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Ramón Acín

Canal Mussolini: viaje a la Italia fascista (origen, culminación y muerte)


Armada  sobre el esquema de una larga conversación (que, también, puede tomarse como un  entusiasta testimonio o, incluso, en varias momentos, como una especie de confidencia próxima al descargo de conciencia) entre Pericle Peruzzi hijo, narrador y protagonista de la historia  y a la sazón párroco de Agro Pontino, con un oculto interlocutor (que, sin embargo, sí se presiente con su ironía  aunque no se escuchen de forma directa sus palabras), se acciona y se hace avanzar el desarrollo de Tierra de nadie con sorpresas continuas, casi a cada página.  Una sorpresa permanente que no deriva sólo de la circunstancia de que, con un pulso narrativo que jamás decae, en sus más de cuatrocientas páginas acaben certeramente resumidos casi cincuenta años de la realidad italiana del siglo XX. Ni tampoco deriva de esa otra extrañeza añadida, inserta en Antonio Pennacchi, su autor, quien, una vez jubilado, ha emprendido una carrera literaria tan fulgurante, certera y elaborada como nutricia. Ante todo, Tierra de nadie logra sorprender al lector y atenazarle con su lectura gracias al poliédrico y vital fresco vital que atesora, además de sustentarla y levantarla como novela con acierto, pues la vida y demás afluentes fluyen a raudales, totalmente verídicos, al compás de sentimientos,  quimeras, necesidades y la existencia misma del día a día, moteada siempre de sucesos.  

Así  es como Tierra de  nadie se manifiesta como la mejor fantasía convertida en Historia. O, quizá con más precisión, como Historia, viva y cierta, filtrándose, concentrada y sustanciosa, a través de los poros de la fantasía que, con tino, el autor consigue manejar. Circunstancia que el mismo Pennacchi (originario precisamente de La Latina, “la primera ciudad nacida tras la desecación de las lagunas Pontinas”) ya asume en su significativo y confesional prólogo: “En el Agro Pontino no existe, por supuesto, ninguna familia Peruzzi a la que haya sucedido cuanto aquí se cuenta (…) Lo que sí es cierto, sin embargo, es que en el Agro Potino no existe una sola familia de colonos vénetos, fruilanos o ferrareses a la que no le haya ocurrido alguna de las cosas que les suceden a los Peruzzi”.

Tierra de nadie es, en esencia, la crónica de un éxodo o de una migración interior obligada, en la que se vieron envueltos más de treinta mil italianos de Ferrara, Friuli y Del Véneto cuando, en la época más gloriosa y próspera (también más dictatorial) del Fascio se repoblaron las tierras desecadas de las insalubres lagunas Pontinas. Una crónica asentada en un numeroso clan familiar de aparceros/ campesinos procedentes del valle del Po, en el norte de Italia. Clan, que, al compás de la recuperación de su pasado que va  propiciando la citada conversación (confesión o descargo de conciencia), permite asistir a casi medio siglo de la vida cotidiana y, a la vez, de la Historia de Italia. Y lo permite  en una doble dirección: tanto en el concepto de vida e historia con mayúsculas (es decir, la serie de sucesos, hechos y vida que edifican,  esparcidos por los manuales, la materia o estudio históricos), como en el de vida e historia con minúsculas (aventuras y circunstancias privadas que, por lo general, acaban en el olvido). En esta lograda conjunción se asienta, precisamente, el gran acierto de Antonio Pennacchi y, también, el máximo grado de interés de la novela. Resumiendo: asombra la capacidad mostrada en la novela para escribir la Historia de Italia (con mayúsculas) mediante la revisión de unas aventuras particulares (las llevadas a cabo por el clan de los Peruzzi), que, en principio,  estarían abocadas a ser absordidas y abolidas por el paso del tiempo. Y asombra porque el ruido de los acontecimientos y guerras, el fragor de las ideologías y sus consecuencias, la sinuosidad de la riqueza y el capital o, entre otros elementos, el ojo avizor de la iglesia y demás poderes sociales…  no se desprende de la acción llevada a cabo por los grandes hombres que proceden de los manuales de historia, si no de la diminuta y dura cotidianidad de unas vidas anónimas y privadas. Por si fuera poco, esta exposición en torno a la Historia y su veracidad, se complementa también con otras lineas de atracción o de interés. Líneas que tan pronto obligan a observar jugosos territorios de la etnología (vida y costumbres campesinas, los “casoni”,  los “poderi”, por ejemplo), de la geografía, geología e ingenieria (desecación de las lagunas, cosntrucción del Canale Mussolini), de la genética (comportamiento de las abejas mediante la descripción de la tía Armina), como, entre otras posibilidades, obligan a tomar conciencia de la función y actuación de los hombres en el campo de la ideología y la política (sindicatos revolucionarios, Ligas, Fascio, etc.).

En principio, el hambre aparece como fondo de este éxodo, como motor de las vidas que dan pie a la novela. Vidas, tan concretas como anónimas, que buscan un futuro mejor. El hambre es origen de casi todo lo narrado en Tierra de nadie (“Por el hambre. Vinimos aquí por el hambre”, así de significativo y concreto, nada menos, es el inicio de la novela). El hambre como detonante del éxodo campesino o de la migración y asentamiento en la “tierra promética” que, además, sirve también como impulso para la conquista de lo desconocido y para la superación de todos los peligros y adversidades acompañantes. Pero hay más líneas a seguir o caminos en los que explorar gracias a la lectura de Tierra de nadie. Sirva el siguiente fragmento como ejemplo orientativo: “Por eso vinimos aquí. Porque nos echaron. La cuota 90 y el Conde Zorzi Vila. De lo contrario nos habríamos quedado en el norte. Y nos fuimos a causa de un párroco, de un manto negro y, en definitiva de un caballo. El caballo de Copparo” (p. 124). Es decir, junto al hambre, está también la presión de una realidad proveniente de la macroeconomía italiana de la época (la famosa couta 90 que impuso Mussolini que dejó en la ruina a los más pobres), la muy antigua división de clases sociales (sumisión de los campesinos/siervos ante el dictado opresivo de los nobles/amos terratenientes), la expeditiva forma de actuar del Fascio contra sus enemigos ideológicos aunque estos pertenezcan incluso a la siempre intocable Iglesia (episodio del asesinato del cura de Comacchio a manos de Pericle Peruzzi), la arraigada presencia de la religión en el mundo femenino… o, también, cómo no, las miles y variadas aventuras y desventuras particulares que, aunque sin valor preciso para la Historia (con mayúscula), sí que actúan como argamasa en ésta al unir los muchos y variados sucesos que la sostienen y definen.

Por eso, en Tierra de nadie, junto al devenir del ficcional clan de los Peruzzi, desfilará una multitud de personajes de carne y hueso, llamémosles históricos (qué magnífica la disolución de las abundantes fuentes documentales en la ficción) y, en consecuencia, actantes  en la vida real y en la Historia, al tiempo que protagonistas de lo ficcional. Ligar ambos elementos  sin estrépito y unir sin forzar ni un ápice el tadem fantasía-realidad en medio de tal mutitud de  variopintos personajes, y hacerlo, además, pese a la magnitud de sucesos reales e imaginados utlizados, eleva a Antonio Pennacchi hasta el Olimpo de la narrativa. Y a su novela, por ser tanto una lección de sobre el pasado histórico y sus consecuencias como una lograda y gratísima ficción.

A ritmo de epopeya , con la fuerza de un enérgico y bien contado western (en auténtica conquista, no del Oeste, pero si de las tierras insalubres del Agro Pontino, con el avance construcctivo del Canale Mussolini, acaban tanto el hecho de convertir en “tierra prometida” el cenegal de unas lagunas milenarias, como la dignidad de los pobres aparceros que al final obtienen “su” tierra en propiedad y, en consecuencia, “su” sueño de generaciones) y con un humor que aflora a cada paso (remito a las fórmulas conversacionales o al uso ficcional de costumbres como, por ejemplo, la manera de enterrar  los habitantes del Po a sus muertos), Pennacchi cuativa y su Tierra de nadie entra de lleno entre el reducido grupo de obras que, junto a la amenidad, son portadoras de reflexión, memoria y enseñanza.  Léase.

Tierra de nadie. Antonio Pennacchi. Barcelona, Salamandra, 2013, 414 pp. Traducción: Mercedes Corral.




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