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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Ian McEwan: el gran escéptico


El lector que ha seguido con asiduidad la obra del novelista inglés Ian McEwan desde su debut a finales de los setenta con Primer amor, últimos ritos, habrá sido consciente de una premisa que se repite  una y otra vez en  la  casi  totalidad de sus obras —y hasta me atrevería a decir  que se ha convertido en una de sus marcas de fábrica—, y es que cuando McEwan entra a saco en lo cotidiano, todo, hasta lo más irrelevante, puede convertirse en insólito, y lo más inocente en siniestro. Sin remontarnos muy atrás, esto sucedía en su anterior y magnífica novela, Expiación, donde los celos primarios de una adolescente  desataban la tragedia, y sucede en la última, Chesil Beach, donde una infortunada noche de bodas marca a sus protagonistas de por vida.

La novela cuenta en todo detalle esa noche de bodas de Florence y Edward, ese primer y desafortunado encuentro sexual. Estamos en 1962, en el momento en que Inglaterra está a punto de perder eso que se ha dado en llamar buenas costumbres sociales y la austeridad de una dilatada posguerra en aras del inminente cambio que va a revolucionar en todos los aspectos  la sociedad británica al final de esa década.


Nuestros recién casados, atrapados en una tupida red de factores morales, económicos y sociales que los condicionan, se muestran incapaces de culminar con éxito su noche pese a que ambos son lo bastante inteligentes y se quieren lo suficiente como para haber  pasado por encima de la evidente desinformación sexual y la aversión por el sexo que siente la protagonista.

El desencuentro de estos personajes a partir de este momento es el tema de la novela.

Florence, que pertenece a un estrato muy determinado de la sociedad inglesa de la que ha heredado su peculiar rigidez de comportamiento, se ve incapaz de expresar sus emociones con normalidad, lo que la lleva a la imposibilidad de poder afrontar lo que ha sucedido. Eso la hace sentirse culpable de ello, y aunque lo intente no sabe encontrar los motivos.

Al lector, sin embargo, McEwan le va dando pistas de la vida anterior de ambos protagonistas en capítulos intercalados a la narración de la noche de bodas de una forma concisa pero completa para que éste vaya formándose una idea exacta de la situación en la que se encuentran y cuales son las causas de su comportamiento actual, aunque hay, eso sí, muchas puertas abiertas por el mismo novelista que nunca terminan por cerrarse; y deja, a la vez, que la historia discurra por si sola, buscando sus propios meandros para lograr un drama real, verosímil, que sólo en el tramo final se acelera comprimiendo el tiempo para lograr el desenlace.


Mientras tanto. McEwan ha ido descubriendo uno a uno los fantasmas que acechaban a sus protagonistas y derribando todos los falsos telones, bambalinas y forillos entre los que se movían hasta dejar el escenario desierto donde Florence y Edward quedan finalmente frente al espejo inmisericorde, pero igualmente engañoso, de la realidad.

Chesil Beach logra finalmente situarse entre las mejores novelas de su autor que ha logrado una obra brillante, sensible y a veces inquietante, cuyo calado se debe más a lo que no sucede que a lo que enseña; que mantiene un delicado equilibrio en la tensión argumental y aunque carezca de algún momento de violencia o revelación catártica tan al gusto de McEwan es un placer recomendar su lectura.

 

Chesil Beach
Ian McEwan
Anagrama




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