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Maitines II

Jorge Dioni López

2.5 Entresijos y gallinejas


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—Perrea, perrea.

Un golpe de karaoke recibe a Jaime Losada, presidente el Partido del Progreso Moderado, en la pradera de San Isidro. El dirigente, después de comprobar que nadie tiene curiosidad por el coche oficial del partido, azul y naranja, baja la ventanilla y se saca el Cohíba Corona Minor de la boca para poder tararear mejor.

—Perreash, perreash; el chiki, chiki….

Y vuelve a colocarse el puro en la boca.

—¿Cómo sigue Navas?

La portavoz parlamentaria del PPM se vuelve desde el asiento de copiloto y, como si fuera un gnomo a punto de conceder un deseo, mueve la nariz antes de responder.

—Creo que después habla de ti.
—Ya, y de Zetapé y de Chávez.
—Bueno, pero no habla de Castilla, ni de Mendiburu, ni de Ariza, ni de Cortés, ni de Ferrer, ni siquiera de Castilla. Habla de ti porque eres quien manda porque eres el único que ha dado la cara. Por eso te odian.
—No, no me odian por mandar porque nunca lo he hecho. Me odian porque no les dejo hacerlo a ellos.
—Llámalo como quieras, Jaime, pero creo que no entiendes la importancia de estar en las canciones que todo el mundo canta.
—Y tú no entiendes que nadie sabe esas letras y que pueden cambiar de un día para otro.

Losada da una pitada al puro antes de concluir.

—No quiero ser la Macarena.

El coche avanza por los límites de la pradera de San Isidro donde miles de madrileños, jubilados e inmigrantes latinos, se hacen fuertes alrededor de sus respectivas mantas extendidas en la hierba. Losada mira los menudos rostros andinos envueltos en la combinación de pañuelo blanco y gorra arlequinada y recuerda su propuesta de hacer firmar un contrato a todos los inmigrantes. No sabe si las cobrizas niñas apuñaladas por un clavel hecho en China indican que el contrato era una gran idea inevitable o una demagógica gilipollez inservible. Para no pensar en ello, regresa al karaoke.

—Perreash, perreash; el chiki, chiki….

Losada, con la mano que no sostiene el puro, pianea en el respaldo del asiento del copiloto hasta que Navas Obregón vuelve a mostrar su nariz tintineante.

—¿Y cómo es, Navas, cómo sigue? El cruasancito...
—¿Y qué más da Jaime?
—Igual me piden que lo baile.
—La campaña electoral ya acabó y no hemos dicho a nadie que venías.
—¿A nadie?
—A ninguna tele. Lo saben la Ser y Onda Cero.
—¿Y El País?
—Pero no van a venir porque dije que no iba a haber declaraciones.
—¿Y viene la Ser y no El País?
—Pero no Marta; viene el que sigue al alcalde.
—El resto se van a enfadar.
—¿Más?

Un policía municipal detiene el coche hasta que Navas Obregón le muestra un papel verde con un código de letras y números. El agente los dirige hasta una valla que donde otro les franquea el paso y los acompaña hasta un hueco para aparcar. Losada es el primero en salir. El karaoke ha cambiado el chiki-chiki por una rumba cañí pero el dirigente del PPM sigue anclado en los pasos de la canción eurovisiva. Después de cinco preguntas, Navas Obregón coge de la manga a Losada y se lo lleva detrás de un seto.

—Fíjate, Jaime.
—Espera que lo apunto.
—Ya te lo escribo yo; atiende.

La mujer comprueba que las ramas de la retama cubren totalmente su cuerpo antes de comenzar.

—Mira, el breikindans se mueven los brazos como si te pasara la corriente; dos, el crusaíto donde se mueven los pies uno por delante del otro; tres, el maiqueljakson, en el que se arrastran los pies yendo para atrás y, el último, el robocop. Aquí tienes que mover los brazos como si fueran un robot.

Losada, con el puro en la boca, mueve los brazos como si tratara de evitar el ataque de un invisible grupo de mosquitos gigantes. Cuando se detiene, busca algún sitio para apoyarse pero sólo encuentra sus propias rodillas.

—No me voy a acordar.
—Da igual, Jaime, nadie te lo va a pedir.
—Nunca se sabe.

Cuando recupera el resuello, Losada da la última pitada al puro y hace una indicación a Obregón para que regresen a la comitiva. El presidente del PPM pregunta a su secretaria si ha logrado contactar con el alcalde. Carmela del Campo le señala un tumulto trajeado junto en uno de los extremos de una caseta presidida por un cartel que anuncia entresijos y gallinejas. Losada y Obregón, vigilados de lejos por un escolta que se queda hablando con Carmela, se acercan a al tenderete. Cuando están a un metro, del tumulto trajeado surge la figura del vicealcalde, Pepe Mora, cuyos ojos aparecen más hundidos y oscuros que de costumbre.

—¿Cómo estáis?

Navas responde una formalidad ofreciéndole una mano que Mora pasa por alto, buscando un contacto más personal. La portavoz parlamentaria nota el frufrú de las bolsas de los ojos al rozarse en sus carrillos durante los dos besos. Para Losada, sí hay choque de palmas.

—El alcalde os está esperando. Tiene muchas ganas de hablar con vosotros.

Mora hace una señal con la mano y, como si fuera la coreografía de un musical acuático de Esther Williams, el tumulto trajeado se disuelve coordinadamente, dejando al alcalde de Madrid, Gonzalo Otero-Sariegos, y esposa solos en la barra de la caseta, justo bajo el cartel que anuncia entresijos y gallinejas. Losada piensa que son demasiadas metáforas para una sola mañana. Las dos parejas se acercan cuidando que ninguna haga mucho por encontrarse ni esté demasiado estática; que no dé la sensación, piensan los cuatro, que estamos deseando vernos ni que nos desagrada estar aquí.

—¡Qué tal presidente!

El alcalde paladea el cargo de Losada como si estuviera deconstruido.

—Bien, Gonzalo, vaya animación que tenéis aquí.
—A la gente le gusta estar en la calle.

La mujer del alcalde sonríe después de darse cuenta de que ha escupido los dos sustantivos de la frase. Su marido la coge por los hombros y prolonga su sonrisa sin conseguir disipar la nube que se ha formado. Navas Obregón rompe el silencio preguntando por lo que son entresijos y gallinejas. El alcalde le señala al camarero del tenderete después de decirle que cree que es algo de los intestinos de los animales. Navas se acerca a la barra y Otero-Sariegos aprovecha su ausencia para coger a Losada del brazo comenzar a caminar los dos juntos. El presidente del PPM se vuelve y ve a Obregón mirarlo como si supiera ya lo que son los entresijos y gallinejas y quisiera sacárselos.

—¿Qué tal estás, Jaime?
—Vivo, que no es poco. 
—Ayer te llamaron zombie político.

Losada sonríe extendiendo la barba.

—Fue en La Mañana. Uno que habla arrastrando las vocales, como Ariza, dijo que eras un zombie político que ibas contagiando al resto del partido sin darte cuenta que cada vez estabas más podrido.
—Yo sólo leo el Marca, Gonzalo. Y ahora, ni el Marca, que es de Ramírez.
—El otro día Ramírez dijo que habías enloquecido y que eras tan mezquino como miserable.

Losada se palpa la chaqueta hasta encontrar en uno de los bolsillos la cajita de los Cohíba Corona Minor.

—Antes de las elecciones, le preguntaron a  Zapatero cuál era mi mayor virtud y dijo que ante cualquier problema, se fuma un puro.

El presidente del PPM mira el cilindro parduzco antes de metérselo en la boca.

—He iniciado un camino largo y complicado del que no veré el final. Pero ellos, tampoco. No es una cuestión de venganza ni de cabezonería ni de ambición porque no quiero destruir a nadie ni imponer mi criterio ni llegar a ningún sitio. Es una cuestión de hartazgo. Me han tocado los cojones.

El olor de los fritos vuelve a traer el chiki-chiki

—He oído que te van a atacar por el País Vasco. Ramiro Rey-Sopelana está presionando a María Montes para que dimita de la ponencia política y diga que estáis traicionando los principios.

Losada asiente.

—También quieren que militantes emblemáticos se den de baja.

Losada vuelve a asentir.

—Y Ramiro se está moviendo para que algún ayuntamiento de allí se vaya al grupo mixto o cree otra formación.

Losada asiente una tercera vez y, antes de responder, repite los tres asentimientos.

Ya lo sabía. Me van a machacar hasta hacerme sangre sin tener en cuenta que la política es algo que me gusta pero no es mi vida. Mi vida es mi familia y me la puedo llevar a Pontevedra cuando quiera. Hay un despacho de registrador con mi nombre.
—¿Y eso qué quiere decir?, ¿Que lucharás porque no puedes perder nada o que no lucharás porque no tienes nada que ganar?
—Que no haré lo que me digáis. Ninguno.

El alcalde se sube las gafas para desafiar con la mirada a Losada pero éste se las ha quitado y su desnudez descubre un escudo de misiles que sólo espera una provocación más. Cuando se las vuelve a poner, el presidente señala una cola multitudinaria.

—Es la fuente de San Isidro.
—Deberíamos ir; dicen que el agua es milagrosa.
—Mucho más desde que el Ayuntamiento revisó la depuradora que hay detrás.
—O sea, que no hace milagros.
—Con ayuda del señor alcalde.

Jaime Losada mira a Otero-Sariegos y lo coge del hombro para perdonarlo.

—Gonzalo, tú quieres ser Presidente del Gobierno.
—Desde que tengo uso de razón.

El alcalde sonríe y entiende el perdón pero no hace ningún gesto de aceptarlo.

—Pero cada vez tengo menos prisa. 
—¿Y sabes por qué nunca lo vas a ser?

Losada comienza a acercarse a la fuente donde la gente comienza a señalarlo.

—Porque no sabes bailar el chiki-chiki. Y, además, lo odias.

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