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Maitines II

Jorge Dioni López

1.4 O César o nada


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José Luis Ferrer, presidente de la Generalitat valenciana, recorre con la mirada a Luis Talavera, Carlos Mariño y Gonzalo Otero-Sariegos cuando el camarero viene para preguntar la habitación a que se debe cargar el desayuno. Los presidentes del Partido del Progreso Moderado en Andalucía y Galicia sonríen y comienzan una conversación sobre las posibilidades del Betis y el Deportivo de bajar a Segunda. El Alcalde de Madrid, petrificando el rostro, teclea algo en la pedea. Ferrer se aclara la voz.

—La 213, por favor.

El camarero apunta

—Y su nombre, por favor.
—Jacinto Salas.

Ferrer, ligeramente trémulo, sonríe al resto de la mesa.

—Es por lo de las auditorías. Lo miran todo los cabrones. 

Tras apurar el rabito de la ese de Salas, el camarero se despide con un perfecto, muchas gracias, espero que todo sea de su agrado y siempre es un placer recibirlos, procurando mirar a Talavera y Otero-Sariegos, que no quita la vista del aparato electrónico. El andaluz, en cambio, se levanta para darle la mano.

—El placer es nuestro. ¿Usted que prefiere que baje el Betis o el Depor?
—Me conformo con que el Atlético no vuelva a descender.
—Un colchonero.

Luis Talavera da dos sonoros golpes a la espalda del camarero que los recibe moviendo un poco el anclaje, como un percherón.

—Vaya la que nos preparó el Gil allá.  
—Era todo un personaje.
—Joder, si lo era. Sólo le faltó quedarse con la tinta de las fotocopiadoras.

El andaluz se acerca aún más al camarero y le pone las bridas cogiéndole de los hombros.

—Le voy a contar una cosa; a mí me caía bien el Gil ese. Siempre quise sumarlo para el partido porque nos hacía daño allá. Pero no me dejaron. Es que esto está lleno de maricones como el alcalde este que tienen ustedes.

El camarero relincha un poco con la cincha pero se queda en el sitio. Talavera le pasa la mano por el lomo y, tras comprobar que sigue teniendo mano para la doma, regresa a su silla desde donde le hace un gesto amable para que regrese a la cuadra.

—Vaya fenómeno.
—El problema de Galicia es haber tenido mucha gente como Gil. Está llena, no os hacéis una idea.
—Cómo no me voy a hacer una idea, Carliños, si vengo de la boca del lobo.

Mariño y Talavera vuelven a enzarzarse mientras Ferrer, sin perder la sonrisa, busca alguna posición en la que se le quite el malestar que se le ha quedado después de que el camarero no lo haya reconocido. El móvil le echa una mano. Es un mensaje de María Nebot, su asesora, pidiéndole que se acerque al salón Camelot, donde han instalado una pequeña oficina de prensa.

—Si me disculpáis un minuto. Podéis repetir. Está pagado.

Sin mirarlos, Ferrer se levanta y comienza a deslizar sus piernas ligeramente más largas que el resto del cuerpo, por las alfombras con motivos taurinos del hotel. Cuando llega, Nebot ya lo está esperando.

—Mecagendeu.
—Joder, José Luis, ¿qué pasa?
—El camarero no me ha reconocido.
—Bueno, hombre, esto es Madrid.
—Talavera tampoco es de aquí.
—Fue ministro.
—¿Cómo puedo llegar a nada si la gente no sabe quién soy?
—¿Cuánta gente crees que conocía a Zapatero en 2003? Y, un año después, Presidente.
—No creo que sea el mejor ejemplo, Marieta.
—Es lo que es. Yo no te digo sólo lo que quieres oír, como el resto.

La mujer se pinza el labio inferior en un movimiento que requiere una coordinación precisa entre la lengua y el impulso de la aspiración. 

 —Tengo buenas noticias. La entrada por aclamación de Mendiburu ha provocado el efecto que te comenté. Todo el mundo tiene miedo. No sólo los que tienes en la mesa. Me han llamado de Castilla y León, Extremadura, La Rioja, Cantabria y Canarias diciendo que no ven claro lo de la Presidenta y que apoyarían otras opciones.
—¿A mí?
—No tan rápido, José Luis. Apoyarían que Losada se quedara de momento hasta que hubiera una negociación sobre el escenario futuro, que es donde ha fallado Mendiburu.
—¿El resto?
—Baleares, Asturias y Catalunya han quedado tocadas y no hay una sola voz. País Vasco pasa de todo, Aragón dice que está hasta los huevos de pagar el pato y Castilla-La Mancha no quiere pronunciarse abiertamente pero no dará batalla a nadie. Yo creo que la tía esta quiere hacer carrera.
—¿Murcia?
—¿Quintana? Nos ha dicho que está con nosotros.
—Es un valor seguro.
—Pero también se lo ha dicho a Mendi.
—Murcià y home de bé, no pot ser .
—Da igual, José Luis. Nosotros quietos, dejamos que cada uno se despeñe y esperamos a que nos llamen. Nos da igual que sea Mendiburu o Losada. Tenemos que negociar con el resto para no despertar los mismos recelos.
—Pero alguna vez tendré que empezar a dar la cara porque nadie la conoce.
—Tranquilo. No te sacaré a Zapatero otra vez.

Ferrer mueve el cuello y busca por los bolsillos alguna toallita. Encuentra una en el izquierdo del pantalón. Después de limpiarse las manos, vuelve a guardarla en el derecho de la chaqueta.

—Gracias, Marieta; dile a Jacinto que le he cargado el desayuno.
—Y no te fíes de esos. Vete despacio a ver qué están haciendo.

Ferrer nada en pequeñas brazadas por las alfombras hasta llegar al inicio del comedor desde donde observa la mesa. El Alcalde de Madrid, Gonzalo Otero-Sariegos, está enseñando algo escrito en una libreta naranja que Talavera mira detrás de sus brazos cruzados y Mariño por encima de sus gafas. El Presidente de la Generalitat valenciana trata de deslizarse como una canica por el suelo del comedor pero sus tres compañeros lo detectan y la libreta pliega sus alas y se posa en la mesa durante unos segundos ante de refugiarse en la solapa del Alcalde. A Ferrer sólo le da tiempo a ver que es una libreta corporativa de las elecciones municipales.

—¿Qué tal Pepe?

Talavera sonríe sin descruzar los brazos. Mariño se coloca las gafas para que queden justo delante de los ojos, encima de la nariz y detrás del resto de cosas. Otero-Sariegos mira el reloj y comprueba que su hora coincide con la pedea antes de intervenir.

—No os quiero entretener porque yo no voy a la Junta.

A Ferrer le parece que Talavera y Mariño se señalan grande, chica, duples y 31. Ambos sonríen y miran simultáneamente sus relojes. Otero-Sariegos se levanta y, después de ajustarse la camisa, la corbata, las gafas y la inexpresividad, extiende la mano a Ferrer.

—Creo que deberíamos estar más en contacto por lo de los Juegos.
—Sí, claro, los Juegos y las Fallas. Hay muchos temas que tratar.

El valenciano se remueve en la silla pero no comienza la maniobra de levantarse hasta que no ve a Talavera impulsarse en la mesa. Al andaluz le sigue el gallego. Ferrer indica a Otero-Sariegos que deberían seguirlos hacia la puerta pero el Alcalde de Madrid cruza los brazos.

—Mira, José, te lo voy a plantear abiertamente. No voy a la Junta ni a Maitines y el 90% del partido me odia pero yo habría ganado ayer.

Ferrer piensa en la obsesión de su asesora por no salir de la madriguera para que todo el mundo se despeñe pero no sabe si Otero está cayendo por un precipicio o le está pasando por encima como una apisonadora; o taladrando por detrás, como una tuneladora.

—Están colocando a Mendiburu y Losada está harto de nosotros. Si la bruja logra ofrecerle la presidencia de Iberia, Jaime le deja el camino libre y todos estamos perdidos. No sólo yo. Sé que ha hablado contigo y te ha ofrecido un montón de cosas pero irá por ti porque no soporta que haya alguien que no se deslumbre ante su presencia.

El valenciano sonríe abriendo la boca sin llegar a producir ningún sonido asimilable a la risa.

—Y no dudo de tu capacidad de humillación porque haber crecido a la sombra de Castalia pasa después cargártelo requiere mucha capacidad de sumiso disimulo.

La sonrisa aumenta hasta imitar el gesto de esperar una mascletà; Ferrer echa de menos poder taparse los oídos.

—Pero Mendi no es Castalia. Sólo puede estar ella. No hay número dos ni tres ni cuatro. Tiene 56 años y tiene claro que con él o sobre él. Eatam eepitás.

La mirada del Presidente de la Generalitat valenciana recorre el rostro del Alcalde de Madrid, el pasillo por el que se llega a la sala Camelot donde está María Nebot y el que lleva a la puerta por donde hace rato que desaparecieron Talavera y Mariño.

—Era la frase de los espartanos. O volvían con su escudo porque habían ganado o sobre él porque habían muerto. Mendiburu va a por todas. No puede esperar cuatro años más. ¿Qué vas a hacer?

Irme a la mierda o mandarte a ella, piensa Ferrer. Duda si comentar al Alcalde los datos que le ha dado Marieta sobre cómo los líderes autonómicos se están bajando del carro de la Presidenta madrileña; decide que lo mejor es hacer que le dice Marieta, esperar.

—Bueno, Gonzalo, no creo que la situación sea tan cruda como la has pintado. Puede ser que haya gente con ganas de cambiar las cosas, yo mismo tengo algunas ideas, pero el enfrentamiento no puede ser la solución.
—Con Castalia no pensabas lo mismo. No ha quedado ni el apuntador.
—Son cosas diferentes; no sabes cuál era la situación allí. Prácticamente dirigía un gobierno de coalición.
—El mío es de confrontación. La mitad de mis concejales tienen como misión informar de lo que hago y apuñalarme. Parecemos la Roma de los Borgia.

Ferrer quiere hacer un gesto como de que ha entendido el chiste.

—¿Qué vas hacer?, Pepe.
—Los Borja, que eran valencianos, tenía un lema, O César o nada. Es parecido a lo de los espartanos esos salvo que, para ser César no hay que luchar abiertamente.
—Aquí, sí; Madrid es campo de batalla desde que trajeron la corte. Si a Mendiburu se le allana el camino, yo me voy. Dimitiré y mi número dos quedará como alcalde y con grupo propio fuera del partido. Voy en serio. He hablado con el grupo socialista y lo apoyarán como alcalde.

Ferrer no esperaba los fuegos artificiales tan pronto. Como buen valenciano, aplaude cuando acaban y pone la banda de música. Como buen madrileño, Otero-Sariegos sabe que todo es mentira excepto lo que se ha callado y, cuando sale por la puerta dejando a los tres barones convencidos de que tienen los bolsillos llenos de secretos, saca la pedea y llama a un número interno de ayuntamiento.

—Manolo, llama a la Ser, a Felipe, y diles que Mendiburu se va a estrellar. Se la va a cargar Ferrer con Talavera y Mariño. No, no, nosotros vamos a apoyar a Losada. Todos, todos y yo, el primero.

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