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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Los javaneses


El nombre del escritor en francés de origen polaco Jean Malaquais (1908-1998) apareció en el trastero de mi memoria cuando un ejemplar de la reciente traducción de Los javaneses (Hoja de Lata) apareció por mi mesa de trabajo.

El conocimiento de la obra y de la agitada vida de este outsider me vino por vía de la correspondencia sostenida con André Gide —publicada en Francia en el año 2000— y que un amigo, sabedor de mi pasión por todo lo concerniente a este último, me envió puntualmente.

Así, recordaba que, tras haberse conocido personalmente, y tras una serie de dimes y diretes surgidos entre ambos a causa de un artículo publicado por Gide en el que se lamentaba de su origen burgués frente a la dignidad de la clase obrera, éste terminó convirtiéndose en su valedor y mecenas convencido de su valía literaria. A aquel comentario del maestro, Malaquais había contestado (la cita es de memoria): “si usted se siente inferior por poder comer todo lo que le apetece, yo no me siento superior por no poder comer lo que me gustaría”. Esta réplica y todas las que se cruzaron después fueron las que, en vez de enemistarles, lograron unirlos en una amistad y mutuo reconocimiento a lo largo de sus respectivas vidas.

Malaquais sabía de qué hablaba para contestar así: tras un agitado periplo por la Europa de entreguerras había terminado recalando en Francia, donde se vio obligado a trabajar en la minería para poder subsistir. De su paso por la Isla de Java, por una explotación minera situada en el sudeste francés, nació Los javaneses que se aleja por igual de las veleidades posmodernas de la actualidad literaria como de la épica social imperante en la época en que fue escrita.

¿Cuál es entonces la fuerza de esta novela para que un lector actual se muestre interesado por ella? ¿Cómo una obra coral, sin unos protagonistas definidos y a contracorriente entonces y ahora de cualquier moda estilística puede resultar tan absorbente?

Está claro: la calidad de su escritura y la claridad de exposición de la vida de estos mineros explotados por el sistema y atrapados en un huis clos del que difícilmente logran salir si es que realmente lo desean, porque el autor no muestra su vida como un ejemplo de heroicidad proletaria sino más bien como una historia de embrutecimiento general sin posible redención. Tampoco pretende extrapolar o sacar conclusiones sociales; se limita a narrar la vida miserable del antiguo proletariado atrapado en el agujero en el que trabaja, come, bebe y copula como si no existiese otro horizonte en la vida. Y sin embargo logra trasmitirnos que, a su manera, todos esos hombres se sienten felices y libres en esa especie de Babel en el que se habla un idioma formado por diversas lenguas y donde la palabra esperanza no parece tener el menor sentido.

Los javaneses recibió el prestigioso premio Renaudot en 1939, recién llegado Malaquais de la guerra de España donde había luchado en las filas del POUM. Posiblemente hubiera ganado el Goncourt, pero en su camino se cruzó el gran Aragón, con el que mantuvo una clara confrontación en lo personal y en lo político debido a sus formas distintas de entender y llevar a cabo la revolución proletaria, y su carrera literaria ya desde Estados Unidos continuó por otros derroteros.




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