Secciones:

Boletín de novedades

Reciba nuestro Divertín de manera regular y gratuita.
Su e-mail

¡Web seleccionada entre las mejores!

Los viajes

de Sara Gutiérrez

Phnom Penh, capital de Camboya

OTROS DESTINOS


Con apenas veinticuatro horas de estancia por delante en la capital, al aterrizar supimos que nuestro chófer particular no vendría y que debíamos subirnos al autocar que esperaba al grupo con el que habíamos ido coincidiendo en todos los hoteles y aeropuertos del viaje (Vietnam+Camboya). Nos sirvió para reafirmarnos en nuestra convicción de que habíamos hecho bien en contratar servicios individuales, y para perder un montón de tiempo en el reparto por los establecimientos de diferentes categorías. El nuestro, cómo no, resultó ser el último del recorrido. Todavía había gente haciéndose con su llave en recepción cuando bajamos preguntando por un taxi para ir a la zona de restaurantes (si es que la había, y la había).


Situada en la confluencia de cuatro ramificaciones del Mekong, Phnom Penh es una de esas ciudades que disfruta con el agua, y sabe pasearse por sus orillas. Frente al río de agua y de gentes, los locales de un buen número de manzanas están ocupados por restaurantes abarrotados de extranjeros. Nosotras localizamos el que será para siempre nuestro bar en Phnom Penh: FCC, el Club de los corresponsales extranjeros. Allí cenamos estupendamente y allí tomamos nuestra última cerveza en Camboya, en un ambiente de cotidianeidad parecido al de cualquier lugar que no sea las calles de la propia ciudad de Phnom Penh; un ambiente, el de las calles, que hipnotiza cuando se contempla desde las terrazas elevadas del FCC.



A las ocho de la mañana del día siguiente ya estábamos en Wat Phnom (Pagoda de la montaña), y no éramos las únicas. Madres paseando con sus hijos (en frente hay un hospital infantil) y monos comiendo flor de loto disfrutaban del pequeño parque que rodea la Pagoda como si fuera mediodía.


Cuenta la leyenda que en 1372 la señora Penh, mientras pescaba, encontró las cuatro cabezas de Buda en bronce que dieron lugar a la fundación de la ciudad y hoy presiden esta Pagoda cuyas pinturas murales interiores repasan la historia del budismo.

A las puertas del templo, fieles y adivinadores hacen ritos y ofrendas de lo más variopintos, muchos de ellos de origen chino (un tercio de la población capitalina es china): sueltan pájaros, ponen carne y huevos en la boca de los dioses, encienden enormes velas para combatir las inundaciones, colocan ofrendas de papel e incienso, se lavan con agua perfumada con flores de jazmín y loto para buscar la libertad y la felicidad...


Las escalinatas de ascenso a la Pagoda están ocupadas por mendigos mutilados de todas las edades que en la exhibición de su propio drama dan testimonio de la tragedia vivida por su pueblo.

Y de la miseria al esplendor en pocos metros. A las puertas de Palacio Real, al que no se puede entrar sin manga ni con pantalones por encima de la rodilla, decenas de funcionarios y escolares uniformados (a pesar de estar de vacaciones) esperaban con música y banderines la llegada de una comitiva oficial (el Rey de Camboya y el Presidente de Laos).



Lo que se conoce como Palacio Real es un recinto amurallado que retiene tanta luz y refinamiento que la suciedad y la oscuridad exteriores se potencian. No es raro ver turistas con sus guías en la mano mirando de un lado para otro y preguntando por la Pagoda de Plata. Todos buscamos una cúpula metálica para localizar lo que es en realidad un sobrio edificio rectangular construido en 1892 como Pagoda del Buda esmeralda, por su pequeño buda verde. Se la llama «de Plata» desde que el suelo de madera fue sustituido, en 1962, por baldosas de plata (de aproximadamente 1 kg de peso cada una, en total, unas 50 toneladas del preciado metal). Alberga, entre otras joyas, un Buda de pie, hecho en oro, de 90 kg, que luce 2.086 diamantes. Y eso es nada entre las piezas de oro, plata y piedras preciosas que, expuestas en las vitrinas o no, conforman el tesoro allí custodiado.


Por todas partes hay listas con las firmas de las limpiadoras que se responsabilizan de que todo brille como corresponde sin que nada desaparezca.


Allí mismo se levantan las estupas de los antepasados reales, siendo la principal la del constructor de la pagoda de plata, el tatarabuelo del actual rey. En el patio, frescos murales, muy deteriorados por la acción del viento y las lluvias, cuentan la historia de Ramayana (comienza frente a la puerta principal de la estupa y sigue dirección izquierda hasta completar la vuelta). También destacan la estupa en forma de flor de loto de una hija del rey Norodom Sihanouk, la princesa Norodom Kantha Bopha, que murió a los cuatro años por una afección cardiaca (cuatro hospitales pediátricos llevan hoy su nombre); y la estupa del abuelo del rey.


Otros atractivos del recinto son la montaña artificial con un Buda de jade blanco, y la huella de Buda en pan de oro; el Salón del trono, amarillo (budismo) y blanco (hinduismo), con su tambor custodiado por ranas para llamar a la lluvia cuando ésta se hace de rogar; y el Shorea Robusta situado a la salida. Las mujeres embarazadas secan las flores que se le caen para hacer infusiones con ellas porque las consideran muy beneficiosas para la salud del feto.

Aprovecho para contar dos detalles más de flores: las hojas de la flor de loto son impermeables, y de los nenúfares se come el tallo de la flor. Y otro de costumbres: entre los objetos del tesoro real se exhiben escupideras de oro (escupir y orinar en cualquier lugar siguen siendo prácticas comunes de muchos camboyanos). Y otro más: para comer, usan cuchara y tenedor, no cuchillo (en la Unión Soviética  tampoco se usaban cuchillos, las explicaciones que me dieron eran tan peregrinas como las actuales de seguridad de los aeropuertos), y palillos para los fideos.

A la vuelta de la esquina, el Museo Nacional exhibe numerosísimas piezas provenientes de los Templos de Angkor, pero también de los periodos Pre-Angkor (s. III-IX) y Post-Angkor (s. XIII-), de este último, prácticamente todo en madera, destaca la cabina de barco construida para llevar al rey a Angkor.


Dentro del museo, hay mujeres que ofrecen al visitante ramilletes de flores para colocarlas como ofrenda ante las representaciones de los dioses. Si se depositan las flores sin poner dinero al lado, esas mismas mujeres recogen los ramilletes para dárselos a otros turistas en la esperanza de que éstos sean más desprendidos.  

Saliendo del Museo Nacional a la izquierda, y torciendo otra vez a la izquierda, se encuentra una calle llena de galerías de arte con gente de los talleres de pintura y talla de madera trabajando en la acera.


Y, por supuesto, el recorrido quedaría cojo si no nos acercáramos al Mercado central. Construido en 1937, arranca en un núcleo circular (ocupado por joyerías) del que parten cinco largos brazos (el de entrada, dos dedicados a la ropa, uno para comida y otro de electrónica). El edificio está completamente rodeado de puestos en los que se vende de todo. La mercancía que más llamó nuestra atención: cucarachas, saltamontes, arañas y gusanos fritos, vendidos en cucuruchos de papel como si de pipas de girasol se tratara.

Caótica, pobre y aún herida, Phnom Penh ofrece al visitante lo que tiene, lo que vive: los decadentes restos de un pasado no tan lejano, la triste herencia de un conflicto demasiado cruel y reciente (cuyos museos recorreré la próxima semana), y los indecisos pasos hacía un futuro poco claro.


Algunas fotos las hice yo; otras, Eva Orúe.

OTROS DESTINOS




Archivo histórico