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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Los gatos pardos


Recuerdo vívidamente el impacto que me produjo la anterior obra de Ginés Sánchez, Lobison (Tusquets), una obra intimista, sobre un niño-lobo autista, llena de violencia y sabiduría narrativa que sobrecogía desde las primeras páginas y dejaba una estela de desasosiego cuando terminabas su lectura

Su segunda novela, Los gatos pardos, viene avalada por el IX premio Tusquets Editores de Novela. Con o sin premio, es una novela destacable por su ambición literaria y por el vitriólico retrato que realiza sobre tres marginados instalados en la periferia moral y física —todo sucede en Murcia— de nuestra sociedad decididos a sobrepasar todos los límites para dictar una ley fundada casi exclusivamente en la venganza.

La andadura de estos tres personajes: Jacinto, un sicario mexicano afincado en Murcia, don Jorge, su jefe, y una adolescente, María, empeñada en dejar de serlo se cruzan una noche d e verano en una fiesta bien provista de drogas, sexo y violencia.

La prosa de Ginés Sánchez, afilada como las cuchillas de un patín para el hielo, taja con violencia la superficie de este retrato instalado en la amoralidad de un universo mafioso en el que se encuentra lo más execrable que puede habitar en la condición humana. Hay que mantener el estómago bien sujeto porque hay páginas que te lo ponen literalmente del revés. La descripción al ácido de sus respectivas peripecias está realizada con aires de grand guignol , donde importa más la representación del ambiente malsano y turbulento en que se mueven los personajes que el desarrollo personal de éstos.

Tal vez haya quien encuentre que esta opción, elegida voluntariamente por el autor, merma en mucho el conjunto de la novela, pero vivimos unos tiempos en los que un pequeño estallido de violencia en un remoto punto del globo puede replicarse con la rapidez de un virus mortal porque estamos instalados en el mundo de la violencia, sea esta moral o física, política o social, personal o institucional y no hay más que leer las páginas de los periódicos para darse cuenta de ello.

A lograr ese efecto de violencia ayudan unos diálogos que como trallazos, contienen la violencia verbal del mejor Ellroy o Thompson, trufados de localismos murcianos y mejicanos y dirigidos directamente al maxilar del lector que muchas veces debe fintar las líneas para esquivar su potencia.

Ginés Sanchez se afana en que ninguno de sus personajes genere tipo alguno de empatía, centrándose en describir ese universo complejo abocado a la perdición, en retratar al milímetro su descomposición, conformando una novela que entretiene, revuelve y es a la vez una crítica social demoledora.




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