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Maitines II

Jorge Dioni López

2.1 El ataque de los zombies


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Mar Mendiburu, Presidenta de la Comunidad de Madrid, se despierta entre sudores. El skyjama color melón se le pega a los omoplatos y en la cara interna de los muslos impidiendo que se levante. Extiende la mano y no hay nadie. No se atreve a gritar pero tampoco quiere seguir tumbada en la cama. Serpentea hasta llegar al borde del colchón de látex desde donde deja caer un pie que se encuentra en el suelo con el dossier de prensa ojeado antes de dormirse. No lo recuerda y el tacto frío le sorprende. Grita.

 De la sala contigua, surge un fragor de cacharreo que se concreta en una sombra perfilada en el quicio del dormitorio.

 —¿Qué pasa Mari Mar?
 —Estaba muerto, Alfredo, estaba muerto.
 —Calma, Mari Mar.
 —Estaba muerto, Alfredo, estaba muerto y salía de la tumba.
 —Despierta; era un sueño.
 —Estaba muerto, Losada estaba muerto y salía de la tumba y decía: me voy a presentar al Congreso con mi equipo, ¿y tú?
 —Ay.  
 El hombre enciende la luz, se tumba en la cama y, a riñonadas, se junta a su mujer que no ha conseguido librarse del abrazo del skyjama ni de la imagen del tumefacto Jaime Losada, Presidente del PPM, avanzando hacia ella con la frase que cerró su intervención en la Reunión Unificada Estatal de Dirección Orgánica, la RUEDO, después de convocar el Congreso del partido para junio: “por cierto, yo me voy a presentar y lo haré con mi equipo que daré a conocer un día antes”. Antes de lanzarle una carantoña, Alfredo retira el nórdico para airear la cama.

 —Estaba muerto y enterrado; y venía hacia mí.
 —Era un sueño, Mari Mar; en realidad, eres tú quien le da miedo.
 —No lo sé.
 
Mendiburu, ya libre del polímero estrujón, se incorpora y repite la frase una decena de veces antes de mirar a su marido.  

 —No lo sé pero ayer me llamó para comer conmigo.
 —¿Quién?
 —Jaimito; en Zalacaín.
 —Si no hace un mes que ha muerto Jesús Mari. No respeta el luto.
 —No creo que sepa quién era.
 —Estás rodeada de patanes.  
 —Tridimensionalmente; a los lados y también, arriba y abajo.

 La mujer mira el suelo y, ayudándose de los dedos de los pies, recoge el dossier de prensa.

 —¿Qué vas a hacer con la comida?
 —Ir, claro. Ya no tengo nada que perder.
 —¿Quién te ha dicho esa chorrada? Has perdido una batalla pero las guerras siempre son muy largas. Esperabas ser recibida en olor de multitudes cuando se acabase el entierro de Losada y te has retirado porque hueles peligro pero es el tufo del miedo de los demás. No quieren que los hagas retratarse.
 —Joder, Alfredo, siempre olvidas que el tiempo en política es muy corto y que hay otras cosas. Tengo 208 delegados para el Congreso de junio; Talavera tiene 436 y Mariño, 290.
 —El número no lo es todo. ¿Irán como un solo hombre?, ¿no hay discrepantes, no hay corrientes?
 —No somos el PSOE.
 —Peores porque todo esta oculto. Parecéis vampiros de la RDA.
 —Seguro que hay gente que no está de acuerdo pero es complicado llegar a ellos.
 —Lanza guiños. Desliza informaciones para que la gente tome postura; Losada no se va a mover un pelo.
 —Somos muy pocos. Y no me cuentes la historia de 300.  
 —No porque perdieron. Has perdido una batalla por el olor, como la de Rafia. Los elefantes africanos de Ptolomeo se dispersaron por el olor de la bosta de los asiáticos de Antíoco y los seleucidas acabaron con el ala izquierda del ejército egipcio donde estaba el mismo Antíoco y la caballería de Polícrates, el cuerpo más prestigioso. Pero fue sólo un movimiento de la batalla.

La mujer sonríe y al hombre le parece que su nariz, la de ella, se afila hasta convertirse en un obelisco.


—Arsínoa, la hermana de Ptolomeno se puso al frente de las tropas que cedían del ala izquierda para reagruparlas y comenzó a prometer a todas las tropas mercenarias una paga extra. La mayoría de ellas, griegas, se concentraban en el ala derecha y avanzaron ante cierta pasividad de los asiáticos; Antíoco pensaba que, con su victoria parcial en el choque entre líderes, ya bastaba y acosaba a los rivales huidos hasta que uno de sus subordinados le hizo ver que la polvareda del ala contraria llegaba hasta su campamento y sólo les quedaba buscar refugio.
 —¿Quieres que vaya ofreciendo pagas extra por ahí?
 —No sería mala idea. Creo que es una de las cosas que te ha fallado y en las que también se perderá él. No habéis tenido en cuenta que hay mucha gente cuyos ingresos dependen del partido y a los que tenéis que explicar dónde y cómo van a quedar. Me parece que hubo mucha gente creyó que ibas a trasladar el partido de Madrid al nacional y tuvieron miedo de quedarse al margen. Y, además, viendo cómo las gastas.
 —¿Y cómo se va a perder Losada?
 
El hombre busca en el dossier de prensa una información de El País que vio por la tarde donde se especificaban todos los puestos del nuevo Grupo Parlamentario de Navas Santillana y los ponentes del Congreso.

 —Hay demasiada renovación. Mira esta frase, “parece que basta con ser jovencito y no haberse mojado hasta ahora para conseguir un puesto”. Ya empieza a haber cabreo. Lo que tienes que hacer es detectarlo y convertirlo en gasolina para ti. Es una de las industrias del futuro, transformar la basura en energía.
 —Es muy tarde o muy pronto. Es mejor que ahora no me mueva y espere a las gallegas o las europeas.
 —Otra vez los putos asesores. Cuando todo está en silencio, te dicen que te muevas para que todo el mundo te vea y, ahora, que todo el mundo está situándose para los próximos años, te recomiendan que te quedes quieta. Los cambios tienen que ser ahora. Sin prisa pero sin quedarse nunca quieto.
 —Es que es muy fácil hablar desde fuera de batallas ocurridas hace miles de años pero yo me la tengo que jugar mañana en Zalacaín con el tipo ese que no sé si está vivo o muerto. Quizá soy yo la que está muerta.
 —Nunca. Mari Mar, tú tienes el presupuesto y el boletín oficial de la Comunidad Autónoma más importante. Y una tele y dinero para publicidad y la sección de local de los periódicos nacionales y, algo muy importante, no tienes oposición. Él tenía ocho cargos a repartir y ya lo ha hecho. Ahora, hablas tú.
 
La mujer besa a su marido y, después de buscar las pantuflas, se levanta para dirigirse al armario donde se desnuda para cambiar el skyjama por un camisón de pucca en todos verdosos.

El hombre recoge el dossier de prensa del nórdico y se detiene en un perfil de Navas Santilla publicado en El Mundo.

—¿Has leído que repartía el pan?
—La panadera, la llaman, qué poco va a durar.
—Eres insaciable, Mari Mar. A veces me recuerdas a la Reina de Corazones, que le corten la cabeza, que le corten la cabeza. Hay que prestar atención a la gente que vende casa por casa porque es más difícil que dar un mitin.
—El pan se vende solo.
—El pan, sí, pero el panadero, no. Un agricultor puede gastarse los ahorros de veinte años en un concesionario donde el vendedor sea un considerable soplapollas pero nunca se dejará diez duros en un bar donde le pregunten si quiere el café solo o con anís. Y lo mismo para el pan. Si esa chica vendía pan, tenía que saber cómo le gustaba el pan a todo el mundo, blanquito, tostadito, poco hecho, crujientito, etcétera. Tu partido ha perdido las elecciones por no entender que en este país a cada uno le gusta el pan y el café de una manera.
—No sé por qué no te contrato de asesor.
—Porque seguro que lo prohíbe la ley de incompatibilidades.
—Pues la cambio. Mañana se lo digo a Paco.
Mendiburu entra en la cama y, con cuidado para que el camisón no se suba, se desliza debajo de la funda nórdica.
—¿Qué debo hacer?
—Lo que te pida el cuerpo. Te lo has ganado.
—Quiero dar guerra; quiero ir a por él
—¿A por el muerto?
El hombre se levanta de la cama con el dossier en la mano.
—Otra vez vas muy deprisa. El asesinato del emperador no facilita la sucesión, sino la guerra civil. Mejor, esperar y dar pequeñas batallas porque la guerra la gana el que elige dónde y cuándo es el choque de fuerzas.
—¿Qué batallas?, quedan dos meses para el Congreso y todos están contra mí.
—No están contra ti por principios, sino por miedo. Habla con ellos, busca a los cabreados y dibuja un futuro bonito para que se lo crean. Yo incluso tendría algún detalle con la panadera. Elógiala, organiza algún acto con mujeres en el que tenga un papel importante.
—Era de las empollonas.
—Y tú copiabas, Mari Mar; cada uno aprueba como puede.

La mujer se revuelve dentro de la cama para volver a situar el camisón a la altura de la rodilla. Después de varios intentos, la lucha se revela inútil.

—Estoy harta. Te voy a coger un pijama.
—El que quieras.

Mendiburu vuelve a levantarse y abre el armario de su marido que, lanzando el dossier encima de la cama, la abraza por detrás.

—¡Ay mi morena, morena clara! ¡Ay mi morena, que gusto da mirarla! Toda la vida mi compañera, toda la vida, será la mi morena
—¡Cállate corazón! ¡Duérmete y calla! No debe retoñar la hierba mala. ¡Ay, que tendrá el amor, de venenoso, que cuando más cruel, es más sabroso!

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