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Errata

Evaristo Aguirre

La corrección

Es curioso, pero todo el mundo (en la televisión, en la radio, en la prensa, en los bares, incluso) se considera políticamente incorrecto y cree que todos cuantos le rodean sí que son correctos. Oyes por todos lados opiniones absolutamente convencionales seguidas de la coletilla, “yo es que soy muy poco políticamente correcto”. Además, se confunde la incorrección con la simple memez o con la ausencia de decoro más elemental. Ahora, por ejemplo, lo que toda la vida se llamó xenófobo, cuando no racista, se queda en una supuesta incorrección: “Los inmigrantes son unos *** (pongan ustedes lo que quieran, pensando que estas cosas siempre son negativas), vomita un fulano, para añadir que es que él no se anda con tonterías de ser políticamente correcto… “Sin complejos”, como decía uno hace todavía poco tiempo.

El siguiente paso es la mala educación y las aseveraciones que rozan lo delictivo (lean media docena de columnas de periódico y comprobarán lo que les digo). En sus estupendas memorias, José Luis de Vilallonga recuerda que cuando regresó a España tras una larga temporada de vida en el extranjero, uno de los comportamientos que más le llamó la atención, y que más le molestaba, era esa frase de “voy a ser sincero contigo”, porque, decía el marqués, eso iba seguido, indefectiblemente, de algo molesto u ofensivo para el interlocutor.


Todo esto viene a cuento (o quizá no) porque he leído El diccionario del diablo, de Ambrose Bierce, en la edición de Ernest Jerome Hopkins, publicada en español por DeBolsillo, con la traducción de Vicente Campos. Se trata de un clásico contemporáneo, muchas veces citado en toda clase de textos, escrito en los últimos veinte años del siglo XIX y los muy primeros del XX, en San Francisco, y aparecidos, muchos de ellos en la prensa de aquella ciudad.

Bierce, que nació en Ohio, en 1842 y que desapareció en México no se sabe muy bien cuando (después de 1912, en todo caso), escribió en la prensa, columnas en las que la sátira era la norma. Y molestaba, y tenía una legión de enemigos en unos días en los que tirar de pistola no era raro, ni siquiera estaba del todo mal visto. Este Bierce no decía que él era políticamente incorrecto (entre otras cosas porque en su tiempo semejante expresión tan políticamente correcta no existía), no él no necesitaba decirlo, él lo practicaba a diario. Una de sus actividades literaias dio como fruto las definiciones que componen el diccionario.

Cosas y engendros parecidos a este Diccionario del diablo se han intentado mucho desde entonces, en la mayoría de los casos con desacierto. Bierce abrió una vía y lo hizo con ingenio mordaz, con inteligencia y cultura y “sin complejos”, al menos aparentes. Hay definiciones que han sufrido, mal, el paso del tiempo, quizá el paso de idioma o de cultura, pero en cualquier caso es una buena lectura para un fin de semana después de haber tenido que tragar algunas de esas opiniones de periódico mencionadas más arriba, o de haber oído a algunos elementos que nos rodean.

Unos ejemplitos…

Plebiscito: “Votación popular que corrobora la voluntad del soberano”.

Censor: “Funcionario de algunos gobiernos, cuya función consiste en suprimir la obras de genio. Entre los romanos, el censor era un inspector de la moral pública, pero la moral pública de las naciones modernas no soportaría ni una superficial inspección”.

Acertijo: “¿Quién elige a nuestros gobernantes?”.

Señor: “Ideal que tiene la persona ordinaria de lo que debe de ser un caballero, Macho del género rufián”.

Triquinosis: “Respuesta del cerdo a los partidarios de la porcofagia”.

Extranjero: “Perteneciente a un país inferior”.





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