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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

¿Qué hacemos con Maisie?


Inspirándose en What Maisie Knew, novela corta de Henry James, la pareja de directores formada por David Siegel y Scott McGee no solo vuelven a demostrar su talento como realizadores sino que logran una de las películas más importantes de los últimos años dentro del género del drama y las adaptaciones literarias. Una mirada renovada a un relato levemente perverso sobre el divorcio de un matrimonio y el efecto de las separaciones, nuevos lazos  y reencuentros en una niña sensible e inteligente.

¿Qué hacemos con Maisie? traslada la acción al Nueva York de nuestras días donde Julianne Moore hace un desgarrado papel de rockera en decadencia. Junto a ella, Alexander Skarsgård, sobre todo, se deja fotografiar pero como todos los intérpretes —empezando por la pequeña y sufrida voyeuse— aporta un matiz de sensibilidad a su personaje dentro del relato.

No es la única vez que James utiliza con argucia el punto de vista de los niños, niños poco comunes por sus circunstancias sociales, que perturban o son perturbados por los códigos de comunicación/incomunicación del mundo de los adultos (Otra vuelta de tuerca, El alumno). Estamos ante una historia de crueldad sentimental pero también con un matiz humanista muy profundo.

Siegel y McGhee, como Maisie, parecen limitarse a observar pero a través de una cuidada fotografía, algunos riesgos narrativos y una espléndida dirección de actores y actrices evolucionando en el espacio dan su particular y sensitiva versión del original literario. Siegel y McGhee no tienen una situación de partida tan violenta como en The Deep End donde el asesinato del amante del hijo de la protagonista da lugar a un encadenamiento de hechos y temores, pero saben usar la aparentemente pequeña tragedia de un divorcio para dejar a los intérpretes desarrollar tonos que ya están, sutilmente, insertos en un guión sin casi ningún histrionismo. Los directores no temen meterse en la piel de una niña pequeña eludiendo cualquier atisbo de ternurismo o parodia, algo que ya consiguieron en La huella del silencio, otra disección mucho más corrosiva de lo que parece de los valores de la llamada “vida americana” y sus efectos sobre la "inocencia infantil", algo estropeada por un final feliz levemente forzado. Como James, entrelazan la arquitectura de su relato con pequeños desastres íntimos que los personajes evidencian o tratan de ocultar a una niña que en algunos momentos es tratada con cariño por todos los personajes y, en otros momentos, se convierte en un arma arrojadiza en las complicadas relaciones entre ellos y ellas.

Vemos una Nueva York bellamente fotografiada, encuentros y desencuentros, violencia soterrada y enfrentamientos que no llegan tan lejos como pudieran impactan sobre la retina de la maleable Maisie que, no obstante y a pesar de los intentos de manipulación, tiene claras sus ideas sobre lo que quiere y cómo interpretar lo que ve o intuye, las ausencias, los retrasos o los momentos de crisis. Estamos ante una película de gestos, silencios, pequeños desgarros, oportunos reencuadres y atención a los pequeños detalles audiovisuales en la que solo Moore se permite algún exceso interpretativo y donde lo más importante son los sentimientos fáciles de herir y el carácter extraño hasta la extravagancia algunas las rupturas amorosas. Los realizadores de la inquietante En lo más profundo, con Tilda Swinton, realizan uno de los dramas más sobrios y contenidos, inteligentes y elegantes del cine estadounidense reciente, moviéndose entre el cine independiente y los rasgos fugaces de autoría.

Lo que Maisie sabe...




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