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Los viajes

de Sara Gutiérrez

Los Templos de Angkor (I)


Lo que turísticamente se conoce como Templos de Angkor («angkor» deriva del sánscrito «nagara» que significa «villa real» o «capital») es una parte del gran complejo arqueológico situado en las proximidades de Siem Reap, fruto del esplendor del imperio Jemer entre los siglos IX y XIII, víctima del paso del tiempo (especialmente por la proliferación de la vegetación) y la acción destructiva de los jemeres rojos, y objeto actual de trabajos de restauración avalados por franceses y alemanes, entre otros.

Aunque resulte tentador adentrarse en la selva para ser el primero, o de los pocos, en ver alguno de los monumentos aún ocultos por el follaje, no es en absoluto recomendable salirse de los circuitos establecidos; no hay que olvidar que hace no tanto este territorio fue sembrado por los jemeres rojos de minas antipersona y que aunque la labor de limpieza haya sido intensa y eficaz, seguramente no ha conseguido ser exhaustiva.


Dadas las dimensiones de la zona visitable, es preciso desplazarse por ella en algún medio de locomoción y muy recomendable hacerlo en compañía de un guía local.

Al planificar el viaje, no olvidéis que un disfrute mínimo de cuanto el recinto ofrece requiere dedicarle al menos tres jornadas. Si vais como yo, en agosto, tendréis que contar con lluvias intensas a primera hora de la tarde, lluvias que cesan con la misma brusquedad con la que comienzan y de las que gran parte de los visitantes se protegen con las capas de plástico que se venden por todas partes. En cualquier caso, los termómetros no suelen moverse de 30 humedísimos grados.


En Angkor, no queda otra: hay que madrugar y saltarse la comida del mediodía para visitar los monumentos sin aglomeraciones, y volver al atardecer, para contemplar las espectaculares puestas de sol de los días despejados.

Llevar siempre dinero suelto para regalar o pagar (el arbitrario precio base de todo es un dólar), es más que recomendable.

Angkor Thom

Nuestra primera parada fue en la Gran Capital que, en 3 kilómetros perfectamente cuadrados, acogió entre sus muros al millón de almas que conformaban la corte real, los sacerdotes, los altos funcionarios y los cargos más representativos de la burocracia del rey Jayavarman VII —quién, convertido del hinduismo al budismo, inició su construcción muy a finales del siglo XII—, y sus sucesores.

Directamente hacia la Plaza Real, entramos en la ciudad por la monumental Puerta de la Victoria, que hace el número cinco de los accesos a la misma, después de salvar el foso por el correspondiente puente de piedra flanqueado por serpientes policéfalas sujetadas por 54 dioses la de la izquierda, y otros tanto demonios la de la derecha.


De lo mucho que hay para ver y observar en Angkor Thom, se impone el gran rostro clónico que, mirando a cada uno de los puntos cardinales, corona las puertas y el edificio central, conocido con el nombre de Bayon.



Estructurado en tres niveles, con dos estanques cuadrados al frente, hoy secos, el Bayon es un edificio difícilmente comprensible por cuyas estancias  los turistas transitan buscando la cercanía de la sonrisa de alguno de los 148 rostros de Lokesvara (Amo del mundo) que dan forma a sus 37 torres, y por el camino les detienen las bailarinas celestiales (apsaras) que ornamentan las columnas, aperitivo de los soberbios bajo relieves que en los muros representan escenas de la vida cotidiana, batallas históricas y hazañas legendarias de los dioses.


Ligeramente al noroeste del Bayon, se restauran las ruinas de un templo-montaña piramidal, el Baphuon, que debido a una construcción original defectuosa se desmoronó.


Dos terrazas, la del Rey leproso y la de los Elefantes —nombradas de norte a sur—, preceden al Palacio Real en el camino que a éste llega desde la Puerta de la Victoria, y además de ser escenarios perfectos para el vuelo de las imaginaciones visualizando las brillantes paradas triunfales que desde allí debieron contemplarse, ofrecen en sus muros sorprendentes bajorrelieves y estatuas.


Siendo Angkor Thom, al igual que el resto de Angkor, pura simbología, la manifestación más llamativa de ese misticismo-esoterismo que allí todo lo baña, al menos para mi mente occidental-cristiana, es el Phiméanakas: una pirámide a la que cada noche se encaramaba el monarca para, tras haber yacido con sus esposas y concubinas, encontrarse con una criatura sagrada, mitad mujer, mitad serpiente, que dejaba de acudir a la cita cuando la muerte del soberano estaba próxima.

Si el tiempo no es problema, un paseo pausado por Angkor Thom permite disfrutar aún de restos de templos y santuarios budistas.

A la salida nos entretuvimos un buen rato con los monos que correteaban entre los turistas buscando comida y jugando, incluso ignorando provocativamente a los curiosos.

Algunas fotos las hice yo; otras, Eva Orúe.

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