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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Demasiada Nocilla puede llegar a empachar


Si habéis estado atentos las últimas semanas y sois lectores  de las paginas de crítica literaria de la prensa diaria y especializada, os habréis visto, como yo, desbordados por el ruido mediático que se ha organizado en torno a la publicación del libro de Agustín Fernández Mallo, Nocilla Experience, segunda parte o continuación de Nocilla Dream, de la que hablé  hace unos meses en esta misma sección, y que obtuvo una buena respuesta por una parte de público y crítica dispuestos a fagocitar cualquier  experimento literario que suene a nuevo, uno de esos que, cíclicamente, aparecen en cada generación dispuesto a acabar, según los exégetas de turno, con el mainstreamnismo narrativo imperante.


Afortunadamente, Agustín Fernández Mallo no ha caído en la trampa fácil de convertirse en el abanderado de una nueva cruzada contra la llamada literatura de mercado; él, simplemente, reclama un espacio, que antes no existía, un canal paralelo donde poder seguir escribiendo sobre sus realidades alteradas.

El problema es que este camino llegue a convertirse en un cajón de sastre experimental donde quepan todos los emuladores indies que en el mundo son y que ya han empezado a aparecer; y esta vía acabe convirtiéndose en  un ismo más de los que han ido apareciendo a través de la historia reciente de la literatura.

El mismo A. F. Mallo se considera más poeta que novelista: “En mi cabeza esta novela son poemas. No soy capaz de distinguirlos. Cada texto parte de conexiones que me vienen por la poesía”, ha declarado recientemente. Pienso que si es capaz de mantener este aliento rizomático en su obra posterior, él como autor, y nosotros como lectores, saldremos ganando; pero en esta segunda entrega de la anunciada trilogía más parece que haya pensando en su propio onanismo como creador que en continuar el camino emprendido en la primera, conformándose exclusivamente con ofrecer lo que se esperaba de él: más zapeo.


Su técnica de cortes, plegados y  ensamblados sigue siendo la misma en la forma de mezclar los diversos materiales que utiliza en sus nanocuentos y en la forma de intercalar informaciones sobre, por ejemplo, el CERN, las flatulencias de las vacas y el Protocolo de Kyoto, las opiniones de las estrellas mediáticas, o el código samurai.

Sus páginas continúan siendo el mando de control remoto que nos hace saltar de uno a otro canal, mezclando imágenes, noticias, información, publicidad, en un todo presidido por un absurdo sentido del humor que logra distorsionar la realidad creando tensión en su fragmentación. En este aspecto creo que  el universo Nocilla bebe en las fuentes del mejor Ballard, sobre todo de su emblemática Exhibición de atrocidades, y en los mundos imposibles del mejor creador de realidades paralelas del siglo pasado, Philip K. Dick.

Espero que cuando el universo Nocilla termine su expansión no cree un agujero negro que se lleve por delante todas las expectativas creadas por A. F. Mallo como motor regenerador de nuestro panorama literario.

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