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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

La herida


El debutante Fernando Franco demuestra que con pocos medios se pueden decir muchas cosas, incluso en un cine español amenazado por la miseria material y formal de nuestros representantes políticos.

El filme es una aproximación casi quirúrgica al extraño periplo de Ana (un prodigioso trabajo Marian Álvarez), una joven que sufre un TLT (llamado en la invariable jerga médica trastorno límite de personalidad) pero no sabe que lo tiene. De hecho al realizador no parece interesarle demasiado el “lado clínico” de la historia sino la evolución de su protagonista y las diferentes caras que muestra al mundo y que no siempre se corresponden con la imagen, generalmente degradada, que tiene de sí misma.

La enfermedad mental sigue siendo un tabú o un secreto a voces en la sociedad contemporánea. Ana se muestra más o menos cordial en su lugar de trabajo, vive con su lánguida madre en su casa, donde se encierra rápidamente en la ducha, en un extraño ritual que incluye varias prácticas autolesivas, así como el consumo de pequeñas drogas (la bestia negra de la psiquiatría contemporánea), fuma sin parar, se muestra inquieta pero sobre todo no encuentra armonía completa con el medio, lo que le lleva a enfrentarse de forma obtusa a personas y también a objetos y lugares cotidianos.

La cámara de Franco consigue que su rostro (mezclando la crispación con un extraño realismo y encomiable sobriedad) sea el protagonista absoluto de una cinta rodada con sobrado oficio pero, a ratos, algo fría, como esos parajes helados en que acaba sola incapaz de mantener una relación amorosa con su pareja aunque sí amistosa con su compañero de trabajo y un anciano al que lleva en la ambulancia, con el que se muestra cordial.

Algunas escenas ponen en evidencia el desequilibrio de la protagonista, que sufre periódicos episodios de cólera y confusión, como aquel en que las luces de la discoteca subrayan su caos interior y donde está cerca de temer una relación sexual con un desconocido. Pero Ana no demuestra mucha fe en sí misma ni en la especie humana, y de ahí el negativismo de sus mensajes en el chat nocturno con su desconocido o la extraña dependencia de su novio, que no vemos hasta el final de la cinta y que se niega a volver a su lado.

La gran baza del filme es evitar la teatralidad, la tragedia o las curaciones espectaculares características del subgénero de enfermedades mentales (con los médicos como héroes de folletín), también el morbo de Michael Haneke en La pianista, mostrando una persona reconocible y nada fuera de lo común a la que la cámara sigue y persigue señalando su inquietud y sus breves pero violentos enfrentamientos que en ocasiones se convierten en deseos de muerte algo irreales pero presentes. Franco no nos presenta ningún monstruo sino a "uno/a de los/as nuestros/as” (apelando a la naturalidad desarmante de la actriz protagonista) con una herida interior que se manifiesta en un desajuste con un entorno no siempre demasiado ajustado. Así, su relación distante con su madre no hace sino empeorar —salvo en secuencias aisladas— mientras que su proximidad a los ancianos y a su compañero de ambulancia muestra su lado más desenvuelto y hasta creativo. Pero Ana, inquieta en su entorno, insatisfecha emocionalmente, a ratos desesperada y pesimista, acaba llorando en su coche recién comprado porque ha logrado avanzar pero no abandonar la inmensa soledad que la atenaza, acentuada por la forma que Franco tiene de aislarla en los encuadres o seguirla en movimiento sin desfallecer en una puesta en escena algo lineal pero astuta y ajustada.

Un filme pequeño de alcance inmenso por la universalidad de su mensaje y su coraje a la hora de acercarse a la diferencia y el sufrimiento.

En carne viva




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