Secciones:

Boletín de novedades

Reciba nuestro Divertín de manera regular y gratuita.
Su e-mail

¡Web seleccionada entre las mejores!

El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Caníbal


Casi desde sus primeras secuencias nos damos cuenta que lo que los cuenta la última y, seguramente, mejor película de Martín de Cuenca no es una historia de miedo, psicología o gore sino una visualmente exquisita y elaborada parábola sobre la soledad, el aislamiento y la búsqueda del afecto envuelta en cierta negrura, cercana al abismo.

El protagonista absoluto es Antonio de la Torre en una de sus interpretaciones más sobrias e intensas para la pantalla. Los secundarios son algunos personajes de los alrededores de esa casa de campo en la que vive recluido y esas chicas a las que (potencialmente) puede matar para devorar después como si se tratara de carne recién comprada en la carnicería.

El actor sabe que el director ha depositado su confianza en él y sus dotes para dar tres dimensiones a su criatura , en su hieratismo y a su vez en la capacidad de transmitir, sin aspavientos, el infierno o el encierro interior de un personaje que responde a una nueva figura: el solterón. Aunque los diálogos no dan mucho de sí, la hermosa fotografía de Pau Esteve Birba dota de una extraña belleza a una historia morbosa en la que ni el director ni el actor, salvo en un par de secuencias aisladas, quieren dar énfasis a lo carnal sino realizar un retrato psicológico difícil y complejo. Aunque este joven costurero, a la manera de Monsieur Verdoux de Chaplin, parece apiadarse de su última víctima, su comportamiento en el filme no está dado en términos psiquiátricos sino de vacío existencial y doble personalidad.

A ritmo lento, algo exasperante (sobre todo para los que iban a ver una película de suspense), Martín de Cuenca maneja con cierta sobriedad y lucidez esta historia sobre personajes complicados contada de una forma sencilla pero visualmente mucho más elaborada de lo que parece, con gran atención al reencuadre, la posición de actores y actrices en diferentes momentos, el humor negro y, sobre todo, una atmósfera que mezcla la languidez y la belleza de los paisajes donde transcurre esta historia de horror que, en algunos momentos, deja ver en exceso que su adscripción al cine minimalista y algo minoritario para un público acostumbrado a un montaje ágil y personajes mas intrépidos. Aquí, como dice un refrán castizo, “la procesión va por dentro” y la al final parece dar, como otros elementos de la historia, ciertas claves sobre esta historia de un pueblo gallego y un hombre que no es lo que aparenta.

Algunos dirán que han asistido a una película plomiza (por su extraño ritmo, el director se toma su tiempo en mostrar la evolución del personaje), a una obra de arte (la composición de los encuadres y la interpretación de Antonio de la Torre son excepcionales) o a una apuesta experimental en la que la historia se desvanece en una extraña espiral entre el patetismo, la tristeza y la crueldad. Una película cercana a algunas apuestas de Franju, Jaime Rosales o a apuestas nórdicas sobre la soledad del individuo en una sociedad alienante y aplastada por una exasperante mediocridad.

La nada




Archivo histórico