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Errata

Evaristo Aguirre

Política


En las sociedades ricas, porque se cae en una cierta indolencia fruto –lógico, supongo– de una vida más cómoda; en las pobres, porque la corrupción circundante es gigantesca; el caso es que no sé si hay algún país en el mundo en el que la política y los políticos no sean considerados como algo dañino; inevitable, debe de pensar una mayoría, pero perjudicial. Siempre he creído que esta idea, salvo en el caso de la mencionada corrupción o de un régimen dictatorial –que no es más que una forma de corrupción–, responde a una comodidad un pelín indecente, pues dando por hecho que la política es mala, será ella la responsable de los errores, injusticias y demás problemas que le puedan caer a una sociedad, y el ciudadano/habitante/súbdito se lava las manos.

Hay un interés por la política que se manifiesta a una edad temprana, durante esa adolescencia en la que se está convencido de ser el más listo y de tener unas ideas claras, clarísimas; y qué raro que el resto de la Humanidad no vea las cosas así… Y un ejemplo de esta precocidad ­–sin la parte irónica que he apuntado– son las memorias de André Schiffrin, Una educación política (Península; con traducción de José Manuel Álvarez Flórez).

Schiffrin nació en París, en 1935, hijo de un exiliado ruso, judío, la familia huyó a Estados Unidos tras la ocupación nazi. Su padre fue editor, había fundado la luego famosa y prestigiosa colección La Pléiade francesa y creó Pantheon Books en Nueva York, editorial que más adelante, y hasta 1990, dirigirá André.

Schiffrin ha publicado otros libros anteriores, dos excelentes ensayos sobre la edición y su mundo: La edición sin editores (Destino, 2000) y El control de la palabra (Anagrama, 2006). Resumiendo mucho, Schiffrin sostiene que la publicación de libros (y es extensible a la de diarios y revistas) será mejor, más libre, cuanto más alejada esté de la propiedad y el poder de los grandes grupos empresariales, los cuales no solo controlan qué se edita –por lo tanto, también qué no se edita– sino que aplican unos criterios financieros que difícilmente pueden aplicarse al negocio de los libros. Por ejemplo: los porcentajes de beneficio empresarial que se utilizan para medir la rentabilidad de una firma petrolera o inmobiliaria no pueden ser los mismos que para una editorial, que con cifras menores es rentable, pues los márgenes de ganacia de un libro son menores, siempre… Ya he dicho que estamos resumiendo. Schiffrin dejó Pantheon Books, que ya había pasado a formar parte de uno de esos grandes grupos, y puso en marcha otra editorial independiente, The New Press.

En esta Una educación política, sobre todo en su primera parte –finales de los años cuarenta y la década de los cincuenta–, aparece ese adolescente que tiene ideas socialistas y anti comunistas, que va buscando información en asociaciones de los más diverso, que recolecta panfletos y papeles de toda clase; que quiere discutir con sus compañeros de clase; que cuando llega a la Universidad, a Yale, se convertirá en un activista; que descubrirá la vigilancia del FBI respecto a todas estas actividades; que se plantea y replantea, piensa y repiensa –con algunos cambios, sensatos, de rumbo– sus ideas.

Schiffrin es, curiosamente, un pesimista y un optimista a un tiempo: teme a las estructuras inamovibles del capitalismo y parece que no ve un porvenir muy esperanzador en lo que a la cultura se refiere, pero es un entusiasta luchador contra el conformismo y la pereza intelectual. La lectura de sus libros tiene un atractivo efecto vigorizante: hace pensar y hasta se puede tener algún arranque crítico y protestón… Con lo mal visto que está eso.




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