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Los viajes

de Sara Gutiérrez

Nápoles. Belleza y basura (I)

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Antes  de entrar en detalle, de algunas de las cosas que nos habían dicho sobre Nápoles y los napolitanos:


· «¡Cuidado con la cartera!». Tal vez deba mirarme los bolsillos una vez más pero ni nos han robado, ni lo han intentado ni hemos sentido amenaza de robo alrededor. Si no nos hubieran advertido una y mil veces de lo mucho que roban en Nápoles, este comentario ni me lo hubiera planteado. Pero también es verdad que en la oficina de Avis nos dijeron que no alquilaban FIATs porque los robaban mucho y ellos mismos nos cobraron 50,00 € para papeles administrativos, a pesar de haber contratado seguro a todo riesgo sin franquicia, por un pequeño rayonazo inevitable (o rayar el coche o seguir en el callejón de Sorrento al que nos llevaron las direcciones únicas); y prácticamente todos los taxistas intentaron liarnos con las vueltas (de dinero).


· «En Nápoles se come la mejor pizza del mundo.» Es cierto que no fuimos a la recomendadísima Antica Pizzeria Dell'Angelo, pero la Margarita del Brandi, por mucho que ellos mismos la hayan inventado y lleven más de 100 años haciéndola, nos pareció totalmente prescindible.

· «La simpatía y la alegría de vivir napolitanas no tienen parangón.» Lo siento por los dos o tres napolitanos que nos sonrieron y nos trataron con amabilidad pero, en general, percibí más descortesía que simpatía. Aunque puede ser que, ciertamente, lo sean entre ellos: me gustó ver camareros por las calles llevando café a sus vecinos negociantes. En cuanto a la alegría de vivir… ¿así llaman ahora al fatalismo extremo?


· «Nápoles concentra el mayor patrimonio cultural del mundo.» No sé si será el mayor o el menor, pero es abundante y exquisito. Una pena que tenga que convivir con la mayor concentración de basura jamás vista.

· «El 1 de enero cierran todos los museos.» Fue complicado informarse, tanto en el hotel como en la oficinas de turismo manejaban una hoja con anotaciones contradictorias, pero al cabo ese día por la tarde muchos museos estaban abiertos.

· «La belleza de la bahía de Nápoles es inolvidable.» Es bellísima, no tiene discusión.


Por cierto, es la última vez que me fío de los comentarios y las puntuaciones de los viajeros en Tripadvisor, es más, creo que voy a tomar la determinación de no entrar en locales que expongan un certificado Tripadvisor como la mayor de sus garantías de calidad. El hotel que elegí, basándome en los comentarios de unas y otras comunidades de viajeros, no estaba mal si lo comparamos con un Ibis pero tiene poco que ver con lo que se espera de un cuatro estrellas boutique y menos aún si se insiste en su cualidad de Palacio extraordinariamente restaurado. Por otra parte, los hoteles que rechacé por considerarlos lejos de las zonas a visitar, también basándome en los comentarios de la red, no los habría rechazado ahora. En cualquier caso, si volviera a Nápoles, por ubicación, probablemente procuraría hospedarme en el NH Ambassador.


Tal riqueza patrimonial hay en Nápoles que la Catedral pasa casi desapercibida, en la calle Duomo y en las guías, a pesar de cobijar el baptisterio más antiguo de Occidente, Baptisterio de San Juan en Fuente, con mosaicos paleocristianos del siglo IV, y la sangre de San Genaro que milagrosamente se licua cada 19 de septiembre, aniversario de su muerte, como prueba de que sigue protegiendo a la ciudad.

Las Iglesias y los conventos se alinean con pequeños negocios de comestibles, artesanía (sobre todo figuras de Nacimiento y juegos de lotería), confiterías y pizzerías en la U más asombrosa de Nápoles, la que formada por las calles Benedetto Croce, Duomo y Tribunali se abre a la calle Toledo.


Empezando el recorrido en la Piazza del Gesù Nuovo, destaca la fachada con almohadillado en punta de diamante tras la que se alza la Iglesia de igual nombre, en el interior, un fresco de Solimena, relicarios y exvotos, pero también la meca del peregrinaje de los devotos de San Giuseppe Moscati, el médico santo del que se exhibe aquí incluso la cama.

Enfrente, Santa Clara. Puede resultar interesante la Iglesia con sus sepulcros de piedra, pero lo es mucho más el claustro, que más parece jardín de palacio que claustro de convento.

La siguiente parada debe ser en la Iglesia de Sant’Angelo a Nilo, también conocida como Capella Brancaccio, por haber sido fundada en 1384 por el cardenal Rinaldo Brancaccio, cuyo sepulcro, realizado por Donatello, Michelozzo y Pagno di Lapo (que realizó obras para iglesias asturianas), muestra un bajorrelieve del primero.

Yendo con una zaragozana y habiendo sido educada por dominicas, difícilmente podía ignorar la Iglesia de San Domenico Maggiore, en la que se conservan 42 féretros de miembros de la Corte de Aragón y el Cristo que habló a Santo Tomás de Aquino.

Pero la verdadera emoción nos espera en la Capilla de Sansevero. Nunca antes había oído hablar de Giuseppe Sanmartino pero ya se ha convertido en uno de mis artistas favoritos: su Cristo velado es muchísimo más que extraordinario, es la escultura de mármol más asombrosa y hermosa que he contemplado jamás. Y por si quedaran dudas de la grandeza de Sanmartino, en la misma capilla deja sin aliento El Desengaño y admira también El Pudor. Para los amantes de las cosas raras, en la cripta exhiben un par de moldes del aparato circulatorio humano, masculino y femenino, obra de técnica inexplicada del príncipe Raimondo de Sangro, he de decir que los entramados de arterias y venas en torno a los correspondientes esqueletos me resultaron un tanto vulgares habida cuenta de lo que sabía había en la planta superior.

En San Gregorio Armeno quien no tiene precio es la guía que circula por el claustro contando cuantos detalles sabe del convento en el que vive como seglar, su periplo se repite una y otra vez y puedes unirte al grupo en el punto en que te encuentres con él, ya sea en los balcones que se abren a la Iglesia (con frescos de Lucas Jordán), el horno (que, como consta en una placa, en días de abstinencia horneaba sólo para la abadesa), el pozo (que conduce a uno de los muchos pasadizos subterráneos de huída al mar que minan Nápoles), la primera iglesia y sobre todo el coro (desde el que se ve sin ser visto y que en un armario guarda una excepcional Maternidad en madera policromada de 1400).


Del complejo de San Lorenzo Maggiore (iglesia, museo y excavaciones) visitamos sólo la Iglesia, creo que a esta altura empecé a tomar precauciones contra el Síndrome de Stendhal.

Y aún a riesgo de taquicardia (por el Stendhal), imposible irse de la zona sin entrar en el Pio Monte della Misericordia y entretenerse en descifrar cada una de Las siete obras de la misericordia representadas por Caravaggio.

Eso en superficie. En el subsuelo, un entramado de galerías, en su día cantera de donde salió el material para la construcción de las casas napolitanas, depósito de agua para el suministro público y privado de los napolitanos, y posteriormente refugio durante los bombardeos de la II Guerra Mundial, ofrecen una sorprendente visita guiada. En la memoria me quedan de ella, la leyenda del monjecillo, nombre que daban al pocero (necesariamente pequeño para poder moverse por las entradas y laterales de los pozos, desde donde mantenía limpia el agua) que salía a hurtadillas de las casas ricas a las que tenía fácil acceso y de las que tal vez afanaba alguna que otra cosilla, y a quien al parecer siguen achacando los napolitanos la desaparición de todo cuanto dan por perdido en sus hogares.


No he dicho nada de los Nacimientos napolitanos: los hay por todas partes, enteros o a piezas, orgullosos de ser contemplados o deseosos de ser adquiridos, escenifican por encima de todo la vida napolitana.


Del Museo Arqueológico Nacional, que no está en la U descrita pero sí en la misma zona,  creo que no olvidaré nunca su colección de frescos y mosaicos de Pompeya, Herculano y demás ciudades sepultadas por la erupción del Vesubio del 79. Si se tiene ocasión, recomiendo hacer lo que hicimos nosotras, visitarlo después de haber paseado, al menos, por las calles de Pompeya. Hubiera comprado con gusto un catálogo del Museo pero sólo lo tienen en italiano, ¿cómo es posible? Busqué por la ciudad un libro sobre Pompeya y no encontré, en español, nada más allá de guías turísticas. Insisto: ¿cómo es posible?

Y lo del libro es una anécdota comparado con la información general. Ya que para muchos responsables napolitanos de turismo y cultura el español no existe, no estaría de más que nuestro Instituto Cervantes, tan bien situado, en el frente de mar más cool de la ciudad, se preocupara por dotar de textos y grabaciones en español a los museos que carecen de ellos.

Antes de dar por terminado el capítulo de hoy, una recomendación: si vais a Nápoles con intención de visitar sus joyas artísticas, adquirid la Artecard de Campania que mejor se acomode a vuestra estancia e intereses, resulta muy rentable.

Fotos y vídeo de Eva Orúe.

 

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