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Evaristo Aguirre

Trieste

Romana, bizantina, independiente (como Venecia), austrohúngara, italiana. Junto a los habitantes italianos, convive mucha población de origen esloveno, pero también numerosos croatas, alemanes, albaneses. Solo el nombre de esta ciudad, Trieste, aunque no se conozca físcamente –es mi caso–, evoca mucho de la historia de Europa y mucho de su literatura. Italo Svevo o Umberto Saba son, quizá sus escritores más famosos, pero también están Scilio Slataper, Peri Antoni Quarantotti Gambini… Y los que tuvieron alguna relación con la ciudad, como James Joyce, por ejemplo, quien trabajó en la academia Berlitz triestina.


“Al triestino –escribe otro de los locales famosos, Claudio Magris­– le cuesta definirse en términos positivos; le resulta más fácil proclamar lo que no es, lo que le diferencia de cualquier otra realidad, que declarar su identidad”. Y quizá en pos de encontrar esa identidad personal o la identidad común de la ciudad, Magris, con el historiador Angelo Ara escribieron Trieste. Una identidad de frontera, en 1987, que ha publicado hace poco en español Pre-Textos, con traducción de César Palma.

La política (con todas sus derivaciones económicas, sociales) y la cultura son los ejes mediante los cuales articulan Ara y Magris su ensayo sobre la ciudad. Guerras, fundaciones de periódicos, desarrollo industrial, tensiones nacionalistas, desequilibrios sociales, superposiciones lingüísticas… por todo ello se pasa a lo largo de la lectura de este libro. A pesar del aire cultural que, ya hemos dicho, se respira cuando se habla de Trieste, los autores destacan que fue el dinero, los negocios, la economía en suma, lo que fue dotando a este enclave adriático de su personalidad.

Y queda la sensación, tras la lectura, de que como en tantos otros lugares del mundo, es en la frontera, con sus movimientos de límites y sus cambios de modos de vida y de gobernantes e, incluso de habitantes, es en la frontera, entonces, donde se generan las ideas de convivencia y de respeto y de comprensión mutua… Argggg, ¡relativismo!, con los sarpullidos que levanta en los últimos tiempos esta palabreja, con el miedo que le tienen algunos a que alguien pueda pensar que es comparable las tradiciones musulmanas, por ejemplo, con las cristianas. Hace poco leí una entrevista con un tipo al que se le supone una inteligencia notable –se dice el pecado…– en la que se quejaba de que a ver si íbamos a terminar equiparando una talla africana con La Gioconda (cito de memoria, pero ése era el espíritu, en cualquier caso). Quizá un paseo por Trieste… Pues, qué hubiera sido del mediterráneo si todos se hubieran puesto así de exigentillos con las comparaciones.





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