalla para ver quién gana. Vendes armas a ambos bandos y, cuando esté claro quien gana, te sumas discretamente al carro de la victoria, como el personaje de Baroja.
—Ya, Zalacaín el aventurero, a Fuensanta le gustaba mucho ese pasaje. Pero te equivocas. Nunca he han gustado las aventuras, siempre he preferido los viajes programados, los cruceros.
—¿Cómo cuando viniste de Valencia?
—No he sido el único al que le ha salido mal la sucesión.

Ramírez se ajusta el pantalón en relación a la cintura y, después, la ropa interior en relación al pantalón y la cintura. Por último, trata de que los tirantes no descompongan el equilibrio anterior pero la deconstrucción es inevitable y tiene que comenzar otra vez, aunque desajustando la tensión inicial.

—Os estáis equivocando.
—No creo. A mí me da igual porque ya no estoy dentro pero creo que el que la está cagando más eres tú: estás poniendo todos los huevos en el mismo cesto. No me lo esperaba de ti.
—Es que la situación es muy grave. El partido está perdiendo los principios.
—¿Y cuándo te ha importado eso? Del enano loco que nos ha traído aquí me lo creo todo pero tú eres un tipo inteligente que ha creado un grupo de comunicación de la nada ¿y se lo va a jugar todo por matar a un zombie como Losada?
—Yo no tengo nada que perder.
—Ahí te equivocas. Tú eres periodista pero Losada es político y registrador de la propiedad. Mañana, si pierde este congreso o el siguiente, siempre tendrá una salida. Puede ser presidente de una caja de ahorros o consejero de alguna empresa o, si no lo queda nada, registrador.
—¿Y?

La letra queda suspendida en el aire como el polvo en el viento de la canción.

—Losada tiene más vidas pero tú, si dejas de ser periodista, no tienes más. Y, ¿qué te crees?, ¿que los italianos van a dar la cara por ti si el periódico o la productora comienza a perder dinero?
—He sobrevivido a cosas peores.
—Si te crees capaz de engañar a un italiano has perdido el norte por completo. Iniciaron las dos guerras mundiales y acabaron las dos en el bando vencedor.
—¿Crees que van a tener cojones de echarme?
—No estás usando la medida adecuada. Yo te hablaba de inteligencia, de saber jugar las cartas; no de lanzar la baraja y plantear un órdago. Si planteas un pulso, como estás haciendo, puedes perderlo. Convocasteis una manifestación y fueron 200 personas y no sois capaces de sacar 600 avales de 3.0000, sólo es un 20%.
—Pero hay gente importante. Castilla, Fuensanta o Sopelana.
—Todos muertos, como yo y como Losada. Pero ellos están cabreados porque Losada se resiste a ir al infierno con ellos.
—¿Crees que Losada está muerto?
—Es el holandés errante. Lleva el barco por maldición hasta que pueda entregárselo a otro y descansar.
—¿El alcalde?
—Alguien que aún no ha salido de puerto.

Vicente Castalia sonríe con esa sonrisa horizontal que le asemeja a un teleñeco. El periodista Ramírez se palpa la coronilla hasta que se desordena el pelo colindante.

—No te reconozco, Vicente.
—Yo sí. Ése es el problema, que no te has dado cuenta de que hemos vuelto a perder las elecciones y ha sido con tu ayuda.

Sigue [»]

Si desea contactar con el autor, pinche aquí. Y si quiere visitar su blog, aquí.




Archivo histórico