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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Carrie


A pesar de las expectativas creadas, la realizadora Kimberly Pierce no ha alcanzado el nivel de garra narrativa que logró con su ópera prima Boys Don’t Cry. Ni Stop-Loss (sobre las secuelas de la guerra de Irak en un grupo de soldados) ni esta impactante pero irregular Carrie están a la altura de su primera película.

El  filme se plantea como un remake bastante libre de la película de Brian de Palma y de la novela homónima de Stephen King pero Pierce mantiene las constantes fundamentales del relato original. Aunque sabe darle un nuevo enfoque a la relación entre la madre, una espléndida Julianne Moore, cercana al grand-guignol, y la hija, Cloe Moretz, tímida, sensible e hiperdotada; y aunque introduzca nuevas tecnologías, bullyng, ciberacoso y mayor valentía sexual no aporta gran cosa  a la dubitativa película de De Palma más que mejor oficio y producción.

Carrie es mas contemporánea, no presenta la idea del amor o los celos de la misma forma, y acentúa con sabio humor negro la tensa relación entre la madre fundamentalista y la hija que descubre el mundo, los amigos, la rivalidad, los enemigos y el sexo.

Parece como si Pierce, al entrar en el terreno del terror, temiera perder una gran parte del público y a pesar de algunos diálogos sabrosos el filme no aporta gran densidad a un relato mórbido, lleno de humor negro y visceralidad. Así, Cloe Moretz no logra (a pesar de su esforzada interpretación) transmitir la sensación de inocencia y fragilidad que transmitía Sissy Spasek, aunque domine mejor aspectos nuevos de la personalidad de la protagonista y demuestre su consagrada  madurez interpretativa. La película, a pesar de algunas secuencias impagables como esas en las que madre e hija se encierran mutuamente en el armario o algunos detalles morbosos sobre la automutilación y el fanatismo religioso, acaba recurriendo demasiado a efectos propios más del cine espectáculo que del cine independiente del que procede como realizadora en cine y televisión. Así necesita rodar tres veces una misma secuencia para subrayar el impacto del momento, y aunque deja a las protagonistas evolucionar en el espacio, acaba reduciendo, casi tanto como De Palma, a los y las secundarios a meras caricaturas grotescas  de sí mismos.

La nueva fotografía en color es muy buena y aporta matices eróticos y sensuales al relato original, así como una descripción más ácida del entorno escolar, pero en definitiva, resulta una decepción para los admiradores de sus primeros trabajos a favor del público del cine de terror contemporáneo, al que como ocurría, de otro modo, con Stanley Kubrick en El resplandor, logra a la vez seducir y desconcertar con las claves ocultas y más oscuras del original literario sobre las que pasa con cierto apresuramiento.

Niñaaaaa




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