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Los viajes

de Sara Gutiérrez

Siem Reap, la puerta de Angkor


Desde la antigua Saigón, hoy Ciudad Ho Chi Minh, volamos a Siem Reap (Camboya) aunque nos hubiera gustado más navegar Mekong arriba. En el aeropuerto, sencillo y turístico, pagamos las tasas correspondientes al visado y conocimos a nuestra guía: una joven camboyana castellano parlante gracias a las limitadas lecciones de un anciano camboyano regresado de Cuba y a las emisiones del canal internacional de TVE (se nos ocurrió que facilitar el aprendizaje del castellano en un lugar como éste en el que la miseria es dueña y donde el turismo español es cada día más numeroso sería una buena manera de ayudar a crear riqueza, pero nada hicimos al respecto). Nuestro hotel era uno más del centenar de lujosos alojamientos levantados en Siem Reap desde que, a mediados de los años noventa, abriera sus puertas el primero de ellos, el Grand Hotel d’Angkor.


Con la luz de la luna, salimos a la calle seguras de que en un lugar con turistas algún restaurante habría. Y no había uno, había cientos. Hasta zona de copas y terrazas, algunas con pantallas gigantes que alternan deportes y video clips. En esa zona de ocio, evidentemente para extranjeros, las salas de masajes (fundamentalmente de pies) se suceden, pero también hay tiendas de recuerdos, librerías y hasta una gran farmacia. Entramos en la farmacia buscando una leche corporal que nos aliviara de los rigores del repelente de mosquitos, sabedoras de que aún tendríamos que estar más vigilantes en nuestra particular profilaxis de la malaria, y entablamos conversación con el joven farmacéutico, venido de Francia. Volvimos al hotel en uno de los muchos tuk-tuk (motos enganchadas a carros con asientos) que aguardan la retirada de los turistas, y al pasar ante el hospital vimos algo asombroso. En una motocicleta se estaban subiendo tres personas: el conductor, una enferma con un gotero enganchado a la vena y una tercera persona que trataba de mantener en alto la botella del gotero.

A la mañana siguiente, a primerísima hora, salimos camino del preciado tesoro: los templos de Angkor.


Desde Siem Reap hasta los templos hay un puñado de kilómetros de carretera, unos ocho, que transcurren entre arrozales y poblados de casas de madera de una única habitación construidas sobre palotes, por miedo a las serpientes y demás alimañas. A la puerta de algunas de ellas, las mujeres queman azúcar de caña para hacer caramelos que venden allí mismo.



El acceso a la zona arqueológica más importante del sudeste de Asia y una de las más impresionantes del mundo, está perfectamente reglamentado, con pases de uno o varios días; sin embargo, nadie evita que continúe deteriorándose este irrepetible Patrimonio de la Humanidad. Todo está al alcance de todas las manos y todos los pies, sólo el criterio individual (no siempre acorde a lo debido) limita las acciones de destrucción de los monumentos y de puesta en peligro de uno mismo. En algunas paredes, pueden verse restos de pintura que facilitaron la copia de bajorrelieves por el arcaico método del calcado mediante rascado. Hay gentes que ascienden, sin pararse a pensar si realmente merece la pena el riesgo, por empinadas escalinatas que otros intentan bajar...



De vuelta a Siem Reap, al mediodía (no hay lugares para comer en la zona de los templos), paramos en el mercado al aire libre que, instalado frente al hospital infantil, ofrece un perfecto servicio de catering.

Y nos dimos una vuelta por el animadísimo mercado central, en el que luminosas (y sorprendentes) joyerías comparten espacio con servicios de costura y peluquería, puestos de verduras, carnes y pescados, y tiendas de ropas y artesanía.

Ultimamos nuestras compras en la tienda de la escuela-taller que en Siem Reap da formación becada a jóvenes artesanos seleccionados en los más recónditos parajes del país.


De cada uno de los templos, que tantos siglos nos han aguardado al amparo de la naturaleza, hablaré en la próxima entrega. Si encuentro las palabras.



Para ir poniéndonos en situación, escribiré que a la entrada de los templos principales, un gran mercadillo de baratijas y decenas de niños reciben con ansia a los turistas, en la esperanza de que alguno compre algo, de que alguno dejará unas monedas. Infantes que nunca se han sentado en un banco de escuela ofrecen sus mercancías en inglés, francés o alemán, y aprenden cuantas palabras en castellano estés dispuesto a enseñarles. Por los caminos suena la música de grupos de mutilados que, acomodados a la sombra de árboles milenarios, al lado de sus prótesis, trabajan su limosna. Todos, chicos y grandes, sanos y mutilados, sonríen agradecidos y, aparentemente, conformes. Aunque, por lo que pudimos ver, cada día son más los pobres que piden y menos lo que dan los ricos. La espectacular belleza de las ruinas, la dolorosa miseria de los nativos y la frívola presencia de los turistas conforman día tras día, durante todo el año, un trípode en insultante equilibrio que nadie parece dispuesto a desmontar.


Algunas fotos las hice yo; otras, Eva Orúe.

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Algunas fotos las hice yo; otras, Eva Orúe.

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