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Maitines II

Jorge Dioni López

1.5 O llevarás luto por mí


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Mar Mendiburu, presidenta de la Comunidad de Madrid, entra en el coche oficial comparando la agenda de su móvil con el recuerdo de la lista de diputados que estudió ayer con su Jefe de Gabinete. ¿Fernández-Moll salió por Alicante? No, por Murcia —se corrige— porque Ferrer no dejó que fuera por Alicante. ¿Qué coño va a saber Moll del partido en Valencia si no le dejaron presentarse por su provincia. Joder, ¿por qué se le dejaron hacer estas cosas a Ferrer? Lanza la pregunta cuando ya está aposentada dentro del coche en la tercera fila de asientos. El Jefe de Campaña, el de Comunicación, el de Medios y el de Gabinete echan mano de su móvil pero a este último se le engancha el punzón de la pedeá en la solapa y, de nuevo interpelado por la Presidenta, responde con voz queda.

—Fue una de las cuestiones acordadas con él. Desde Madrid no se forzaría a la dirección nacional a posicionarse en la cuestión de las listas valencianas a cambio del apoyo tras la derrota. Por eso metimos a Castalia en la lista de Madrid. Y habríamos metido a Moll pero Murcia se adelantó.

Mendiburu mira al infinito queriendo poner cara de Thatcher ante los mineros galeses pero al Jefe de Gabinete, el único que va sentado junto a ella, le parece que es Norman Bates buscando una mosca en el psiquiátrico.

—Quintana parece que acaba de salir de las fiestas de su pueblo pero es muy listo. Con una mano le limpia el culo a Ferrer y con la otra intenta siempre meterle en dedo en el ojo. ¿Qué sabemos de Quintana?  

El Jefe de Medios deja su móvil en el salpicadero y saca dos pedeás del bolsillo derecho de su pantalón; después de dejarlas en su regazo, comienza a manejarlas con el punzón como si rumbeara arrítmica y artríticamente. Después del tirititrán, afirma.

—Quintana no ha hecho declaraciones hoy.
—Ya lo sé. Hoy no habla ni Dios. Me refiero si estará con nosotros o no. Murcia es muy importante. Quiero saber qué mano moverá; si la de limpiarle el culo a Ferrer o de la meterle el dedo en un ojo.

El Jefe de Campaña, el de Medios y el de Comunicación miran por el retrovisor al de Gabinete que se fija en el movimiento de la palanca de cambios hasta que la Presidenta vuelve a preguntar.

—Parece que estáis dormidos.
—Es complicado de saber. Quintana ha comentado a alguno de sus colaboradores que está cansado de Murcia pero creo que ha sido más para tantear que con un objetivo concreto.
—¿Tantear, qué?
—Aquí y allí. Quiere ver cómo se le recibiría aquí porque no puede venir como uno más y también cómo se mueve la gente de cara a la posible sucesión para ver quién tiene sus cartas, quién las del vecino y quién quiere cambiar de baraja. No quiere que le pase lo de Castalia.
—Cría cuervos...

El plantel de jefes se rebulle en sus asientos intentando no estar en el campo de visión de Mendiburu cuando ésta acabe la frase.

—Cría cuervos y tendrás muchos. Los cuervos te sacan los ojos pero son peores las palomas porque cagan por todos los sitios y su mierda es corrosiva. ¿Sabéis que fui Concejal de Limpieza?
—Claro, Presidenta.

El Jefe de Gabinete no sabe si continuar con Quintana, regresar al pasado municipal o sumirse en un tenso silencio. Opta por la primera opción pero buscando los lugares comunes para evitar las decepciones.

—Quintana está crecido porque ha dejado a un ministro moribundo pero es un hombre de partido que irá donde vaya el viento.
—¿Y dónde va a ir el viento? Para eso os pago, para que me digáis qué tengo que hacer en cada momento. Tengo la sensación de que me iría mejor con la táctica de la orden inversa; cuando me digáis que actúe, me quedaré callada y viceversa. ¿Por qué hicimos esa entrevista en El País diciendo lo de hacer oposición desde el Senado el día del debate?, ¿por qué sacamos lo de Ciudadanía el último día de campaña? Si no hubiera dicho nada, no habría despertado tantas suspicacias. La gente tiene miedo.

El Jefe de Campaña se da por aludido.

—Se necesitaba liderazgo; mensajes fuertes de futuro. Sarkozy lo utilizó.
—¿Esto es Francia?, ¿esto es Estados Unidos?, ¿esto es México como pensaba el Mariachi de Losada? Esto es España. Aquí estamos deseando que Alonso la cague para comenzar a decir en el café lo de yo ya decía que no era tan bueno.

Aunque la posibilidad de escurrir el bulto es tentadora, el Jefe de Campaña echa mano de las frases hechas para diluir la nube que se ha creado dentro del coche.

—Quintana sólo es uno.
—Quintana son todos. Yo sólo soy una. Y estoy sola.

El coche llega a calle de la sede del Partido del Progreso Moderado. El chofer mira por el retrovisor a la Presidenta y, con un movimiento de cabeza, le pregunta si tiene que ir por el garaje, evitando a la prensa, o a pie de calle, para recolectar todas las alcachofas.

Con la mano extendida, Mendiburu le indica que dé una vuelta más pero sin pasar por delante del edificio. Recuerda una escena de La caída del Imperio Romano en la que, tras una derrota, un General dispone a sus soldados de frente a un precipicio mientras él camina por detrás abroncándolos. De vez en cuando, se detiene y empuja a alguno. Todos oyen el susurro de los pasos del General caminando por detrás, los golpes de los compañeros al caer y, también, el viento de la reprimenda que acaba transformándose en arenga. Nos estamos amariconando, piensa la mujer. Se imagina a sus jefes de departamento situados en el viaducto con la pedeá haciendo bulto en el bolsillo de atrás de sus pantalones. Ella iría recordando la entrevista el día del debate o la escena de las listas y, entre caída y caída, les explicaría la teoría de la sumisión contraria.

Después de sonreír, mira al techo del coche y lanza la pregunta.

—¿Qué tenemos que hacer, mis queridos éforos?

Los cuatro jefes se vuelcan en sus aparatos para buscar la palabra. El de Medios y de Comunicación no encuentran nada porque la transcriben con hache; el de Comunicación consigue bajarse una escena de 300 en la que no distingue nada, salvo una mujer desnuda danzando entre un difuso grupo de túnicas. El de Gabinete sólo llega ver que eran magistrados de los antiguos estados dorios de Grecia antes de que la Presidenta vuelva a pedir una respuesta.

—¿Qué hacemos?

Los cuatro levantan la cabeza y, enseguida, como si fuera un número de circo se posicionan dos a dos. El Jefe de Comunicación y el de Campaña creen que se debe entrar por el garaje; los otros dos, por la puerta. El de Comunicación matiza su postura indicando que el coche podría pasar por delante de la puerta para que las cámaras tomaran algunos planos y, entre los puertistas, también hay disidencias. El de Medios sostiene que hay que hacer una declaración combinando el apoyo a Losada con la idea de aprovechar la oportunidad que ofrece un buen resultado.

—Dejarse ver, sólo dejarse ver —repite el Jefe de Campaña—. Hay que pasar sonriendo pero sin decir nada porque la Ser lo coge, le da la vuelta y ya hemos metido más miedo al resto.
—No van a estar escuchando la radio ahora.
—¿Qué te crees, que no tienen a uno como tú soplándoles todo lo que se mueve?

Los partidarios del garaje, conscientes de que han perdido la batalla, tratan de sumarse al carro ganador.

—No hay que esconderse –afirma el Jefe de Comunicación. Podría ser malinterpretado.
—Hay que tener en cuenta que no viene Losada –precisa el de Campaña. Habrá muchos rumores.
 —¿Qué queremos hacer? –apostilla el de Gabinete—. ¿Queremos ser una opción fuerte o escondernos para no dar miedo?

El Jefe de Campaña vuelve a sacar a Sarkozy, lo que es contestado por el de Medios señalando que ellos no tienen las conexiones del francés. El de Gabinete, mirando de reojo a la Presidenta, que hace gestos al chófer y al escolta, sentencia que España no es Francia, ni Estados Unidos ni México.

 —¿Conocéis la teoría de la sumisión contraria?  

Es la última frase que oyen de Mendiburu. De un suave frenazo que hace caer todos los aparatos electrónicos, el coche se detiene. El escolta, el primero en bajar, detiene un taxi y abre la puerta a la Presidenta. Cuando la reconoce, el taxista quiere felicitarla, pedirle un autógrafo y, aprovechando un semáforo, saltar al asiento de atrás para darle un beso y hacerse una foto con ella. El escolta le hace un gesto con la mano para indicarle que la mujer necesita descanso.

—Por lo de ayer –complementa el taxista—. Yo no pude estar pero mi hijo, sí. Creo que salió en la radio de Gabilondo diciéndoles cuatro cosas a la cara. Gabilondo, el de los terroristas suicidas con tres capas de calzoncillos.
—Finezza, finezza —susurra Mendiburu.
—Sí, deprisa, deprisa —corrige el taxista—. Estamos aquí al lado. No se preocupe que llegamos en un pispás. He oído por la radio que todavía no ha empezado. Están aquí todos; el valenciano, el murciano, la mujer esta del País Vasco, que me encanta porque siempre dice verdades, y el andaluz, que me gusta menos.

El escolta vuelve a hacer un gesto pero la riada es imparable.

—La van a hacer jefa a usted; es lo que necesitábamos. Alguien con redaños.
—Gracias, majo, hay que preocuparse por la gente como usted, que son los que crean riqueza y dan personalidad

El taxista la mira por el retrovisor y, por todo pago, acepta una foto firmada.

—Es usted la más grande. Si fuera hombre, habría sido torero. 

Mar Mendiburu se baja en la esquina de la sede del Partido del Progreso Moderado. La bandada de cámaras, flases, grabadoras y gente, mucha gente, comienza a moverse en cuanto alguien da la voz. Es Mendiburu. La Presidenta espera.

—Eetam eepitás.

 El escolta no entiende pero desconecta al ver que no es una orden. Con los brazos extendidos intenta forzar un pasillo al tiempo que busca con la mirada a los empleados de seguridad del PPM que no saben si tienen que dispersar a la turba.

Antes de ser rodeada, Mar Mendiburu baja la cabeza para levantarla con una sonrisa de entretiempo. Y susurra.

—O llevarás luto por mí.

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