Secciones:

Boletín de novedades

Reciba nuestro Divertín de manera regular y gratuita.
Su e-mail

¡Web seleccionada entre las mejores!

Próxima parada: literatura

Ramón Acín

Viaje al desgarro (y más) de la ausencia


Niños en el tiempo, de Ricardo Menéndez Salmón (Seix Barral, 2014) cae dentro del grupo de textos literarios, estremecedores, que hurgan en la ausencia del hijo o/y la desgracia de ver morir al hijo. Dentro de la reciente literatura española, cabe destacar (vid.: José Luis Melero,  La vida de los libros, 2012) las novelas de Mirando al cielo, de Alberto Casañal; Manolo de Francisco de Cossío, publicado en 1937 con motivo de la muerte de su hijo en combate; Más vale volando de Federico García Sánchez, dedicado en 1938 a su hijo "el doncel Luis Felipe García-Sánchez y Ferragud", uno de los setecientos veintitrés muertos en el hundimiento del crucero Baleares, al que siguió un año después Sacrificio y triunfo del balcón; La nit del valenciano Vicent Andrés Estellés, que vio la luz en 1956 tras la muerte de su hija; Joana, de Joan Margarit o el muy conocido Mortal y rosa de Francisco Umbral. Un listado que, además del caso especial de Gónzalez Ruano, también citado por Melero, puede ser ampliado con otras recientes textos-desgarro como La hora violeta del escritor aragonés Sergio del Molino (Mondadori, 2013), quien ahonda literarimente en la enfermedad y muerte (por leucemia) de su niño de dos años. En todos ellos, la novela, acomodada en el recuerdo que trata de digerir el dolor y de imponerse a la pérdida y a la ausencia que conllevan este tipo de ausencias, alcanza cotas de honda emoción. Lógicamente, este uso es universal y puede rastrearse también en otras literaturas. Como ejemplo, El hijo (Premio  Goncourt, publicado en España por La Esfera de los Libros), del director de ópera y escritor francés Michel Rostain, nacida ante el dolor por su hijo Lion, muerto de meningitis, a la edad de 21 años. Y lógicamente también, la presencia y uso de textos-desgarro puede aumentar el círculo de sus personajes y referirse a otros seres queridos como el marido (La ridícula idea de no volver a verte, Rosa Montero, o El año del pensamiento mágico, Joan Didion), el  amigo (RavelsteinSaul Bellow) o, desde épocas antiguas, el padre (desde Las coplas a la muerte de su padre).

Pero, aunque por tema y tratamiento Niños en el tiempo, de Ricardo Menéndez Salmón se ubique dentro de esta especialísima tipología de textos citados, es algo más, tal como queda hábilmente manifestado en la ingeniería construtiva de la novela. Ricardo Menéndez Salmón, como si lanzase una piedra al agua, nos hace bogar por tres historias concéntricas que se cumplementan a la perfección, al tiempo que engruesan el entrevisto contenido inicial. Así, al sentimiento de orfandad que cimenta la primera historia ("La herida") cuando Antares y Elena pierden a su pequeño hijo, se complementa, en una vuelta de tuerca más en “La cicatriz”, donde se indaga sobre la infancia no desaparecida, sino oculta (invención de la infancia de Jesús, obviada por los Evangelistas), para finalizar en la suposición del niño que aún no es (y su incierta infancia) porque tan sólo es un “pez” que ni llega  a embrión en el vientre de su madre. Si  al primera historia, camina por la “vergüenza de sobrevivir al niño”, el saber estar y vivir en la realidad que se ha descompuesto, por sobrellevar a duras penas el desamor resultante, a observar la falsedad de los cimientos y a convivir con “la sombra implacable del niño, más presente en la muerte de lo que estuvo en la vida”, entre otros aspectos, la segunda, junto a la desasosegante incertidumbre de la ocultación, supone la conjetura de una infancia y, en concreto, la realtiva a un personaje maduro que sobrepasa la normalidad de la concepción del ser humano, un ser humano al que, además, le pesan sus espaldas por siglos de tradición cultural y religiosa. En ambas, la palabra literaria sirve para conjurar la desdicha de lo que fue y ya no es. Una palabra que en la tercera historia de la novela (“La piel”) alcanza la máxima cima dado que no solo se funden e interconexionan las dos historias anteriores, sino que conforma el territorio para que  “lenguaje y realidad se solapen”.

Ricardo Melendez Salmón, en la delgadez de estas historias, con una escritura directa que transmite sinceridad máxima, pero que, sin embargo está repleta de reflexiones, sugerencias y hondura, demuestra su gran capacidad narrativa. Una capacidad excepcional que le permite exponer y ahondar en temas universales (amor/desamor, muerte/vida, verdad/mentira…) con una facilidad que asombra, y hacerlo junto a reflexiones sobre el mismo hecho de escribir (para que se escribe, función del arte, etc.) y a una contemplación inteligente del mundo que nos rodea (las duras pero no altivas críticas a la vida domesticada, por ejemplo).  Y, también, una capacidad narrativa que, a la vez, sin apenas notarse, descansa sobre una arquitectura estructural que muy pocos consiguen. Niños en el tiempo, además de un título acertado (recapacítese sobre  “niños” y “en el tiempo”) es una lectura grata y dolorosa, sugerente y honda, gratificante y turbadora que se cuela de forma imperceptible, pero que estalla con rotundidad, en especial porque ayuda a conocerse, a reconocerse y a reflexionar en el desconcierto de la vida. Porque la literatura es, en verdad como afirma el autor en la segunda historia, un “instrumento decisivo para desvelar la verdad de la condición humana”.

Ricardo Menéndez Salmón. Niños en el tiempo. Barcelona, Seix Barral, 2014. 221 páginas.




Archivo histórico