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Ramón Acín

Al pasado reciente, por el norte de España


Un padre encarcelado, una mujer hermosa, un tío que ejerce de tutor, un fraile-profesor de griego que antes fue boxeador, un amigo del alma y, por supuesto, de correrías, dos muchachas adolescentes que actúan de comparsa,  los huídos del bosque… junto a policías y a la gentes del orden en una ciudad norteña durante los años cincuenta del pasado siglo XX en la España gris de la época, conforman algunos de los mimbres con los que Manuel Gutiérrez Aragón da forma y volumen a la historia de Ludi, un muchacho que, durante el verano y en gozosa libertad, se asoma a la adolescencia. 

En apariencia, eso es lo que parece esconderse tras el poético título de Cuando el frío llegue al corazón, pero, en esencia, su realidad literaria va mucho más allá del argumento que redondean los personajes citados. Sin duda, porque a Manuel Gutiérrez Aragón no le importa tanto la cuadratura del argumento en sí, como el buceo sutil en el caminar de Ludi hacia su topetazo con la madurez. Un caminar que no se construye sobre el lógico ensamblaje de unos hechos, sino, ante todo, al trote de las sugerencias y de las intuiciones que van destilándose desde las palabras –dialogadas o narradas– y desde las imágenes que éstas, a su vez, enarbolan.

Cuando el frío llegue al corazón deviene en un relato fluido de tres meses de libertad y aprendizaje o, en su caso, de pérdida y encuentro –cerrados por la brevísima recapitulación después de seis años a partir de los sucesos narrados–, donde el candor de la infancia va debilitándose hasta el desvanecimiento a la par que la inminente vida del adulto mana abundante e imprevista -sin obviar, por supuesto,  su lado turbador ni el maravilloso-, hasta quedarse definitivamente con toda su savía y, también, con toda su crueldad. Tres meses que, por tanto, permiten alegrías y sazones –conocimiento y saboreo del sexo, por ejemplo–, pero también sinsabores, miedos, recelos y fangos añadidos.

Sin duda, quien se acerque a las páginas de Cuando el frío llegue al corazón quedará impregnado por la envoltura –cautemente– asfixiante de la sociedad cántabra de Vega (fácil espejo de la Torrelavega natal del autor cántabro y, a su vez, trasunto fiel de la España de la época); envoltura que, dado el tratamiento de la atmósfera y de sus espacios , con sus muchos alientos costumbristas, ayuda a perfilar el perseguido buceo de un muchacho indefenso –indefesión nacida, sobre todo, ante la obligada ausencia del padre encarcelado por motivos políticos– mientras despierta como ser maduro y como ser en sociedad, deshojando las diversas capas de su inocencia. Ésta es la clave de la novelita: la dimensión del muchacho que emerge y su navegar por los inarmónicos intersticios de su interior personal hasta abocar, caudaloso, hacia el exterior, destilando, además, autenticidad. Y ello es así porque tal navegación sabe a reflejo fiel de una historia que va más allá de la verosimilitud y, además, porque esta navegación no duda en  extender su horizonte por varios frentes. Frentes que tan pronto inciden en la irrupción del amor –historia delicada y sensible, con el Fredo de Platón y demás lecturas clásicas al fondo, y que sabe a deseo y a quimera, pero también a sorpresa y repugno– con sus vaivenes de felicidad/infelicidad, como se instalan en el chasquido doloroso del entorno y sus diversas capas concéntricas, residan en el ámbito de la familia o recalen, más abiertas, en la ciudad de Vega. Al fondo, el monte Véspero, repleto de un pasado de dioses y de oscuros mitos precristianos, vigilando y aleteando y, por el que caminan, entre otros, Candidita, Flowers, Luisín, Amalio de las Heras (alias Pacho Dinamita), Pelayo, Pelirrojo... acompañando al abismo de descubrimientos y sensaciones (amor, afecto, quimera, desilusión y odio) en el que boquean Rosa Eva-Falena y Ludi.

Manuel Gutiérrez Aragón. Cuando el frío llegue al corazón. Barcelona, Anagrama, 2013. 133 pp.




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