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El pizarrín

Javier Goñi

Un oso con un birrete


Thelonious Monk

Déjenme que les diga que el otro sábado no estaba en Ginebra, y ese oso con un birrete entre turco y solideo que se encaminaba hacia el piano no era Thelonious Monk, pero sonaban, la otra tarde de sábado —llovía a ratos en Madrid—en la Fundación Juan March, las músicas de Thelonious Monk, ese oso con un birrete entre turcos y solideo, y me hubiera gustado, sí, en un instante, haberme apoderado de algunas de las palabras que escribió, recordando un concierto al que asistió, Julio Cortázar, en marzo de 1966, una noche en Ginebra; esas palabras que están, desde entonces, en perpetuo movimiento, “La vuelta al piano de Thelonious Monk”, y giran desde entonces, esas palabras, en uno de esos libritos suyos, uno de tantos, unos, otros, con los que nos hicimos cortazarianos para siempre, antes ya, desde entonces, después, según. Uno de esos libritos misceláneos, alborotados, alborozados, (des)hechos para a(r)mar y des(a)rmar. Esos.


Pongamos que uno de esos sea el segundo tomo, tomito, querida vieja edición de Siglo XXI Editores, la mía la decimosexta edición, décima de bolsillo, el segundo tomo, tomito, digo, de La vuelta al día en ochenta mundos: todos estaban en este, en el suyo, los ochenta mundos; ochenta, o todos los mundos, como quería el poeta Eluard, y que sirvió a publicitarios listos para una campaña (navideña) de perfumes, uno, ese, el que fuese. Los ochenta mundos, los de Cortázar, y sus lectores, perdidos, dando vueltas, mareados, excitados. Sus lectores.

Pues verán. Desde 2006, creo, los años se nos olvidan, voluntariamente o no —va a ser que sí, voluntariamente—, en noviembre, en la Fundación Juan March, en Madrid, algunos de sus conciertos de los sábados se dedican al jazz, jazz para todos los gustos, para todas las improvisaciones posibles, y este año en el que se cumplen 50 años de la aparición, en Buenos Aires, de Rayuela, esa novela generacional de algunos de algunas edades, y estamos a las puertas del que será, el próximo, el Año Cortázar, el 14, el del centenario de su nacimiento, y treinta años de su muerte, un día de febrero —no sé si de aguacero, como cuando César Vallejo, pero ambas están, relativamente cerca, en el cementerio de Montparnasse, que este verano a los dos me encontré, yo iba con Inicial C, creo que ya lo he comentado en una de estas entregas anteriores—, en París.

Pues bien, en la Fundación Juan March, a los 50 de Rayuela y en vísperas del Año Cortázar, se les ha ocurrido dedicarles tres mañanas y dos tardes –lo explicaré— al jazz y a Julio Cortázar, que recordaba siempre que empezó en Buenos Aires a oírlo, el jazz, a los diez años, y siempre esta música, esta manera de ser, de estar, de permanecer, le acompañó toda su vida, el jazz y la nostalgia de la música de jazz. En una de las muchas entrevistas que con él se conservan, confiesa que si algo le hubiera gustado ser es lo bastante músico como para dominar un instrumento de jazz y lanzarse a improvisar a la manera de un Charlie Parker.


Charlie Parker, Bird, al que le dedicó Clint Eastwood, una estupenda película, con ese título, su apodo, y que interpretaba, con una mirada turbia, el actor negro –a ver— Forest Whitaker. Estupendamente, lo recuerdo, tanto tiempo después. Y de Clint Eastwood, un tipo duro con gancho (con las mujeres: que no es lo mismo que un tipo duro con las mujeres, que también, o yo que sé), se enamoró –dicen— Jean Seberg en el rodaje de La leyenda de la ciudad sin nombre: qué triángulo aquel, ella, Lee Marvin, el rostro mejor afeitado de Hollywood de la época, yel joven Clint. Y de Jean Seberg más de uno además se enamoró desde A bout de souffle, de Godard. Y Carlos Fuentes, el mexicano, que lo estuvo de verdad, enamorado, le dedicó una novela, Diana o la cazadora solitaria, aunque la enmascaró levemente como la actriz Diana Soren. Y Jean Seberg, que tuvo un final turbio, se habría enamorado entre otros de Ricardo Franco, nuestro director de cine, de quien se dice que le dedicó –se inspiró— su película Lágrimas negras, una bellísima película que Franco no pudo acabar en 1999, pues murió antes, y la concluyó Fernando Bauluz. En algún sitio he leído, no sé dónde la verdad, pero concédanme el beneficio de la duda, que Jean Seberg conoció a Ricardo Franco a la salida de un club de jazz célebre en los años sesenta, setenta, no sé, que estaba en Madrid, por Diego de León, cerca de la embajada de Estados Unidos. José María Guelbenzu, el novelista, o Antonio Martínez Sarrión, el poeta, El Moderno, le llamaban, o José Luis Rubio, periodista, uno de mis primeros jefes, éste en Cambio16, al que se le conocía como El Pálido, ellos sabrán, que entonces oían mucho jazz. Ellos, y ellas, que Ángeles Martín, agente literaria, amiga, me acompañaba, el otro sábado, oyendo las músicas de Monk, maravillosas, al modo y a la improvisación del Moisés P. Sánchez Trío. Ellos y ellas. Madrid, entonces, años sesenta, setenta. Cuando el cambio. Cuando lo que fuese. Lo que fue. Aquello.

No sé cómo se llamaba aquel club de Diego de León –uno casi siempre habla de oídas, o sea, de leídas—, pues Guelbenzu habla de otro club, en los bajos de la calle Villamagna, en un hermoso texto, con deliciosa anécdota incluida, un texto que tiene que ver con Cortázar –a ver si reordenamos la cosa que ni ya sé ni por donde estoy: aunque creo haber visto por ahí arriba a la hermosísima Jean Seberg, y eso justifica toda confusión y desvarío—, y que Guelbenzu escribió en 2005, en una exposición, que comisarió Jesús Marchamalo, autor de Cortázar y los libros (Fórcola, 2011), y que organizaron la Fundación Juan March y el Círculo de Lectores. La primera, porque tiene la biblioteca personal del escritor en su sede de Madrid, y la segunda porque entonces estaba editando las obras completas de Cortázar.


Guelbenzu, ya digo, escribió entonces, para el folleto de la exposición, este texto, que ahora reproduzco –sin pedir permiso a nadie, advierto, por si hubiera que haberlo hecho, que creo que no, pues todos somos cortazarianos, y eso une, y disculpa— en su integridad, porque viene a cuento, de Cortázar, del jazz y de Thelonious Monk. O sea, a lo que estamos.


Antes de seguir diré que, en esta tarde de domingo –tras el concierto de ayer tarde y antes del del próximo sábado 23 de noviembre, “Rayuela en música”, a las 12 y a las 19 horas, con el Federico Lechner Quinteto—, hace un rato que he dejado de oír Jazzuela, ese maravilloso disco donde se reúnen algunas de las músicas de jazz  que le gustaba escuchar  a Cortázar, y en mi equipo suena ahora,  de una antología doble de Thelonious Monk, el primer tema del cd2: Blue Monk.

Blue Monk, por cierto, se titulaba el texto de Guelbenzu de aquel folleto de mano, que lo transcribo como si lo estuviera leyendo en voz alta:

“En los años de El mercurio [su primera novela, de 1968, añado] había en Madrid, en unos bajos de la calle Villamagna, un local llamado Whisky Jazz Club. Era una genuina cava a donde acudíamos los amantes del jazz a escuchar a Johnny Griffin, Pedro Iturralde o Lou Bennet. El local tenía una barra a la entrada y, descendiendo unos escalones, una sala estrecha y alargada en la que se arracimaban los clientes hasta el fondo, allí donde tocaban los músicos. Nos sentábamos ante unas minúsculas mesitas redondas en unas banquetas diminutas. Allí llevé a Julio Cortázar, con los Grande, a tomar una copa, charlas y escuchar algo nuevo. Cortázar, con todo lo largo que era, sentado en aquellas banquetas parecía un contorsionista al que le sobraban brazos y piernas por todas partes. Fue una noche maravillosa hasta que empezó a sonar una pieza. Cortázar aguzó instintivamente las orejas porque sonaba el piano de Monk, imagínense, estaba viendo al autor de “La vuelta al piano de Thelonius Monk”, escuchando a Monk. Entonces dijo: “Bemsha Swing”, y me quedé helado. Era Monk, pero estaba sonando “Blue Monk”, no “Bemsha Swing”, y me quedé helado. ¿Cómo atreverme a contradecirle? Antes prefería dudar de mí mismo. Pero cuando, con un hilo de voz, me atreví a expresarlo, aguzó otra vez las orejas y me dio la razón; tenía otra melodía en la cabeza. Lo que yo descubrí entonces es que los maestros, incluso el más amado, Julio, que era tan gran persona como gran escritor, te enseñan mucho, sí, pero te intimidan mucho más”.


Blue Monk, de Thelonius Monk, ese oso con un birrete entre turco y solideo, sonaba, aquella noche, en unos bajos de la calle Villamagna, la noche que evocaba Guelbenzu, y Blue Monk  sonó de propina, el sábado pasado en la March, y este sábado 23 de noviembre, a las 12, ¡jazz matinal!, y a las 19 horas, ¡jazz de media tarde de tortitas con nata en California 47!, el Federico Lechner Quinteto y algunas de las músicas atrapadas en Rayuela. Y el sábado 30 de noviembre, único  y último concierto del ciclo, a las 12, ¡jazz con vermú y gamba a la gabardina!, con el Perico Sambeat Quartet  que improvisará en torno a Charlie Parker, ese gran músico por quien escribió Cortázar si no su mejor cuento, es una nouvelle, sí uno de los más celebres, El perseguidor.

(Me gusta mucho contravenir la atemporalidad del espacio internáutico, más allá de la línea del horizonte a donde mandamos estas sopas de letras precisando fechas, horas y lugares tan concretos; me gusta, sí.)


Jean Seberg

Empezamos esto hablando de Thelonious Monk, pasamos enseguida a Charlie Parker, Bird, la película de Clint –estupenda, sí, pero mi intención era llegar a Jean Seberg, una debilidad— y acabamos, claro, otra vez con Charlie Parker, aquel saxofonista que se fue joven como los elegidos por los dioses aunque la vieja dama que los va a buscar con su guadaña –o jeringuilla— fuese la heroína de su tiempo. Aquel músico herido, o alimentado, por la melancolía, que se llamó en el relato de Cortázar, Johnny Parker, en aquel relato, El perseguidor, o como la llamó el propio autor la “pequeña Rayuela”. Aquel músico, sí, alimentado por la melancolía: “¡Música! Melancólico alimento para los que vivimos de amor”, escribiría en alguna página de Rayuela.

En un libro de Conversaciones con Cortázar, que preparó Ernesto González Bermejo (Edhasa, 1978), ambos hablan de los dos, de Johnny, el saxofonista de papel, y de Charlie, el de verdad, el herido por la heroína, y éste es un fragmento:

“—Y en esto está basado Johnny.
—¡Y de qué manera! Y allí está también, concretamente, mi nostalgia de la música de jazz. Como le decía, si algo me hubiera gustado es ser lo bastante músico como para dominar la técnica de un instrumento de jazz y lanzarme a improvisar a la manera de un Charlie Parker.
—Usted tocó la trompeta ¿no?
—Sí, pero mal.
—Y saxofón.
—También mal. La vida no me dejó avanzar nunca por ese camino. Bueno…, quizás estoy diciendo una cosa poco auténtica porque si realmente yo hubiera querido y podido avanzar por ese camino lo hubiera hecho. Lo que pasa es que no estoy dotado. Si alguien empieza a estudiar un instrumento junto conmigo me aventaja al cabo de diez días, rápidamente; me quedo atrás. Entonces me llegó a parecer un poco absurdo insistir en un camino que, evidentemente, no es el mío. Mejor escuchar a los que lo hacen bien y seguir escribiendo. Pero es una nostalgia permanente en mí, de la que Johnny, de alguna manera, da cuenta”.

Johnny, El perseguidor.


Charlie Parker, Bird. De él escribió en algún otro sitio: “Cuando dejé la Argentina y vine a París, en 1951, sabía poco o nada sobre él [sobre Charlie Parker]. Un día, leyendo un número de la revista france­sa Jazz Hot, supe de su muerte y de su biografía, me encontré con un hombre angustiado a todo lo largo de su vida, no sola­mente por problemas materiales —como el de la droga— sino por lo que yo, de alguna manera había sentido en su música: un deseo de romper las barreras como si buscara otra cosa, pasar al ‘otro lado’: y me dije ‘éste, él es mi personaje’.”

Y esta otra frase que atrapé, el otro sábado, en una de las vitrinas de la pequeña gran muestra documental que estaba en la Fundación Juan March, en el vestíbulo de su salón de actos, y en las que husmeé al salir del concierto: “Descubrí  la música en Buenos Aires a la edad de diez años, más o menos, en 1924. Yo no podía entender las palabras, pero alguien cantaba en inglés y era algo mágico para mí. Tendría catorce años cuando oí a Jelly Roll Morton y luego a Red Ni­chols. Pero al oír a Louis Armstrong, noté la diferencia.”

Louis Armstrong, ese enormísimo cronopio, como le llama Cortázar en el texto que encontré –luego, al llegar a casa—, en La vuelta al día en ochenta mundos, y ese comienzo que hay que leerlo, mientras, cerca, en tu equipo de música, suena quedamente el sonido de Armstrong, ese texto: “Parece que el pajarito mandón más conocido por Dios sopló en el flanco del primer hombre para animarlo y darle espíritu. Si en vez del pajarito hubiera estado ahí Louis para soplar, el hombre habría salido mucho mejor”.


El cortazariano tenaz puede, sí, ir y venir de su biblioteca a su ordenador, de su equipo de música a la cocina a por más hielo, y acaso una rajita de limón, para la ginebra, tónica aún queda; pero el cortazariano agradecido, se haya acercado o no, este sábado último, o el siguiente, o el último de este mes de septiembre, a la Fundación Juan March a oír jazz en directo, matinal, vespertino,  puede, además, acercarse a su web y leer y escuchar una publicación digital, El jazz en la obra de Cortázar, que ha preparado José Luis Maire, de la Biblioteca Española de Música y Teatro Contemporáneos de la Fundación Juan March, y que recoge el universo jazzístico en el pensamiento y la obra del escritor argentino, que nació en Bruselas y que murió francés, a partir de sus propios textos, esas referencias a la música amada, a los músicos admirados que se desparraman por Rayuela, principalmente, y por esos otros con los que hacía algunos de sus libros misceláneos más personales, libros para a(r)mar y des(ar)mar, para (des)hacer; sus propios textos y las numerosas entrevistas donde no era raro que surgiese el jazz como música de fondo, o como banda sonora. El trabajo que se ha hecho en esta publicación digital, que te permite (re)leer viejos textos o entrevistas conocidas o no, es estupendo porque en ocasiones, al final del fragmento, con darle un click –así—, suenan algunas músicas, de las preferidas por Julio Cortázar.

Y ya de paso, en la web, puede uno si quiere –y les aseguro que sí, quieren; prueben— perderse por la Biblioteca digital de Julio Cortázar, un paseo virtual por la biblioteca personal de Cortázar, donde se encuentran muchos de los libros que le acompañaron desde muy joven, algunos traídos desde Buenos Aires, y aquellos otros que incorporó en París, fruto de paseos por las librerías de la ribera del Sena, o regalados y dedicados por sus autores (Alberti, Neruda, Onetti, Lezama Lima, Octavio Paz, Carlos Fuentes, y tantos otros), ediciones artísticas, ilustrados, anotados, algunos con papeles sueltos en su interior, como recordatorio de una circunstancia, de un instante.

La visita virtual a su biblioteca presenta un total 3786 registros bibliográficos en los que se pueden consultar la portada, la firma, la dedicatoria del autor, y los papeles que contiene el libro: un recorte de periódico, un billete de metro, una carta, un dibujo… traspapeles que recuerdan un instante, que acompañaron al lector en su viaje. 3786 títulos en 26 lenguas diferentes, de los que 855 libros contienen la firma de Cortázar, 515 libros están dedicados por sus correspondientes autores y amigos, 48 ejemplares guardan marcadores y "traspapeles", 397 contienen sus anotaciones, y 17 son singulares libros objeto. Una gozada.

En fin, uno trabaja en la Fundación Juan March, pero como decía aquel filósofo mayor, uno ante todo lo que es es amigo de la verdad, y mi verdad es que el jazz y Julio Cortázar siempre me han gustado mucho, nóminas aparte. Y por eso, esto. Palabra.




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