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Próxima parada: literatura

Ramón Acín

La vida, viaje que se deshace (con Chile al fondo)


Desde el mismo título del libro con guiño clave hacia la tecnología informática y hacia la comunicación que ésta posibilita, el lector que se acerque a Mis documentos queda advertido. Como mínimo, mientras ejerza la lectura, deberá estar atento a lo que en esos “documentos” se recoge y almacena y, sin duda, también a cuanto se dice o se cuenta en ellos. Otra cosa distinta será todo aquello que de ambas advertencias pueda derivar (o derivarse) que puede ser mucho. Sobre todo, si como lector, además de desplegar actividad y prestar atención, se sigue los hilos que, por lo general, llenos de sugerencia y bien hilvanados, trenzan este buen libro de relatos.

Once relatos que, por su interconexión, pese a su apariencia fragmentaria, conforman como un todo unitario y compacto. Casi como si, en su diversidad, fueran partes de una historia única y entrelazada. Lo cual es un logro que el autor ha conseguido gracias a inyectar una sensación de cercanía (uso de la primera persona, pongamos por caso) y, también, al insinuar que planea una cierta autoidentificación. Al menos, es lo que sucede ya con el protagonista del relato que abre el libro, donde la coincidencia de edad entre éste (repárese en el inicio del cuento: “La primera vez que vi un computador fue en 1980, a los cuatro o cinco años…”) y el propio autor (nacido en santiago de Chile, 1975) propicia las sensaciones aludidas. Que sea o no trasunto del autor da igual, pero sí que interesa su resultado, capaz de enganchar dada la atracción  que destila esa sensación de testimonio que, gracias este subterfugio, se inyecta (véanse “Camilo”, “Yo fumaba bien”). Del testimonio que se narra y que habla de una especie de experiencia personal que, por dispersión en olas concentricas, llega al conjunto de lo colectivo.

Y ese concepto final de lo colectivo ¿cómo aflora? En ocasiones, se descuelga desde el microcosmos de la familia (además de los cinco cuentos que conforman la primera parte de Mis documentos, destaca, especialmente, el significativo y sorprendente “Vida familiar” de la tercera parte), mostrando, con la participación del protagonista, las diversas relaciones que se producen en ella, la dificultad entre sus miembros, los afectos, las imposiciones neuróticas… a veces con el intento añadido de ofrecer una resolución de problemas (primer relato del libro). Pero, junto a esta participación y los posibles intentos de resolución mencionados, las historias narradas por Alejandro Zambra contienen también una búsqueda de algo que de sentido a la vida, de algo que asiente a los personajes en algún sitio o que les otorge un mínimo sentimiento de idoneidad, de pertenencia. De ahí que vengan como anillo al dedo los eposidios de infancia, adolescencia o los del inicio a la madurez que viven, protagonizan y cuentan tales personajes, a caballo siempre de su propia existencia. En otras ocasiones, los relatos descansan en la simple observación de lo cotidiano, sin casi participación del personaje que relata o mira (y relata lo que mira). Y lo que queda de todas esas miradas o exposiciones es, precisamente, el día a día de la vida deshaciéndose. En suma, autobiografía, mirada del entorno, diario de lo que acontece, ficción… dando cuerpo a unas historias que destilan veracidad y vida.

Desde esta perspectiva, Zambra actúa como un periodista que descubre y captura las conductas habituales del ser humano (precisemos, un ser humano modesto); ésas que se desmigajan en la rutina entre la incomunicación, la angustia de las expectativas que no llegan o no se cumplen y los silencios.  Con Chile al fondo, claro. Un Chile que, por añadidura, es el mismo Chile del escritor Alejandro Zambra.  Se entiende, por tanto, esa frase de “Yo era un cuaderno vacío y ahora soy un libro” que cierra el primer cuento del libro.

También el armazón básico (digo básico, porque hay mucha más tela que cortar y bastantes materias a perseguir. Sin embargo, siguiendo a Zambra, prefiero sugerir a destripar las historias de sus relatos) se asienta  a veces en la mujer o en la sexualidad que habita a su alrededor, con grados diversos pero sin apenas salirse de la normalidad (“Camilo”, “Larga distancia”…); en la probemática de la educación (“Instituto Nacional”); en tonterías de la vida como el fútbol o el tabaco (“Yo fumaba muy bien”),… o en cosas de la pareja (los cuatro cuentos de la última parte del libro son variaciones de esa relación), sin ahondar del todo, porque Alejandro Zambra, aunque relate muchas cosas, parece que le gusta  más dejar bastantes materiales en el tintero de la sugerencia. Por eso, en Mis documentos Interesa cuanto se relata, pero quizás mucho más cuando queda sin decir. Y esa es la clave de este libro que seduce, atrapa e interesa, lo cual no es poco en los tiempos que corren.

Alejandro Zambra. Mis documentos. Barcelona, Anagrama, 2014. 204, pp.




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