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Los viajes

de Sara Gutiérrez

El Phnom Penh de Pol Pot

Museo de Tuol Sleng


Nuestro guía nos da como fecha el 17 de abril de 1975. Kang Kek Ieu da al periodista que le entrevista en la cárcel de la ONU en Phnom Penh el 15 de agosto de 1975, cuatro meses después de la entrada de los jemeres rojos en Phnom Penh; y asegura que no empezó a funcionar hasta octubre de ese año. Todos hablamos de la escuela de Tuol Sleng, el centro de estudios que de la noche a la mañana pasó a ser centro de reclusión y tortura regentado por infantes y adolescentes descerebrados que actuaban a las órdenes del joven profesor de matemáticas Kang Kek Ieu, apodado por decisión propia Duch. Todos buscamos la fecha de inicio porque no podemos creer que tamaña crueldad haya tenido lugar en tiempos tan recientes. Me quedo con lo dicho por nuestro guía, me parece más coherente con el ansia exterminadora de los jemeres rojos actuar de inmediato (Pol Pot había tomado el poder 24 horas antes) que planificar en el tiempo, y además coincide con el plazo de expulsión dado el mismo 17 de abril de 1975: todo el que quisiera irse podía hacerlo, disponía de 24 horas.

Kang Kek Ieu, el Duch, a sus 66 años, dijo cosas como estas a su entrevistador:

«Me pidieron que creara el centro, que creara el centro, que lo pusiera en funcionamiento, aunque nunca supe porque me eligieron a mí precisamente. Es verdad que antes de 1975, cuando los jemeres rojos vivían en la clandestinidad, en la jungla, en las zonas liberadas, yo era el jefe de la Oficina 13 y el responsable de la policía en la zona especial que limitaba con Phnom Penh».

«Usted sabe que los jemeres rojos habían vaciado la capital. No había población urbana. Las escuelas estaban cerradas; los hospitales, cerrados; las pagodas, vacías; las calles, vacías. (...) Por la noche no dormía en Tuol Sleng. Tenía varias casas y, por razones de seguridad, dormía cada noche en un sitio diferente».

«Para entender ese mundo, esa mentalidad, tiene que tener presente que la pena de muerte ha existido siempre en Camboya».

«Los jemeres rojos habían estudiado en la Sorbona, en París, no eran salvajes incultos. Pero en Tuol Sleng había una convicción difundida y tácita, y no se necesitaban indicaciones por escrito. Yo, y todos los demás que trabajaban en ese lugar sabíamos que quien entraba allí debía ser destruido psicológicamente, eliminado de una forma progresiva; no había escapatoria posible. Ninguna respuesta servía para evitar la muerte.»

Fuente: El País Domingo, 10/02/08

Por las aulas de aquella afrancesada escuela, hoy Museo del Genocidio, pasaron en cuatro años unos 20.000 camboyanos que, tras ser fotografiados metódicamente por Nhem En, eran torturados hasta la muerte o ejecutados, ya fuera allí mismo o en el cercano campamento de exterminio de Choeung Ek, para acabar en las fosas comunes abiertas en uno y otro lugar. En los patios de Tuol Sleng, donde otrora jugaran los estudiantes, han sido exhumados ya cientos de cadáveres. Parece que sólo sobrevivieron media docena de reclusos.

Nhem En tenía nueve años cueando, en 1970, fue reclutado como chico de aldea para convertirse en tamborilero de una banda revolucionaria ambulante. Cuando tenía 16 años le enviaron a China para hacer un curso de fotografía de siete meses. Fue el jefe de seis fotógrafos de Tuol Sleng.
Según cuenta el propio Nhem En el trabajo en Tuol Sleng era pura rutina. A las 7 de la mañana ya estaba en su puesto a la espera de nuevos prisioneros. Su teléfono sonaba para anunciarlos.

«Venían con los ojos tapados, y yo tenía que deshacer el nudo del trapo», dice Nhem En. “Estaba solo en la habitación, así que yo era a quien ellos veían. Preguntaban: “¿Por qué me han traído aquí? ¿De qué se me acusa?”».

«Mire al frente. No incline la cabeza ni a la izquierda ni a la derecha”. Eso es todo lo que yo decía», recuerda.

Nhem En, que en la actualidad es teniente de alcalde de Anlong Veng, no corre peligro de ser arrestado ya que su rango era menor, pero ha sido llamado a declarar en el juicio contra los líderes de los jemeres rojos, concretamente contra el que fuera su comandante en Tuol Sleng, el Duch.

Fuente: El País, 8/11/2007

Empezaron matando a los extranjeros, a los intelectuales, a los artistas y a los estudiantes, siguieron por los obreros y los campesinos y habrían exterminado a toda la nación si los vietnamitas no llegan a entrar y liberar la capital. Tuol Sleng cerró sus puertas a la crueldad el 7 de enero de 1979. Al tío de nuestro guía le mataron por que sabía un segundo idioma. Fueron en total un millón y medio de asesinados.


3—años—8—meses—20—días para el olvido que debemos recordar permanentemente con el fin de no negar la evidencia de lo ocurrido allí, de lo que están sufriendo ahora mismo otros pueblos, de lo que puede llegar a suceder en cualquier punto del planeta. El Museo de Tuol Sleng es un consistente testimonio de lo ocurrido. El edificio está más o menos como lo encontraron los liberadores, con alguna que otra recreación de la situación en la que se encontraban los torturados en aquel preciso momento. Pero no es eso, no lo es al menos para mí, lo más sobrecogedor. Deja sin aliento, sin deseos ni necesidad de ver más, sin fuerzas para recorrer hasta el final todos los rincones de la antigua escuela, el panel de fotografiados. Cuesta observar los retratos sabiendo que las que muestran son las miradas ingenuas o aterradas, las sonrisas esbozadas o abortadas de hombres, mujeres y niños colocados a la puerta del infierno.

Campo de la muerte de Choeung Ek


 

Lo que acabamos de ver y escuchar es más que suficiente, y aún así decidimos recorrer los 15 kilómetros que separan la ciudad de Cheung Ek.

Llegamos al mismo tiempo que una sobrecargada furgoneta de la que aciertan a descender decenas de peregrinos. La música ambiental que nos recibe es tan triste como el propio lugar. Frente a la entrada, una estupa con más de 10 pisos de urnas transparentes repletas de cráneos perforados, astillados, machacados, y restos de ropas se convierte en el Memorial que honra a todas las víctimas del Genocidio.


Esos cráneos son sólo algunos de los 8.985 cadáveres exhumados de las 86 fosas abiertas hasta el momento.


El resto del terreno podría ser un gran parque, o un pequeño bosque. Es un horror. En los caminos afloran jirones desteñidos de ropas y astillas de huesos. Junto a las fosas ya abiertas, valladas y techadas, se derraman lágrimas por parientes desaparecidos. En los carteles que nombran las fosas se señala el número de víctimas allí encontradas. El guía, cuya voz oigo lejana, amortiguada por el bloqueo angustiado de mis tímpanos, nos va comentando que aquí había cuerpos sin cabeza, allí mujeres y niños, en el otro lado...

Volvemos a la capital por una carretera polvorienta ribeteada de puestos de venta ambulante, gasolineras, comercios, viviendas y modernos edificios. Antes de irnos de Camboya (en apenas un par de horas) queremos volver al FCC y allí vamos. A tomarnos una cerveza con nuestro guía. Él ya nos contó, mientras recorríamos el Museo, cómo de niño fue separado de su familia y llevado a los campamentos de adiestramiento; donde eran maltratado por sus guardianes, niños como él, que reían y comían mientras él lloraba y pasaba hambre. Ahora, quiere que nosostras le contemos alegre de España. Charlamos contemplando Phnom Penh desde la terraza del FCC.


(Entre paréntesis)


Porque no hay nada como viajar para crecer en tolerancia y convencerse de la importancia de conceptos tan vapuleados como paz y libertad, al primer respiro laboral cojo el avión. Y, por tanto (porque no quiero facturar), me voy sin equipaje. Con lo puesto, una muda, la visa y el planopopout que acaba de sacar El País-Aguilar o la guía popout de Espasa  de mi destino, me basta y me sobra. Ahora que lo escribo, Planopopout, Guíapopout... ¿Coincidencia de lanzamiento? ¿Espionaje editorial? Que lo resuelvan ellos. Nosotros a buscar la que dibuja nuestro terreno de aterrizaje y ¡a disfrutar!

Algunas fotos las hice yo; otras, Eva Orúe.

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