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Viajar al óleo

Armando Cerra

Desde la torre de Ulm

Pagando unos eurillos se puede uno pegar un sofoco subiendo los 768 escalones de la torre de la catedral de Ulm. Cuando se recupera el aliento, uno aprecia que está en la aguja gótica más alta del mundo, y aunque no llega hasta la propia cúspide, a más de 160 metros de altura, las vistas son impresionantes.


"Catedral de Ulm", de Mónica Grimal

Lo primero que se ve es el conjunto pétreo de arbotantes, pináculos y gárgolas que hacen de este templo una joya medieval en la que se invirtieron cinco siglos para construirla. Y rodeando al templo se despliega la ciudad de Ulm, el lugar de nacimiento de Albert Einstein, con su encantador barrio de pescadores entre canales que llevan aguas procedentes del Danubio.

Y alrededor del conjunto urbano ahora se despliegan fincas, carreteras y fábricas.  Nada que ver con la vista que en 1815 plasmó el pintor neoclásico francés Charles Thévenin. En el cuadro distinguimos al fondo el núcleo de Ulm, con su silueta dominada por la Catedral, mientras que los campos los ocupan miles de soldados en formación, presentando sus respetos al protagonista de este enorme lienzo de casi diez metros cuadrados: Napoleón Bonaparte.


"La rendición de Ulm", de Charles Thévenin

El emperador aparece aceptando la rendición del general austriaco Mack el día 20 de octubre de 1805. El episodio supuso el final de la batalla de Ulm, cuando las tropas francesas dieron un recital de estrategia militar durante tres días y masacraron al ejército del emperador austriaco Francisco II.

La batalla resultó un paso importante camino de la célebre victoria en Austerlitz. Pero también significó la muerte de unos 10.000 soldados austriacos, además unas 20.000 deserciones y otros 30.000 que fueron hechos prisioneros. Mientras que en el bando francés entre muertos y heridos se alcanzó la nada despreciable cifra de 6.000 personas.

Es decir, aunque en la obra vemos los uniformes de gala de los altos mandos y unas tropas casi desfilando, el hecho fue que aquí dejaron sus vidas o algunos de sus miembros millares de seres humanos. Sin embargo, Bonaparte no tuvo reparo en pronunciar una de sus frases lapidarias: “Nunca una victoria tan decisiva ha sido menos costosa”.

Cosas de los gobernantes que se suben a torres aún más elevadas que la de Ulm y ven como por las calles, que nunca pisan, caminan sus gobernados, unos diminutos seres intercambiables y sustituibles, sin saber de sus sufrimientos y penas, y tan solo valiosos cuando se convierten en elementos para conseguir sus fines.

 

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