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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

El largo invierno chino


Estoy convencido que las casualidades no existen: así que me voy preparando para el desembarco de la armada china en Europa.

Las cabezas de puente ya han venido siendo tendidas desde hace años y en todas las ciudades y pueblos del continente hay una empresa china que además de vendernos cosas a un euro, nos vigila… Y no le llaméis paranoia. Esta especie de invasión alevosa —y más o menos alienígena— se ha ido apoderando poco a poco de las tiendas de nuestros barrios y de las grandes superficies de los polígonos industriales sin apenas ser conscientes de ello. Beijing, como decimos ahora, marca nuestra ruta política y económica; si no ¿para que cambiar la Ley de Justicia universal que acaba de realizar el gobierno del PP a todo correr? Está claro que a los capitostes de ojos oblicuos no les sentó nada bien el posible procesamiento de uno de sus ex por parte de la justicia española. ¡Menudo precedente! Hicieron la llamada pertinente y nos recordaron que el 20% de nuestra deuda exterior está en sus fumanchescas manos. Para el resto de información consultad la prensa.

 Carlos Palacios, en su primera novela aparecida recientemente bajo el título  de El largo invierno chino (Eutelequia), crea una distopía llena de humor, desparpajo iconoclasta, rociada con unas gotas de esperpento para narrarnos la muy probable conquista de Europa por los chinos. Estamos en Milán donde un profesor español acaba de desembarcar para hacerse cargo de un puesto de trabajo en una academia de lenguas y al día siguiente de su llegada mientras hace una visita a la ciudad se encentra en medio del fin del mundo (occidental) tal y como lo conocemos hasta hoy.

Desde El Cubo, un centro de producción y explotación de compatriotas situado a las afueras de MIlán, el Gran Jefe, un Fumanchú disfrazado de Big Brother, ha lanzado el primer ataque su para conquistar Europa y desde aquí pasar al otro lado del océano.

Con un tono distanciado, casi entomológico, Palacios, que no desdeña la parodia nos va presentando a sus personajes: un chino encargado de volar el Duomo, con un pasado de explotación y sumisión total a la causa, el ya citado profesor Juan Almendros y a otro español, turista en la ciudad que pasaba por allí. Los tres quedan encerrados en la catedral y allí se inicia su aventura por una ciudad desierta sometida a un toque de queda donde nada ni nadie parece haber sobrevivido.

El largo invierno chino no es otra cosa que un cruce bastardo de géneros en el que se mezcla la ciencia ficción catastrofista con la novela negra, la novela gráfica, los juegos de consola; pero todo ello visto a través del espejo deformante de un humor soterrado, no exento de ternura y en ocasiones absolutamente mordaz, presentado a través de una escritura expresiva y sin florituras. Una auténtica y divertida, al menos para mí, rareza.




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