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Desde la sexta fila

Bamba & Lina

Fair Play


 

FAIR PLAY


AUTOR
Patrice Thibaud


INTÉRPRETES
Patrice Thibaud
Philippe Leygnac

Teatros del Canal
Sala Verde
Del 30 de octubre al 2 de noviembre

 

La opinión de Bamba

Esta crítica llega tarde, muy tarde. Sirva de consuelo pensar que incluso si la hubiéramos subido a la red el día después de haber asistido al espectáculo, no habrían tenido nuestros lectores (los tenemos, confío) oportunidad de ir a ver Fair Play, que así se llama el espectáculo de Patrice Thibaud y su compinche, Philippe Leygnac, porque estuvo en cartel apenas cinco días. Sirva, pues, para ponerles sobre aviso, si es que no les conocen ya.

Descubrí a Thibaud y Leygnac en Cocorico, una descacharrante función sin palabras sobre el ser y el estar de los franceses. La cosa tenía su miga, porque la función fue en el auditorio que la Embajada francesa tiene en Madrid, vale decir: estuve rodeada de galos irredentos que disfrutaron de lo lindo con ese sacar al aire sus manías y vergüenzas.

En esta ocasión, la singular pareja nos ofreció un espectáculo de espíritu olímpico, salpimentado con algunas palabras (incluidas las ya legendarias “relaxing cup of café con leche”), en el que el deporte era un pretexto tan bueno como cualquier otro para desplegar su sentido del humor, el increíble arsenal gestual de Thibaud con la alucinante complicidad de un Leygnac que es músico (toca varios instrumentos) y contorsionista (hay que verle salir del piano para sentarse en el taburete).

Inevitablemente, la función tuvo momentos de conexión con aquella otra en la que Tricicle sacaba punta a deporte y deportistas. Y quizá, como me hizo notar a la salida una buena amiga, este Fair Play es menos “blanco” que aquel Cocorico…

Sea. Pero pasas un buen rato, disfrutas de dos talentos bien compenetrados y te pasmas ante la capacidad que esos dos artistas de físico tan dispar tienen para, con sus gestos y cuatro elementos de atrezo, transportarnos a otros mundos. Un lujazo.

La opinión de Lina

Sirva esta nota para prevenir a los no avisados: cuando en una cartelera os encontréis a Patrice Thibaud, no dejéis escapar la ocasión de pasar un buen rato. Marcad la cita en la agenda y sacad entradas inmediatamente, incluso si, como fue mi caso, ya tenéis entradas para otro espectáculo de mayor duración en cartelera.

La maestría de Thibaud y Philippe Leygnac, cuya combinación se me antoja en la línea de El gordo y el flaco, pero algunos pasos más allá de Stan Laurel y Oliver Hardy, provoca carcajadas, de las que se escapan sonoras, y asombro, del que enmudece la sala.

Ahora que el tiempo ha reposado la algarabía del disfrute instantáneo quedan en mi mente, entre otras de menor intensidad, dos imágenes muy potentes de Thibaud: sus resbalones sobre el piano tras untarse de crema (imaginaria, claro está) y su multiplicación corporal en una pelea de boxeo en la que hay un instante milagroso en el que se convierte a la vez, o así lo he visto, en dos boxeadores abrazados y el árbitro que trata de separarlos.

Y lo mejor de todo, la corpulencia de Thibaud no impide en absoluto disfrutar de la magia desplegada por su minúsculo y fibroso (en comparación con él) acompañante al piano, Leygnac, un perfecto sparring. Carcajadas y asombro, lo había advertido.





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