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Ramón Acín

Autopsia individual y colectiva (con Zaragoza al fondo)


La infancia y la adolescencia, territorios de la candidez y del descubrimiento, son también  el sedimento básico de un ser maduro. Con todos sus pormenores, sean gratos o ingratos. Y lo son, especialmente, cuando ese ser maduro, en un presente, retorna a tiempos pretéritos y evoca (o escarba en) tales pormenores sabiendo, sin duda, que todo cristo viviente es tan sólo la memoria sobre la que se ha erigido. Una realidad ésta que, sin embargo, conocido es, no posee una  existencia tangible. Conscientes de todo esto, cabe preguntarse: ¿Cuánto pesa el plural y dispar pasado formativo en el ser humano? ¿Hasta qué punto marca el destino? A éstas y otras preguntas semejantes parece tender, como aparente respuesta, Autopsia, de Miguel Serrano Larraz, una novela que se bifurca de continuo en una espiral de posibilidades. Posibilidades que son siempre sugerentes y atractivas al tiempo que dolorosas (por el momento, para el protagonista) y, a veces, también impredecibles durante el intento de salvarse del miedo (en todos los sentidos) de cuando el protagonista fue niño e, incluso, adolescente. Como todos.

En principio, por ello, toda la historia de Autopsia aparenta manar a partir de un sentimiento de culpa que el narrador y protagonista Miguel (de nombre idéntico al autor de la novela. Por tanto, no perder de vista el acertado juego de la “autoficción”) padece ante algunos hechos de su pasado. Y, de entre ellos, la primacia de uno en concreto que, pertinaz, roe su conciencia y que, además, osa caminar parejo al consiguiente anhelo de un castigo en el mismo presente de la historia que se evoca en la novela. Ese sentimiento de culpa (y su necesidad de purgación) deriva del acoso ejecutado sobre una compañera de estudios (Laura Buey) durante su etapa de formación como individuo social. Circunstancia que toma fuerza y reaparece desasosegante al cabo de algunos pocos años en la mente del protagonista adulto (y narrador) que busca un descargo de conciencia. En especial, cuando éste en su madurez, desde la lejanía de la alegría y banalidad adolescente, reflota la crueldad no entrevista en el pasado. La carga de profundidad está servida. Pero hay más elementos.  Bastantes más.

El acoso es violencia. Y esa violencia ya sería suficiente para granar la historia de Autopsia. Sin embargo, esta violencia ubicada puntualmente en el periodo escolar, pronto se desparrama, sin apenas dejarse notar en la lectura, por otras esferas de la historia de la novela, dibujando diversos círculos concéntricos (individual, social, estructural…) en los que el lector debe adentrase y reflexionar, agarrándose, simplemente, a las sensaciones que describle el narrador quien, a la vez, es protagonista, acosador y relator. Violencia como pánico, violencia como humillación, violencia, incluso, como defensa (¿qué es sino ese actuar contra alguien para mostrarte diferente?, ¿qué esconde el ejercicio de la violencia cuando se oculta la propia debilidad?,...) Autopsia es, pues, la plasmación de un despertar en el que todos los fantamas del pasado aletean con fuerza, picoteando como buitres unamunianos en la mente. Un despetar que aparece como puntual (el citado acoso a la compañera o la circunstancia de la paliza recibida de los skinheds, por citar un par de ejemplos), pero que gana muchísima intensidad cuando deja de serlo y comienza a traducirse en vida con todos sus recovecos y en todas las direcciones posibles. Como muestra, por ejemplo, basta observar como se retuerce el protagonista de Autopsia cuando reflexiona sobre las personas con las que compartió vida sin darse cuenta de ello (familia, amigos) o, entre otros aspectos, como con la evocación a la que se entrega el narrador/protagonista  cuando no deja de interrogarse, bogando por ese tiempo pasado, sobre un futuro desconocido (qué fue de Laura Buey, por ejemplo). A la postre, una desazón existencial, melancolía, visión del azar, presencia del absurdo, autocrítica e introspección reflexiva, entre otros elementos, completamente reconcentrados y revirados sobre sí mismos para, quizás, desactivar así la bomba de relojería que la infancia y la adolescencia conformaron en su crecimiento.

Pero si Autopsia es generosa en detalles de tal catadura y en bastantes suspicacias temáticas, dada esa navegación por el espacio interior del personaje/narrador y su preñado aluvión de posibilidades y reflexiones, también lo es en cuanto a su espacio físico (Zaragoza, ciudad vital de Miguel Serrano) sobre el que toda la historia descansa y se desarrolla.  Porque Autopsia nos muestra un espacio en ebullición permanente que no sólo actúa en la dirección de un adecuado escenario verosimil con capacidad para que se produzca la propuesta de evocación crítica acerca de un pasado personal concreto, sino que éste acaba manifiestándose como espejo de un escenario colectivo, vivo y en evolución. Un escenario por el que caminan, al costado de la evolución físico-mental del personaje (y narrador) y su educación sentimental, la historia y lo cotidiano, lo ya finiquitado y lo que está naciendo, lo pasajero de la moda momentánea y el sabor del posos de los siglos, la lucha de clases y el destilado ancestral de la intimidad, la vida estrictamente personal y la social, las formas de relación y sus muchos sucedáneos, la topografía física de los espacios y su recalificación… para dibujar una etapa que, en definitiva, puede ser muestra  de la España de un período histórico concreto (fin del siglo XX) y aplicable, también, a la generación que, hace poco, lo tuvo todo a su alcance y que, ahora, pierde el suelo en el que apoyarse. Y todo ello (y más) con un estilo bastante personal  que juega a ser sinuoso porque interesa, ante todo, cavilar y reflexionar con cordura. Una sinuosidad que se apoya en historias que se bifurcan sin parar, en enumeraciones sin freno, en preguntas, especulaciones y meditaciones permanentes. Bifurcación que, además, permite hozar en situaciones muy concretas de nuestra realidad actual (disquisiciones sobre facebook y demás redes sociales “como forma de llenar el tiempo”, por ejemplo) sirviendo casi de crónica,  totalmente verídica además de vivida. Y todoello, sustentándose con apoyaturas sólidas provenientes no sólo de la realidad vital y colectiva, sino de los terrenos del arte, la literatura, la música y el cine, fieramente absorbidos.

Autopsia, una reflexión inicial sobre la culpa, injertada en la mente del acosador que deriva pronto hacia el río de la conciencia humana (sociopatía del individuo) y su inserción en sociedad. Una conciencia humana que nos habla del momento actual (todo un logro el uso de la fragmentación, los saltos y alternancias temporales de la historia y, también, la utilización de la secuencia como fundamento estrutural de la novela –casi 76 relatos, apoyándose unos a otros- y su perfecta disposiicón, pues las secuencias se adelgazan conforme avanza la novela) sin dejar de lado el peso emocional del individuo. Y todo construido sobre un armazón que suena a epopeya colectiva, sublimado de literatura (Bolaño, Kafka, Tomeo… además de otros autores, entre ellos, observénse  algunos de los citados en Autopsia). En definitiva: Léase. Gota a gota.

Autopsia, Miguel Serrano Larraz. Barcelona, Candaya, 2014, 398 páginas.




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