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Errata

Evaristo Aguirre

La botella de ron...

J. es un niño de casi cinco años fascinado por los piratas. Al oírle hablar de barcos y esas cosas o al verle disfrazado –él dice que se ”viste de pirata”, no que se disfraza–, me he acordado de la infancia, porque luego te vas olvidando de esas aventuras que, es verdad, a cierta edad resultan estupendas, atractivas y remueven la imaginación. No leí muchas historias de piratas de las clásicas (nada de Salgari, por ejemplo); La isla del tesoro, de Stevenson, sí. La conocida poesía de Espronceda, también –hasta me la supe de memoria–. Los bucaneros que más recuerdo son esa panda de pringadetes que aparecían en los tebeos de Astérix y que siempre, pero siempre, terminaban yéndose a pique.

Y de repente, las noticias hablan de unos piratas, allá en África, que secuestran un pesquero vasco... Tenía a mano un libro que se ha publicado hace poco, La república de los piratas, de Colin Woodward (Crítica, con traducción de Gonzalo García y Cecilia Belza). “La verdadera historia de los piratas del Caribe” reza el subtítulo.


No es un relato de aventuras, aunque la épica está presente todo el rato, es la crónica de un intento, de tintes revolucionarios, de insumisión al poder y de búsqueda de la libertad. Woodward se centra en diez años, de 1715 a 1725, durante los cuales unos cuantos piratas –algunos de nombres tan sonoros y famosos como Barbanegra o Black Sam– establecieron su centro de operaciones en las islas Bahamas y se dedicaron a fustigar a los barcos de los grandes imperios, fundamentalmente al inglés. Esa fue la República de los piratas.

Los marineros de las naves atacadas solían desertar y unirse a los rebeldes, que llegaron a crear un sistema de reparto y retribuciones de sus botines que, según el autor, puso a punto incluso algo parecido a las pensiones. Eran auténticos descamisados, parias de la tierra enfrentándose al sistema. No se trata, como bien se recuerda en el libro, de los corsarios, que eran mercenarios al servicio de los gobiernos. Estos otros eran solidarios entre ellos, se ayudaban, atacaban plantaciones esclavistas, tan abundantes en aquellas islas caribeñas. Y como todos los proyectos idealistas a lo largo de la historia de la humanidad, esa República se vino abajo y desapareció.




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