Secciones:

Boletín de novedades

Reciba nuestro Divertín de manera regular y gratuita.
Su e-mail

¡Web seleccionada entre las mejores!

Maitines II

Jorge Dioni López

2.3 Sinalefas monosilábicas


[«] Capítulo anterior 

Alfonso Ariza, ya ex secretario general del PPM, avanza hacia la puerta de la sede del partido repitiéndose el argumento que tiene que dar si alguien le pregunta por su decisión de aceptar el silencio del presidente Losada y dejar la provisionalidad: este no es un partido de personalismos. La sinalefa de la negación y el verbo tilita en su boca hasta que, tras ensayarlo varias veces en el ascensor, la tonada se sincopa en percusiones monosilábicas: es-te-no-es-un. Sin embargo, cuando llega a la primera planta y ve la puerta de la sala de comparecencias, las cinco sílabas se sublevan moviéndose como un equipo de baloncesto ensayando defensas en zona contra ataques individuales.

—Joder, la hostia, caaaaagüen todo.

Decir tacos fue una de las recomendaciones del logopeda pero Ariza olvida que tienen que ser insultos cortos y secos, como cartas de mus. Joder, cabrón, puto, cerdo, rojo.

De uno de los despachos, sale una figura diminuta que Ariza no consigue identificar hasta que ve que es un hombre con cierto sobrepeso y una corbata de las elecciones de 2004. Sigue sin saber quién es pero, por lo menos, sabe que tiene que preguntar el nombre de un gordo hortera y cutre. 

—¿Va a venir el alcalde?
—¿Quién?
—Por la descripción.
—No, por favor, no piense...
—No tengo esa costumbre. Era por avisar a la señora Presidenta. Le gusta saber lo que hace el Alcalde.
—Estaba ensayando la comparecencia ante la prensa.
—Así me gusta Don Alfonso, que les dé caña a los de la SER.
—Ni la mitad de lo que se merecen.

Ambos ríen esquivando espasmos hasta detenerse cuando están a punto de coordinar sus gañidos en perfecto contrapunto.

—¿Cómo va el día?

Al gordo se le queda una sonrisa tan simplona que incluso Ariza piensa que no puede ser falsa. Lo primero que piensa es responder de forma que incluso el gordo se dé cuenta de que lo está mandando a la mierda pero, antes de comenzar a hablar, repara en que el tipo es del PPM de Madrid y quién sabe dónde puede acabar llegando la gente de Madrid, incluso los tipos con sobrepeso y corbatas corporativas.

—Bien, gracias.

Ariza recuerda que Castalia, antes de fichar por Telefónica, le dijo que su nombre sonaba para Cajamadrid.

—Bien, gracias, como siempre; como los últimos días.

El tipo vuelve a reír estruendosamente para dejar claro que no es tan imbécil como parece a primera vista y que aún puede serlo más. Ariza vuelve a dejarse llevar por la condescendencia hasta que, cuando logra detener su risa, el gordo suelta.

—A mí me lo va usted a decir.

Y emprende una huida inquietante, aumentada por su última frase.

—Todo pasa y todo queda. 

Alfonso Ariza está tentado de seguir a su ex interlocutor y torturarlo hasta que confiese quién le ha filtrado que no va a seguir como secretario general y si Mar Mendiburu ha pensado en él para presidir Cajamadrid o, al menos, entrar en el consejo. Se detiene frente a la puerta pensando que no sería capaz de reducir al gordo y, además, no sabría cómo comenzar a torturar a alguien para que confesara algo. Tampoco sabe, reconoce autoconvenciéndose, el número de personas que hay en ese despacho ni su grado de agresividad después de la tertulia mañanera de la Cope.

Al fin frente a la puerta, Alfonso Ariza pregunta a una de las azafatas que el partido dispone en la puerta para recoger el correo si hay muchos buitres esperándolo.

—No, don Alfonso, ninguno. Hoy está todo muy tranquilo
—Madre mía

Ariza se detiene frente al cristal que da a la calle Milán y recuerda los gritos de la manifestación del 13-M, las sirenas de la policía y una canción de los Doors. Este es el fin, quiere decir en alto a la azafata para poder recogerlo en sus futuras memorias, pero no es capaz de salir del túnel formado por las es. Avanza maldiciéndose por echar de menos a los periodistas y preguntándose por qué su figura ya no es importante hasta que el impacto de la luz diurna le hace recordar que sólo él conoce su decisión de no seguir en la secretaria general. Todo el mundo sabe, se dice, que no voy a seguir pero nadie sabe que yo lo acabo de decidir. Ante la confusión, decide volver a la sede y llamar a Vicente Castalia, el ex portavoz parlamentario, con el que queda una hora más tarde en un restaurante de la parte norte. Pero en la puerta, recalca Castalia.

Ariza busca al gordo para comentarle que va a ir a comer con el ex portavoz parlamentario pero sólo encuentra la corbata de las elecciones de 2004 en uno de los lavabos. Decide guardarla para regalársela al taxista que le lleva al restaurante. En la puerta, Castalia oscila hablando a gritos por un teléfono móvil plateado y lo coge de los hombros antes de pedirle que salude a su interlocutor.

—Era Campodón.

Ariza sonríe.

—Joder, Alfonso, el del Psoe catalán.
—¿Jordi Campodón?, ¿el que te demandó por el artículo del Mundo?
—La retiró.
—No sé cómo puedes tener tantos amigos sociatas. Hay que tener estómago.
—Precisamente por eso.

El que sonríe es Castalia que, sin quitar la mano del hombro de Ariza, le abre la puerta y dirige sus pasos hasta una mesa en el centro del salón principal.

—No es muy discreto.
—Ya no tenemos que escondernos; somos como las divorciadas que se liberan luciendo chulazos.
—O como los maricones.
—Homosexuales, Alfonso, joder.

Vicente Castalia se muerde los labios y mueve la cabeza.

—Por eso te van a echar; porque no sabes que han cambiado los tiempos.
—Como tú; hay que tener convicciones.
—Pero las convicciones no son anteojeras. A mí me han echado porque me he comido todos los marrones de este partido del primero al último, porque tengo merecida fama de jeta y porque soy más peligroso que una piraña en un orinal. A mí el alcalde, Gonzalito Otero-Sariegos, me abrió un expediente de expulsión en los ochenta y sobreviví. Y aquí estoy. O aquí estaba hasta que me salido de los huevos marcharme.
—He decidido seguirte.
—¿A Praga?
—No, hombre; que me voy del partido.
—Bueno, a ti también te iban a echar de todas formas.
—He decidido no aceptar la provisionalidad.
—Y convertirte en un cadáver definitivo.

Castalia nota que a Ariza no le ha gustado nada la comparación y levanta la mano para pedir un par de cañas.

—¿Y dónde vas?
—Me han insinuado un cargo en Cajamadrid.
—¿Insinuado? Ese verbo no existe. ¿Lo tienes firmado o no?
— Vicente, me lo han insinuado gente importante.
—Alfonso, insinuar es intentar echar un polvo.

Castalia se guarda la segunda mitad de la frase, lo que quiere decir que te van a joder, y da el primer sorbo a la cerveza. Se limpia con la servilleta y vuelve a llamar al camarero para pedir un menú de degustación.

—Tú sabrás lo que haces pero te diría que esperaras un poco.
—Ya lo he decidido.
—¿Quién lo sabe?
—Yo.
—Pues es como si no supiera nadie.
—Y ahora tú.
—Y a mí no me cree nadie. Guárdatelo y busca cosas siempre desde el puesto que tienes ahora. Si te quieren echar tienen que moverte la silla.
—Losada no cuenta conmigo.
—Losada es un pichafría. Se ha envalentonado porque tiene a su mujer calentándole la cabeza y Mendiburu ha metido miedo a mucha gente. Losada no será capaz de decirte estás fuera.
—Ya lo he decidido.
—Tú sabrás.
—Te he llamado porque no sé cómo transmitirlo.

Vicente Castalia tiene ganas de levantarse y volver a coger de los hombros a su compañero de escaño, titular y póster. Se fija en su rostro. La primera vez que lo vio, en un congreso del partido en el que presentaba una ponencia sobre reforma de la justicia, parecía sacado de un anuncio de pañales. Ahora, piensa, podría salir en las promociones de audífonos o alfombras para evitar resbalones en la ducha.

—Mira, llama a la sede y pregunta cuándo tiene el próximo acto Losada. Después, me das una lista amplia con los teléfonos de tus amigos, conocidos y eventuales dentro del partido y tu tarjeta de móvil. Tengo un amigo que tiene una empresa de envío de mensajes.
—¿Rueda de prensa?
—Las nuevas tecnologías, Alfonso, el mensaje le irá llegando a todo el mundo como si fuera una gripe.
—Prefiero la rueda de prensa.
—¿Por qué quieres que tengan una imagen de su suicidio? Te ofrezco un momento de gloria y tú prefieres presentarte cautivo y desarmado.
—No quiero hacer daño al partido.
—El partido ya no existe. Lo hemos matado.

Sigue [»]

Si desea contactar con el autor, pinche aquí. Y si quiere visitar su blog, aquí.




Archivo histórico