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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor


Pasé el día de San Isidro en casa, intentando no formar parte de los  casposos eventos que nuestro ilustre Ayuntamiento había programado para el día del Santo Patrón —aquel avispado agricultor  que  llegó a un substancioso acuerdo con la seguridad social divina y por el que, a cambio de unas preces al altísimo, éste le proveía de mano de obra gratis para cultivar sus tierras. Un santo explotador que, naturalmente, creó escuela.

También me recluí para no toparme con alguna comparsa de Mari Pepas de mi alma  y Felipes de mi vida —vivo en un barrio de esos medio castizos—, que me producen  el mismo repeluzno que  esas otras comparsas de  viejos y viejas airados que aparecen en todas las manifestaciones peperdedoras y sotaniles armadas de pancartas, lenguas montaraces y dispuestas a todo con tal de conservar el tarro de las esencias patrias, o matritenses, en el caso que me ocupa. Y es que no me cabe duda que se trata siempre de los mismos actores en distintos papeles, berreando consignas  contra la inmigración un día, y yendo, luego, a comprar el disfraz  de pichi y manola en los chinos de Cascorro en un claro ejemplo de dislocación mental  y globalización cultural.


Acababa el día, decía, habiendo logrado zafarme de los fastos isidriles cuando, después de ver en la tele el estreno de la nueva y  justamente —por lo que vi— elogiada serie americana Mad Men, hice un rápido zapeo, y mi destino catódico, junto a la oportuna programación de cierta cadena de pago, me ofreció un perfecto broche de oro: la revisión de El crimen  de la calle Bordadores del gran  e inclasificable Edgar Neville.


Tuve, además, la suerte añadida de ver una copia en buen estado y con un sonido más que aceptable lo cual me permitió disfrutar de ella plenamente.

¿Recomendar una película del año 1946 a estas alturas?, me preguntaréis. Pues sí, y sin sonrojo alguno, vista como anda la cartelera actual. Muy al contrario, ya que si exceptúo mi otra debilidad nevilliana La torre de los siete jorobados, ésta sería para mí la mejor película de don Edgard.

El crimen de la calle Bordadores es un estupendo melodrama policíaco de época, donde se mezclan hábilmente intriga, costumbrismo y humor, en un Madrid reconstruido en los estudios Cea con una ambientación perfecta de la que deberían aprender los  realizadores actuales cuando revisitan en sus películas nuestro pasado más o menos reciente. En ella nada chirría y su línea narrativa fluye con una suavidad y elegancia que te dejan atónito. Neville fusiona en ella, sin problemas, el casticismo madrileño de finales del diecinueve con materiales provenientes del cine policiaco americano de la época como es el uso contradictorio de los flashbacks a la manera de Hitchcock o de la comedia hawksiana en esa estupenda escena de los periodistas de El Liberal discutiendo qué culpable elegir para la muerte de la viuda acaudalada, si la criada o el chulo, en función del que les haga vender más números de ejemplares.


Un plantel de magníficos actores entre los que sobresalen Manuel Luna, Mary Delgado y la nunca bastante elogiada Julia Lajos en su papel de Marianita, sirven unas interpretaciones naturalistas, vivas, extraordinarias que refuerzan una película que debería reponerse con más frecuencia en honor de todos ellos y de la memoria de un grande en todos los sentidos como fue don Edgard Neville.

En fin que todo el día huyendo de las gachises con mantón de Manila y los chulos de almendrados ojos, para terminar en la calle Bordadores resolviendo un crimen. Es el destino, ¿qué le voy a hacer?




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