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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Otras miradas


Wayne Wang, meritorio cineasta hongkonés, que ha andado perdido unos años entre la basurilla palomitera de las superproducciones  hollywondenses tipo Sucedió en Manhattan y otros títulos absolutamente prescindibles, vuelve por sus fueros primordiales  —¿quién no recuerda aquellas pequeñas joyas que eran Smoke y Blue in the face codirigidas con su entonces amigo, el escritor Paul Auster?— y basándose en  un  relato  del libro Los buenos deseos de la escritora Yiyun Li nos ofrece una película, Mil años de oración, sosegada, límpida, cotidiana, rebosante  de ternura, sensibilidad  e ironía sobre temas tan tratados y manoseados por el cine como el del choque cultural y generacional, la incomunicación y el idioma.

El Sr. Shi es un viudo jubilado de Pekín que decide visitar a su hija, una recién divorciada que vive en una pequeña ciudad de Estados Unidos  como bibliotecaria, para pasar una temporada con ella hasta que se recupere del trauma de su separación. Él es un “ingeniero aereospacial”, como le gusta decir en su inglés de todo a cien a la gente que  va conociendo en la pequeña ciudad para disfrutar de la atención que le prestan. Pero a Yilan, su hija, le dan igual estas justificaciones de su padre y sus opiniones sobre  la forma en que podría salvar su matrimonio. Tampoco está interesada en el plan  que le propone para rehacer su vida. Cuando su padre insiste en encontrar las causas de su divorcio, Yilan empieza a sentirse más y más enfadada con su intromisión. Afortunadamente para él,  encuentra compañía en una mujer iraní a la que le une el mismo desarraigo emocional y con la que comenta sus problemas entendiéndose ambos en el lenguaje universal del sufrimiento.

Nada nuevo como se ve. Un punto de partida similar al de El banquete de boda del exitoso Ang Lee; aunque luego  cada realizador, aun compartiendo el mismo origen y cultura, haya transitado por distintos caminos a la hora de plasmar en la pantalla esos mismos temas: la comedia clásica de enredos en el caso de Lee, o el de la crónica intimista y dramática en el de Wang. Ambos  caminos son igualmente válidos y los dos han desembocado en un buen resultado.

Wang, además, cuenta con la baza de contar con  dos grandes intérpretes como son Henry O y Faye Yu, que construyen sus personajes desde la introspección creando dos personajes vivos e  inolvidables;  comprensivo y tierno el uno, triste y distante, la otra.

Puede que a algún espectador la película pueda parecerle nímia, olvidable nada más salir del cine; no es mi caso. Para mí es un plato destinado a degustarlo varias veces.

***


Inmersos como estamos en el huracán mediático literario organizado por la nueva novela de Zafón, casi me da cosa hablar de otra novela, pero he pensado que como todo el mundo va a leerla y a opinar sobre ella, pues paso y os propongo la lectura, ciertamente refrescante, de otra, titulada La suite de Manolete original de Joaquin Pérez Azaústre.

Ha sido  también una recomendación de mi librero que ha decidido que no estaría mal librarme con su lectura de los vapores literarios que a veces embotan la pituitaria literaria de los lectores compulsivos y elitistas  entre los que opina, me cuento.

Me adelanto a confesar que es la primera novela que leo de su autor y que, rápidamente, me buscaré la anterior, El gran Felton, para reencontrar de nuevo a ese personaje, Bruno Diaz, especie de sabueso literario, que es también protagonista de la que os voy a hablar.

Esta vez, Diaz, por encargo de un productor cinematográfico de aviesas intenciones, debe investigar la vida y milagros de Manolete, el mítico torero, con el fin de recabar información desconocida sobre el diestro con vistas al rodaje de una película sobre su vida y misterios, que los hubo.

Alternando dos planos del tiempo, la época actual y la del torero, el autor, Pérez Azaústre consigue con gran habilidad montar su historia que se sigue con verdadero interés y que logra momentos  de gran brillantez dentro una atmósfera perfectamente lograda. Bien estructurada y mejor escrita, y con un ritmo en crescendo que te lleva a través de de aquellos tiempos de moral reprimida y clandestina hasta  un final donde se muestran los revelaciones más inesperadas de los secretos mejor guardados.


La suite de Manolete
Joaquín Pérez Azaústre
Alianza




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