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Ramón Acín

La casa del fin del mundo


La casa del fin del mundo, la tercera entrega narrativa de Luis Veres (Valencia, 1968) se alza ante el lector como un largo monólogo intimista (muy bien la voz narrativa en segunda persona por su capacidad para alejar de ese intimismo) en el que un hijo, ante su padre agonizante o muerto, va exponiendo con dureza un sinfín de reproches que, a la postre con el discurrir de la historia narrada, casi seran los mismos que acaben por definerle a él como persona –y, lógicamente, a su propia vida–. Asido a ese mencionado hilo vital de lo ya acontecido, en tan alterada y luctuosa circunstancia y entreverando lo acontecido con acertadas gotas de reflexión, el autor nos embarca en una historia que acaba por configurarse como un copioso río, de fluir permamente, donde pululan rabiosas las ideas, las sensaciones, las emociones, los recuerdos… siempre empapándonos con su lluvia torrencial, pero también ofertando la capacidad para dilucidar bastantes certezas pese al minado territorio de la memoria en el que se apoya. Un territorio que, además, suele aparecer cercado por el olvido, sin olvidar que, en ocasiones, también es territorio propenso a ser evitado dada la ingratitud que destilan algunas de sus circunstancias.

Al fondo de La casa del fin del mundo, como era de esperar, se esconde  el tratamiento de temas transcendentales para el ser humano y del ser humano con el añadido de estar ejecutados, por un lado, en esa tierra de nadie que conforma el instante de la vida que se acaba y de la muerte que llega. Es decir, en la difícil o débil frontera existente entre la irrealidad y la realidad. Y, por otro, encuadrados en el escurridizo territorio de la memoria ya mencionado. Un sabor denso, pesimista y filosófico incluso, que, además, cuadra a la perfección con las series acumulativas –o continuas enumeraciones que se superponen– de los datos utilizados y con las apoyaturas de la comparación o el uso del simil y de la metáfora para lograr una exposición correcta, agobiante y pegajosa, sin olvidar tampoco la ayuda que proporciona la ausencia de diálogos y, especialmente, el escaso uso tipográfico del punto y aparte y de otros elementos fragmentadores del discurso. Veres, además de escribir bien, hace gala de un profundo conocimiento de las estructuras de la escritura, de la narración  y de sus respectivas funciones. Y, con su voz monótona, acumulativa, contagiosa que atrapa de forma hábil, sin cansacio, pero con cierto desasosiego, para depositarnos en el centro mismo del problema. Un problema plural al tratar de la vida, de la muerte, de la memoria, de los sueños… es decir, de cómo estar en el mundo y de cómo pelear en él.

La novela presenta cuatro capítulos innominados. El primero permite asistir a una avalancha de reproches que un hijo lanza a su padre (agonizante o muerto), fracasado autor de teatro que antes optó por ejercer como profesor que por su pasión teatral al tener que cuidar de la familia. Reproches que, de rondón, ponen en solfa a la sociedad circundante (en este caso la sociedad valenciana en distintos momentos. Pero especialmente, la de los años setenta en el siglo XX y la actual). En el segundo, ese acumulo de reproches, antes dirigidos al padre, cambian de dirección y caen de lleno en el protagonista que ve cómo se repiten determinadas situaciones, posibilitando, con ello, una mayor claridad acerca de las contradicciones (lo que anhelamos y lo que finalmente somos, lo que pudimos ser y los que somos, por ejemplo), de las derrotas…, es decir, del difícil equilibro en la vida. En el tercero, las dos visiones se funden, dado que se recuerdan o se recuperan tanto momentos decisivos en la vida del padre, como los relativos al hijo protagonista-monologueante. Abundan entre estas situaciones las relativas a la enfermedad y la muerte (esposa o madre, según el caso) con sus correspondientes carcomas (culpa, debilidad, impotencia…).  Finalmente, en el cuarto, de nuevo, a vueltas con el recuerdo, se centra en el hijo  que, con su aceptación, cierra el círculo.

La vida, el destino y su pelea exprimidos al máximo a partir de un hondo buceo en el interior de una persona agobiada (por la muerte presente y por el destino antojadizo de la vida) con un microcosmos familar y una sociedad que hacen de fondo y actúan con igual fuerza abrumadora. Buena literatura a lomos de una editorial pequeña e independiente.

VERES, Luis. La casa del fin del mundo. Valencia, Ed. Denes. Col. Calabria Narrativa, 2013. 92 pp.




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