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Maitines II

Jorge Dioni López

2.4 Traje de neopreno


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Justo cuando el FC Barcelona salta al terreno de juego del Santiago Bernabéu para formar dos líneas levemente paralelas, un enorme coche color crema descarga cuatro sombras que, tras formar un círculo levemente elíptico, se pierden por la puerta de atrás del Asador Martiarena. Si hubiera alguien observando la escena, le llamaría la atención el uso de txapelas abombadas que oscurecen el rostro de los asistentes y la fulminante desaparición del automóvil en dirección al estadio Santiago Bernabéu donde, si ese alguien quisiera no perder detalle, le vería desprenderse de otras dos sombras.

En el recibidor del restaurante, las cuatro sombras se desprenden de las txapelas abombadas y cuelgan sus gabardinas en las perchas. Mar Mendiburu, presidenta de la Comunidad de Madrid, saca un espejo de la parte superior del traje-chaqueta azul roto y se coloca los cabellos desbrozados por las costuras del cobertor capilar. Cuando acaba, Vicente Castalia, ex portavoz parlamentario del PPM, le hace un gesto para que se lo pase y mueve la cabeza en un regate discreto hasta que logra colocarla en la laminilla reflectora. Alfonso Ariza, ex secretario general del partido, recuerda, cuando está a punto de entrar en la sala colocándose el flequillo de memoria, que su mujer siempre le dice que cuelgue la gabardina de una manga para evitar que se ceda el cuello y vuelve sobre sus pasos chocándose con Mendiburu, Castalia y el cuarto hombre, que aún no se ha quitado la txapela. Cuando consigue colocar la gabardina, Ariza se da cuenta de que se ha quedado solo con el cuarto hombre y, además, que éste no ha abierto la boca durante el trayecto en el coche.

—Buenas noches, caballero.

El cuarto hombre da la espalda a Ariza antes de descubrirse. 

—¿Tan lejos está Bruselas?
—¿Ramiro?

El hombre deja entrever su barba entrecana hasta que la muestra totalmente junto al resto del rostro.

—¡Ramiro!

Ariza abraza a Ramiro Rey-Sopelana, ex ministro de interior y presidente del grupo parlamentario del progreso moderado en el parlamento europeo y éste le devuelve una entresonrisa.

—¿Qué haces aquí?

Sopelana piensa en responder alguna ironía pero se teme que Ariza no sepa entenderla y decide prolongar la entresonrisa hasta convertirla en una carretera de circunvalación entre las puntas de su bigote.

—Supongo que lo mismo que tú. Estoy preocupado por lo que está pasando.
—¿Quién lo iba a pensar de Losada?
—Yo. Os lo dije pero no me hicisteis caso porque os confirmó en vuestros puestos. Os lo dije. No será capaz de mantener nada. No tiene sangre.
—No era así. No sé lo que le ha pasado. Creo que hay demasiada gente que le está calentado la cabeza
—Antes éramos nosotros. El problema es confiar en alguien al que se le puede calentar la cabeza.

La mirada de Sopelana quiere ser ligeramente aviesa pero no lo suficiente como para que Ariza no lo note. El ex secretario general le cede el paso tratando de observar si mantiene la mirada extraviada pero no logra desentrañar más allá de la tupida barba. Cuando entran en la sala, Mendiburu acaba de colgar su teléfono móvil.

—Era el Bernabéu, Cortés y Pompeyo han llegado. Están con Jiménez y Ramírez; Fuensanta ha fallado.

Mendiburu deja el teléfono sobre la mesa y da un golpe en la mesa para indicar que la reunión está a punto de comenzar pero todo el mundo se queda paralizado cuando la puerta vuelve a abrirse. Todos se levantas al mismo tiempo que gritan.

—¡Presidente!

José María Castilla avanza con la txapela a medio gas rodeando la mesa. Mendiburu es la única que se atreve a abrir la boca.

—Me acaban de decir que estabas en el Bernabéu, presidente.
—Es una suerte tener compañeros canarios tan amables.

Castilla, ya con la txapela en la mano, sigue caminando bordeando la mesa por detrás de los cuatro sentados.

—¿Qué ha pasado?, ¿qué ha pasado? Creo que a todos nos gusta mucho el fútbol. ¿Qué le ha pasado al Barça?, que todos se han creído muy listos. Laporta se ha creído muy listo, el entrenador reagge se ha creído muy listo y hay muchos jugadores, como Ronaldinho o Deco, que se han creído muy listos y han pensado que se salvarían aunque el barco se hundiera. Y no. Cuando el barco se hunde, todo el mundo se ahoga.

Mendiburu, Castalia, Ariza y Sopelana buscan quién de ellos se atreve a sacar una baraja para comenzar un juego que acalle al ex presidente pero, si alguno sigue teniendo manos, lo disimula.

—Cagüentodo, ¿habéis visto Titanic? Pues es mentira, joder, no se salvó nadie.  

El ex presidente comienza a sacudir con la txapela a Castalia.

—Os estáis cargando el partido que construí, hijos de puta.

Ariza recibe los txapelazos sin cubrirse y apretando un poco los dientes.

—En dos meses. No hace ni dos meses de las elecciones.

Sopelana encaja la cabeza en el pecho tensionando sin forzar la estabilidad del cuello. Al llegar a Mendiburu, Castilla se detiene.

—Siga presidente, ¿os es que usted también cree en las cuotas?

Castilla levanta la mano pero lo que cae en la nuca de la presidenta de la Comunidad de Madrid es más un pescozón trinitario.

—¿Es que no sabéis hacer nada solos?

Ariza baja la cabeza, Mendiburu la levanta hasta mirar al techo y Sopelana se rasca la barba como si tuviera premio debajo. Castalia es el único que permanece inmóvil a pesar de volver a recibir otro txapelazo. Incluso, se da la vuelta.

—Presidente, que a Losada lo elegiste tú. Podías haber elegido a Fuensanta, a Sopelana, que también era vicepresidente, o a Ariza o a Mendi.
—¿O a ti?
—Yo sirvo para dar la cara porque no me importa que me la partan pero una cara rota no sirve para un cartel electoral.

Mendiburu decide bajar del techo en el que ya comienza a distinguir estrellas.

—Vicente tiene razón, el problema fue elegir a Losada y dejarlo seguir después de las derrotas.
—Es que las derrotas nunca lo parecían.

Castalia arrebata la txapela a Castilla antes de seguir.

—Todos esperábamos que se diera una hostia y la debacle no se produjo nunca. El problema es nuestro porque esperábamos algo como lo de la UCD y ni tuvimos en cuenta que las victorias electorales en todo el mundo son siempre por poco.
—Yo, en la Comunidad no gano por poco.
—Ni Putin, tampoco.
—¿Crees que por haberte ido a Telefónica puedes decir lo que te dé la gana? Conozco a gente en todos los sitios.
—Yo, también, por eso estoy donde estoy.
—Calma, calma.

La voz de Ramiro Rey-Sopelana, se va aflautando a medida que sube el volumen. La quinta vez que pide calma parece que se acaba de tragar en saxo de Kennny G con Kenny G incluido.

—Calma. Deberíamos pensar en el futuro.

Castilla vuelve a caminar por detrás de las sillas.

—¿Y ahora qué?

Los cuatro interlocutores notan que el ex presidente transpira ganas de que los cuatro se alcen y le pidan que regrese a la dirección pero, ni siquiera Ariza, que sigue mirando el suelo como si contara algo, se da por aludido.

—Veo que no queréis hablar.

Castalia se levanta para sacar a Ariza de su ensimismamiento.

—Creo que Alfonso es la persona adecuada para liderar un movimiento de oposición a Losada cuando comiencen a llegar los malos resultados. Estaría bien que nos guardásemos las pesas y medidas apocalípticas y perder sea perder.
—Mira quién habla.
—El que tiene algo que decir. 
—Creo que los que ya no estáis en el partido y no os jugáis nada, deberíais pasar a un segundo plano.
—¿Más?
—Un cameo estaría mejor.

Mendiburu y Castalia se desafían con las narices enhiestas hasta que Sopelana pide la palabra con un bufido. Antes de hablar, se recoloca en la silla hasta que vuelve a quedar en la misma postura

—No podemos esperar a que lleguen las derrotas porque las elecciones son en las comunidades que más daño están haciendo a la unidad de la nación.

Ariza despliega las orejas y Castalia repliega velas. La palabra nación produce una segregación bucal en Castalia y Mendiburu.

—¿Y qué propones?

Ariza despliega el capote para que Sopelana embista.

—Pasar el tablero al País Vasco. Si Mendiburu o cualquiera se enfrenta a Losada, puede quedar quemada. Allí hay gente que tiene traje de neopreno porque ha subido a los altares. 
—¿Quieres que alguien de allí dispute el puesto a Losada?

No abiertamente porque, contra Andalucía, Valencia, Castilla y León y Galicia de su lado no podemos luchar a campo abierto; hay que buscar escaramuzas. Creo que María está en la ponencia política; puedo llamarla hacer descarrilar el Congreso antes de que salga de agujas.

Ariza frunce el ceño, Castalia se muerde los labios y Mendiburu estalla en una risa Thriller. Castilla se acerca y, recitando un trozo del Poema de Mío Cid, le mesa la barba.

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