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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Memorias con aroma a gasolina


Hubo una vez un niño que en la década de los cincuenta recorrió media América sentado en el asiento de un Cadillac acompañando a su madre en un interminable peregrinar de una ciudad a otra en busca de algo a que él se le escapaba; un niño que, afortunadamente, no conoció los deuvedés portátiles ni los game boys por lo que pudo pasar su tiempo escuchando y observando a los adultos que le rodeaban sin entender muy bien porque actuaban como lo hacían. A falta de televisión, se entretenía unas veces escuchando las historias que los huéspedes contaban en la multitud de hoteles en que se alojaban, y en otras, inventándolas él mismo. De esa experiencia infantil nació una de las carreras más importantes de la narrativa actual americana, la del creador de algunos de los personajes marginales mas subversivos de la literatura como Lula y Sailor. Un escritor cuyas raíces se nutren por igual de la generación beat y del realismo sucio; pero que ha tenido y sigue manteniendo un lenguaje propio donde ha recreado un mundo fronterizo, marginal, escenario en el que los personajes, atrapados en la red de sus pasiones, intentan sin conseguirlo, escapar a un destino trágico. Todas sus páginas están impregnadas de un indeleble olor a cuero viejo, tabaco y gasolina: el olor de los coches en que huyen constantemente por carreteras perdidas.

Barry Gifford, autor de novelas memorables como La ciudad de los fantasmas Corazón Salvaje, Carretera Perdida, Perdita Durango, algunas de ellas llevadas al cine de manera magistral por el oscuro e inquietante David Lynch, ha reflejado en ellas toda la violencia, racismo y fundamentalismo ideológico y religioso que empapa a los habitantes de uno y otro lado de la frontera con Méjico. «Cualquier frontera es una isla. Las veo como un lugar desesperado, al límite, donde habita gente con mucha tensión, de comportamiento impredecible y violento. Siempre me ha interesado mucho la vida de esas personas. Es un material muy literario», ha dicho en unas declaraciones durante su reciente viaje a España para presentar sus dos últimas obras: la novela Memories from a Sinking Ship, titulada en castellano Una puerta al río, y el libro de poemas Las cuatro reinas.


En esta su última novela, Una puerta al río, el lenguaje de Gifford se ha amaestrado, ha abandonado, ¿para siempre?, el universo de violencia y desquiciamiento de su obra anterior para ofrecernos una «revisitación» de su propia infancia, de su propia experiencia vital, proponiéndonos un nuevo paisaje mental y literario que tal vez choque a los lectores familiarizados con su producción pero que desprende tal autenticidad y maestría que te atrapa inmediatamente.

Estructurada en afinados microcapítulos, un hombre maduro nos va relatando su infancia y adolescencia que discurre a lo largo de los años cincuenta y primeros sesenta del siglo pasado al lado de su padre, un gangster de poca monta, y de su madre, una católica aficionada a las videntes, que no cesan de viajar entre Chicago, Miami y Nueva Orleans en un peregrinaje que parece no tener sentido ni fin para el niño. Un niño que cuando alguien le pregunta dónde vive, contesta: «Roosevelt, habitación 504», o «Ambassador, habitación 309», o «Delmonico, habitación 406».


Biografía reconvertida de su vida, Gifford escarba en ella con la tenacidad de un arqueólogo para mostrarnos de que forma fue adquiriendo los diversos materiales que conformaron toda su obra posterior  a la vez que dibuja un paisaje, un modo de vida y una forma de hablar que ya han desaparecido. El aislamiento a que estuvo sometido durante este periodo de su vida le preparó tanto a ser buen escritor como a ser un buen y atento oyente de las historias que sucedían a su alrededor que son  las que ahora nos cuenta.

Una puerta al río
Barry Gifford
Belacqva




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