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Maitines II

Jorge Dioni López

2.2 Sorpresa de octubre


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“Quiero que la niña que nace en España tenga una familia, y una vivienda, y unos padres con trabajo. Es lo mínimo que debemos exigirnos para todos. Me esforzaré para que la familia esté atendida y la vivienda se pueda conseguir y para que no falte el trabajo”.

—Pacagarse.

“Quiero que esa niña, nazca donde nazca, reciba una educación que sea tan buena como la mejor, que se pueda pasear por todo el mundo sin complejos, porque sabrá idiomas y tendrá un título profesional que se cotice en todo el mundo”.

—Lavirgensantísima.

“Quiero que sea un heraldo de la libertad, de la tolerancia y de los derechos humanos, porque habrá crecido en libertad, y no tendrá miedo a las ideas de los demás, y habrá aprendido a respetar a todos los que respetan la ley”.

—Mecagüenmimadre.

“Quiero que sienta un hondo orgullo por ser española, por pertenecer a esa nación tan vieja, tan admirable que le habrá ofrecido las mejores oportunidades, pero que habrá sabido ser exigente con ella para convertirla en una mujer madura y responsable”.

—¡Para que se acueste con zetapé!

Jaime Losada, Presidente del Partido del Progreso Moderado, presunto o provisional, añadiría casi todo su partido, levanta la mirada del ordenador y los ojos bailan, tacón-punta-tacón, hasta recolocarse en contradanza primero, en la pantalla, y después, en el rostro semisonriente de Marcos Arrate, sempiterno sociólogo del PPM.

—¿Cómo pude decir esa gilipollez de la niña?
—Porque sólo hacías caso al Mariachi. Los demás no pudimos meter baza.
—La niña, la niña.
—Pero no sólo eso. ¿Y el lema?, ¿cabeza y corazón?, ¿es una pasada, todos con Losada?, ¿lo dicen Vicenta y Vicente, Losada presidente? ¿Crees que se puede ir a unas elecciones en el Primer Mundo con esos carteles? No sé si alguna vez has probado a traducir una canción en inglés que te guste mucho.
—Hice lo que me dijeron.

Losada entreabre un cajón rojo de su mesa, negra con reflejos nacarados, y comienza a buscar algo pero lo único que consigue es un bolígrafo de la última campaña de las municipales y autonómicas madrileñas con los rostros de Gonzalo Otero-Sariegos y Mar Mendiburu. Después de mirarlo, se rasca la oreja derecha con él.

Marcos Arrate sabe que, cuando Losada se rasca la oreja es que quiere decir algo pero no encuentra el momento, las palabras o la dimensión.

—Joder, Jaime, te han vuelto a joder con la picha de otro.

El sociólogo sabe que acaba de soltar la frase más odiadas por el presidente y que, hasta que no se disculpe, no se desenfurruñará. Arrate va contando los segundos mientras mira por la ventana las oficinas cerradas de una empresa de inversión en bienes tangibles, sellos y obras de arte. Cuando llega a cincuenta, mira a Losada que esta a punto de realizarse una trepanación con el boli de las municipales; el sociólogo baja la cabeza hasta que se ensambla con las manos que remueven un poco el pelo espantando la risa que le provocan siempre los abrumados líderes del centro-derecha.

—Anda, perdona.

Arrate se levanta y tiende la mano a Losada.

—Quería decir que tú escribes muy bien y eres un orador brillante pero no eres actor, no eres como él, no puedes explicar historias en las que no crees.
—¿Cómo me dejaste hacer esa campaña de mierda?
—Porque no estaba. Se me recomendó que mantuviera un perfil bajo. A mí.

Tras dejar escapar una risa que Losada sólo ha oído en la serie de Elm Street, Arrate se levanta y recorre la mesa negra con reflejos nacarados hasta alcanzar el portátil de Losada y baja la pantalla hasta que el equipo entra en hibernación; como todo el partido, piensa.

—No estaba, Jaime, no estaba aquí. No tenía despacho de campaña, no tenía mesa, no tenía silla, no tenía invitación para las reuniones, no tenía un móvil para llamarte, ni siquiera tenía tarjeta de crédito.

Losada trata de abrir de nuevo el portátil pero a Arrate, de nuevo sentado, le basta con extender el brazo para que desista. El presidente vuelve a buscar algo en uno de los cajones pero sólo encuentra tres gorras de una manifestación de la AVT y varios borradores del último discurso del Estado de la Nación.

—No dependió de mí, Marcos.
—Joder, Jaime, que eras el presidente
—Soy el presidente.
—Creo que ahora es la única vez que éso es cierto. Ahora que te van a crucificar por sus pecados es cuando estás más cerca.
—No me van a crucificar. Ya he dicho que me quedo y todo el mundo me apoya.
—No es del todo cierto; tienen miedo de Menditatcher y creen que pueden hacer cualquier cosa porque la campaña electoral comienza dentro de cuatro años menos quince días.
—Yo no soy cualquier cosa.
—Ahora no, eres un zombie político.
—Ten cuidado porque comen carne humana.
—Pero se mueven despacio.

Losada se levanta y, por un momento, tiene ganas de echar de su despacho al sociólogo pero lo único que consigue es que le pique la barba.

—Pues si soy un muerto viviente, no sé qué haces aquí.
—Me has llamado.
—Porque pensaba que estaba vivo, como en la película del niño, pero si ya es el final no tenemos nada que hacer.

Arrate sabe que Losada no lo va a echar nunca de su despacho como hacía el ex Presidente Castilla cuando oía algo que no le gustaba pero sí puede deslizarse por la pendiente fatalista de la noche de las elecciones y volver a pensar en dejarle el paso franco a Mendiburu. Decide que ya vale de dar caña. 

—¿Quién le iba a decir a la Vicepresidenta que llegaría a ser lo que es después de hundirse con Belloch?, ¿sabes cuántas vidas ha tenido Madonna?
—Sabes que prefiero a Juan...

Losada se detiene ante la sacudida de Arrate que, después de levantar las manos, se las ha situado en las orejas para no escuchar el nombre del cantante maldito. El Presidente del PPM le hace un gesto para que separe las palmas de los pabellones.

—Si hiciste la campaña electoral con música del innombrable Jotapé, como Castilla en el 93, no me extraña que os hayan vuelto a ganar.
—Son bobadas.
—Vaya, un gallego diciendo que no existen las meigas. A ver si por eso os ha ido tan mal.
—¿Hasta cuándo me vas a hacer pagar que te dejara sin los contratos de la campaña?

Losada se levanta de la silla y recorre su despacho. También se fija en las oficinas cerradas de una empresa de inversión en bienes tangibles, sellos y obras de arte. Recuerda que el ex portavoz parlamentario, Vicente Castalia, y el secretario general, Alfonso Ariza, eran partidarios de atacar fuerte al Gobierno con esa cuestión y que Arrate fue el único que se enfrentó con ellos en una reunión interna. Y, como siempre, ganó.

—Marcos, ¿por qué hemos perdido las elecciones?
—Porque mataron a uno del PSOE dos días antes; si hubiera sido uno de los nuestros o alguno que hubiésemos podido asumir, como un policía, te habrías quedado con el arreón final. No llegan a un millón pero, con 300.000 para nosotros y medio millón menos para Zapatero, ganamos. Ganáis, mejor dicho.
—Joder, Marcos.
—Las cosas son lo que son. En Estados Unidos siempre hablan de la sorpresa de octubre porque, por muchas cuestiones que hayan surgido en la legislatura, el último tema que salta antes de las elecciones es el que sitúa a los indecisos; ya sé que no son muchos pero, cuando la cosa va de un pelo, son decisivos. Es un tipo que, cuando se junta con sus amigos de la bolera, tiene claro que votará a los Republicanos pero, cuando habla con sus ex compañeros de la universidad, acaba prefieriendo a los Demócratas.
—Federico dice que el voto no se mueve.
—Claro porque a Federico lo paga Moncloa; tiene publicidad de todos los grupos económicos cercanos al Gobierno. He dicho muchas veces que no hay que ir más a la derecha porque no hay nadie; hay que buscar donde haya voto que rascar.

Losada mueve el dedo índice para que Arrate recupere la historia yanqui. 

—Allí, cada cuestión que surge desde el inicio de las primarias de unos y otros mueve a los indecisos de un lado a otro hasta que llega el último tema. Si hubieran matado a un guardia, se habría impuesto nuestro discurso; como fue uno de ellos, pudieron hacer la puesta en escena. Creo que hasta te echaron del funeral.
—No fue exactamente así.
—Es como se entendió.
—¿Y Catalunya?
—Si fuera independiente, también habrías ganado pero creo que no fue mal del todo. Quizá os hubiera ido mejor no centrando los palos en los socialistas porque supieron convertir el miedo en viento a favor.

Jaime Losada vuelve a rascarse la barba y lo hace con tanto ardor que Arrate se le termina uniendo sincopadamente hasta que terminan coordinando los rasgados poco antes de acabar.

—Y qué tengo que hacer, Marcos.
—Tienes que ser Madonna.
—¿Teñirme?
—No, cambiar de vida. El otro día estuviste bien guardando para el final la decisión de presentarse pero hay que ir más allá. Tienes que cambiar de grupo de acompañamiento, de peinado, de vestuario y de estilo musical.
—Joder, quieres que vuelva a nacer.
—No es tan difícil. Despide a Castalia y Ariza y pasa de Cortés y Castilla.
—Pacagarse.
—Nombra portavoz parlamentario a alguien totalmente nuevo; Navas Santillana, por ejemplo.
—Pacagarse.
—Y, sobre todo, provoca a Jiménez y Ramírez. Dí que eres independiente.
—Mecagüenmimadre.

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