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Los viajes

de Sara Gutiérrez

Los Templos de Angkor (II)

Angkor Wat

Construido a principios del siglo XII, es posiblemente el mejor conservado de todos los Templos de Angkor.


Tal es la importancia que tiene esta ciudad real dedicada inicialmente al dios hindú Visnú y convertida en el siglo XIII en monasterio budista, que ningún hotel de Siem Reap puede tener una altura superior a su torre central (65 metros), la cual, junto a otras cuatro, configura una enorme flor de loto (emblema de la bandera camboyana).



Para acceder al imponente cuadrilátero de 1.500 por 1.300 metros que es Angkor Wat es necesario superar la masa de agua que le rodea —un canal de 200 metros de ancho alimentado artificialmente por el río Siem Reap—, tarea sencilla y placentera merced al amplio camino elevado flanqueado por balaustradas incompletas de serpientes que lo une con la orilla escalonada del lado del camino rodado.

Sin menospreciar la belleza de sus centenares de bailarinas celestiales y el encanto de muchos otros de sus elementos, nada es equiparable a los metros y metros de bajorrelieves narradores de batallas y leyendas hindús que ofrecen sus larguísimas galerías porticadas.


Al atardecer, mientras los turistas apuramos la luz para explorar cada uno de los rincones de Angkor Wat, al otro lado del canal, los lugareños extienden arpilleras alquiladas allí mismo o traídas de casa y se sientan a merendar o se tumban a contemplar la puesta de sol; incluso los niños que minutos antes asediaban a los visitantes con sus mercancías aparcan sus obligaciones y disfrutan con un chapoteo.


Bakheng


Cerca de Angkor Wat se eleva el monte Bakheng, a cuya cima los turistas se acercan al atardecer, a pie o en elefante (las plazas son limitadísimas), para contemplar desde su templo la puesta de sol. A mí me pareció un ejercicio peligrosísimo. No el ascenso al monte, que no pasa de ser una pequeña subida por un camino bien establecido, sino la subida a la terraza del machacado templo: sin orden ni concierto, se cuentan por decenas los cuerpos que tratan de subir por las mismas empinadísimas escalinatas por las que otros intentan bajar. Confieso que me fui antes de que se pusiera del todo el sol, no quiero ni pensar lo que puede ser descender de allí a oscuras.

Prasat Kravan

Pequeño y de ladrillo, el «Templo del cardamomo» nos parecería una obra impresionante si fuera la única en la zona, pero injustificablemente, para quienes vamos con prisa, llega a hacerse prescindible. En cualquier caso, sus bajorrelieves, otrora policromados, dan cuenta de su valía.


Pre Rup


Las personas con vértigo lo tienen especialmente difícil en este templo montaña relacionado con prácticas funerarias.

Banteay Srey

Tristemente famoso por ser el escenario en el que el ejército jemer mató en 1998 a una familia americana y a su guía, este pequeño templo, conocido como «la ciudadela de las mujeres» se considera uno de los más refinados. Al parecer, no fue construido por ningún soberano sino que es obra de un par de hermanos brahmanes. En el camino —unos veinte kilómetros lo separan de Siem Reap—, los arrozales y el pueblo de Pradak se convierten también en objetivos turísticos.


Banteay Samré

Precedido por una vía procesional de 140 metros ofrece, por ejemplo, espléndidas figuras de Shiva y de las divinidades en sus “vehículos”. No es extraño ver adivinadores entre sus muros.


Banteay Kdei

Lo más sobrecogedor de este monasterio budista en ruinas es ver de qué manera la naturaleza ha ido tomando posesión de sus muros y cómo algunos paños, datados a principios del siglo XII, conservan la nitidez de sus orígenes. Aquí sí que una imagen vale más que mil palabras.


Neak Pean

Es un curioso balneario con una enorme piscina de aguas medicinales (hoy seca) en cuyo centro se levanta un templo rodeado de serpientes que entrecruzan sus colas y en cuyo perímetro cuatro casetas con aguas curativas marcan los cuatro puntos cardinales, exhibiendo cada una una figura de piedra en alusión a cada uno de los cuatro elementos: león, fuego, poder; caballo, aire, fuerza; elefante, agua, riqueza; cabeza, tierra, inteligencia. Lo visitamos a mediodía y apenas había gente, increíble.


Preah Khan

Como ocurre en Banteay Kdei, las enormes raíces de los árboles, semejantes a patas de gigantescos ánades posados sobre los muros, acaparan más miradas que la curiosa construcción de ventanas ciegas trufada en su interior de simbólicas figuras perfectamente conservadas.


Una estancia como la mía, de apenas tres jornadas, no puede dar otra cosa que una idea global de la inmensa riqueza que Angkor encierra y abrir si acaso el apetito para lecturas más académicas y visitas más pausadas.

Algunas fotos las hice yo; otras, Eva Orúe.

OTROS DESTINOS

ENTRE PARÉNTESIS

En estos días de preparación de los puentes que se avecinan me vienen como anillo al dedo las guías visuales Pocket editadas por El País-Aguilar y ello por dos razones fundamentales: primera, me basta con la información esencial porque no creo que pueda pasear por mi destino más de 60-72 horas —eso si consigo buenas combinaciones de vuelos—; segunda, porque tengo que llevar el mínimo equipaje, ¡no pienso facturar!





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