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Los viajes

de Sara Gutiérrez

Benicarló: Peñíscola y alcachofas


Descartado el golf, poco entretenimiento se nos antojaba para cuatro días el libro que habíamos metido en la maleta, así que salimos a explorar el pueblo.

Nos fuimos hacia la izquierda, sin alejarnos de la orilla del mar,  hasta un extenso pedregal bañado por las olas, para encontrar al volver sobre nuestros pasos un activo puerto pesquero con menos interés turístico del que sugiere la web del Ayuntamiento, una pequeña playa excesivamente urbana, un disperso puñado de vacías terrazas veraniegas... poco más.


Al día siguiente, nos levantamos dispuestas a alcanzar el luminoso saliente que habíamos vislumbrado la noche anterior al regresar al hotel, y que sin duda era Peñíscola. Caminamos por la playa, alternando baños con cervezas y sesiones de bronceado hasta la mismísima peña, ignorando la barbarie que ha colocado plazas de aparcamiento elevadas delante de balcones que en su día contemplaban el horizonte marítimo. Y allí, en la base de la gran roca, encontramos los restaurantes que nos gustan, esos que montan las mesas sobre el acantilado y llenan los platos con sabrosos manjares. Habíamos andado kilómetros, y en algunos puntos hasta perdido la fe gastronómica, así que la paella nos supo a gloria merecida.


Dedicamos la tarde a recorrer la peña de Peñíscola. ¿Cómo puede caber en tan poco terreno tanto souvenir y tanto restaurante típico? Ya que estábamos allí entramos en el Castillo. Podíamos habérnoslo ahorrado, pero... no está de más contemplar el paisaje desde el refugio alzado por los Templarios que se convirtió en sede papal cuando el Papa Luna trasladó allí su corte desde Avignon.


Los libros los devoramos a lo largo del par de jornadas restantes, tumbadas sobre la arena en la linde entre Benicarló y Peñíscola. Cerca de la única terraza playera del momento, El rebost del mar, cuyas deliciosas alcachofas al horno nos convencieron de que la alcachofa gigante que luce en pleno centro de Benicarló tiene todo el derecho a proclamar que éste es su pueblo, que la alcachofa de Benicarló es tan buena que merece Denominación de Origen.

También cenamos en Chuanet, un sabroso suquet de peix. 

Algunas fotos las hice yo; otras, Eva Orúe.

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