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El azar y la necesidad

Daniel Tubau

Einstein contra Chesterton


Einstein

 

Cuando Einstein, que era ateo o al menos agnóstico, conoció ciertas conclusiones de la física cuántica, dijo que él no podía creer que Dios jugase a los dados. No podía aceptar un universo azaroso.

Chesterton, que no era ateo ni agnóstico, sino católico ortodoxo, creía precisamente en un dios que juega a los dados, un universo en el que nunca se puede saber qué va a suceder en el momento siguiente, un cosmos caprichoso en esencia, pues está sometido a los antojos de un Dios omnipotente que decide a cada instante qué va a suceder: cada vez que el tren sale del túnel y llega a la estación Victoria, después de salir de Sloane Square, Dios decide que suceda así.

Chesterton se maravillaba ante este milagro cotidiano que Dios nos ofrecía, porque cualquier día, por supuesto, podía decidir que el tren no saliese a la estación Victoria, sino en una selva de Tanganika o en los desiertos helados de la Antartida:

Dice usted desdeñosamente que, después de Sloane Square, tiene uno que llegar por fuerza a Victoria. Y yo le contesto que bien pudiera uno ir a parar a cualquier otra parte; y que cada vez que llego a Victoria, vuelvo en mí y lanzo un suspiro de satisfacción.


Chesterton

Quizá no resulte demasiado llamativo que dos concepciones tan distintas del cosmos, la determinista de Einstein y la indeterminista de Chesterton, puedan usar a Dios como argumento probatorio: al fin y al cabo, Dios ha sido y puede ser empleado para demostrar casi cualquier cosa, incluida su propia existencia. Sin embargo, Einstein quizá eligió mal la metáfora de los dados para referirse a lo imprevisible, porque no hay nada más previsible que el azar. Es cierto que cuando lanzamos un dado, estamos en manos del azar, y que puede aparecer cualquier número del 1 al 6. Ahora bien, si Dios tomase sus decisiones acerca de cualquier cosa, por ejemplo por dónde saldrá el tren al llegar a Londres, si lloverá mañana en Seúl o si a Juan Pérez le tocara la lotería el mes que viene, lanzando millones de tiradas de dados, entonces nos resultaría fácil predecir lo que va a suceder, casi con el mismo grado de exactitud que en un mecanismo determinista o que en cualquier cálculo probabilista que tan buenos resultados dan en la ciencia moderna.

Porque, aunque al tirar un dado existen seis posibilidades, al tirarlo millones de veces podemos saber sin ninguna duda que cada uno de los números saldrá una sexta parte de las veces. A no ser que Dios juegue con dados cargados, claro.

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