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El pizarrín

Javier Goñi

El Gran Aturdido


Déjenme que les diga que yo leí, a muy temprana edad, unos australes que había en la biblioteca de mi padre, unos cambas  que arramblé, tiempo después, para mi biblioteca, en edad ya de atesorar. Creía que aquellos eran todos los cambas posibles que uno podía tener, pero de eso nada, me han crecido los cambas como si fueran champiñones, y días atrás no tuve más remedio que irme a Ikea, al del Ensanche de Vallecas, a ver si en una Billy, de chapa roble, por no desentonar, me entraban, ordenados, todos los cambas posibles. Los que tuve, y tengo, y los que me están llegando. Los cambas que vienen, el diluvio, y no escampan, los camba.


“Mi nombre es Camba” titula su primer artículo en ABC, hace un  siglo, mes más, mes menos: el 8 de octubre del 13; lo dicho, el otro día. Su nombre es Camba, Julio Camba. Como el otro botarate era Bond, James Bond. El uno con licencia para escribir, aquel; el otro para matar, éste. Camba. Bond. Eso.

Se puede correr el riesgo de suponer que Camba escribió toda la vida en el ABC de los lucadetena, que aquel sí que era el ABC auténtico y no el de luismariaánson, como le gusta decir a éste cuando se refiere al papel, al que le quita gramaje cuando desdeña lo que dejó atrás: lo de ahora, el de ahora.  Decía Ruano, aquel que bordaba las necrológicas, y le hizo una, al año siguiente, o al otro día del deceso, no sé, que a Camba lo único que le gustaba era comer, era con lo único que disfrutaba. La casa de Lúculo o el arte de comer, un austral de aquellos, y no crea usted, lector, que, al final, sus divertidas “notas del perfecto invitado”, no son más que “agua de borraja”, que de las observaciones de Camba, escritor en periódicos, siempre se aprende, sobre todo, como fue mi caso, si te caen los cambas en aquellos australes a tan tierna edad.

No es que la mía fuese una infancia con los dedos con sabor a marisco, pero uno —entonces— ya había observado ocasionalmente aquel cuenquecillo de agua con una raja de limón haciéndose el muerto de lado. De los tiempos en que la palabra de los periódicos tenía, en tamaño sábana o con la célebre grapa del ABC, prestigio, y más si la españoleaba con donaire Camba, Julio Camba, aquí va una de sus “normas del perfecto invitado”, ésa que dice así: “El agua del aguamanil, con su rajita flotante de limón, es para limpiarse los dedos. No vaya usted a confundirla con una taza de té a la rusa y se crea obligado a tomarla por cortesía”.


Y del aguamanil al vino. “Cuando en el restaurante le pase a usted el anfitrión la lista de vinos con el designio evidente de que elija el más barato, elija usted el más caro. Así los anfitriones irán aprendiendo a elegir por sí mismos unos vinos pasables”.

Lo de que solo disfrutaba con comer —en casa ajena, o aceptando siempre el convite, a lo que era muy aficionado, a lo uno y a lo otro también: también otra de sus normas era que en el restaurante siempre había que tener un rasgo compensador: lanzar generosamente un duro sobre el platillo de las propinas y no retirar nunca del mismo más de cinco pesetas: rasgo compensador— lo decía Ruano en su necrológica de hace 50 años, o así. Tampoco es que le gustara mucho escribir, si por él fuera no hubiera escrito ni una línea, aunque escribió muchas. De corresponsal, primero, que aunque empezó en Constantinopla, que ya es destino exótico para un periodista español, pasó por plazas más engalanadas, París, Londres, Berlín, Nueva York, “la ciudad automática”, aquel otro austral. Luego acabó, de vuelta, acabada la guerra, tras su exilio en Lisboa, como un rey destronado, en el Avenida Palace, invitado —creo— por un político, acaso un pedrosainzrodríguez, pudo ser, o en Madrid, en el Palace, en la habitación 383, esponsorizado –dicen— por el financiero español más importante de entonces. Acabó, digo, a la vuelta, y además de vuelta de todo, de articulista, y así con sus crónicas de los años veinte y treinta, y con sus artículos —vuelta y vuelta, al final, en la sartén de los refritos— de la edad tardía vivió, malvivió, hasta 1962, en que se murió, discreta, elegantemente, tan solo, quizás, para que Ruano, quizá, Ruano y todos los ruanos que se repartían los adjetivos en la prensa de la época, de inserciones y adhesiones obligadas, le hicieran, a coro, y a solas: a solas, los más jilgueros en la sonoridad del adjetivo bien traído y bien centrado, la necrológica bien hecha, rimada y medida. Un primor.


Camba solo escribió libros, mis australes, y otros, podando artículos de las hemerotecas de los periódicos. De niño, uno se leía sus Alemania, su Londres, los dedicados a Nueva York, sus libros misceláneos, que cogían de aquí y de allá, y que me han ido llenando de reediciones, de nuevas salidas, estos meses, este año, el anterior, mi compra de Ikea, del Ensanche de Vallecas, los que han ido publicando en Reino de Cordelia, en Renacimiento, en Pepitas de Calabaza (que aunque parezca otra cosa es una estupenda editorial de Logroño, donde –vamos a ver dónde acaba este paréntesis—  aparecieron dos joyas, tiempo atrás, no demasiado: los diarios de Iñaki Uriarte, ese autor universal que tiene escrita la más inteligente y breve nota biográfica que yo conozca: “Iñaki Uriarte nació en Nueva York (1946), es de San Sebastián y vive en Bilbao”. Cuando esto es así, donde se ha nacido, de donde se es y, sobre todo, en donde se vive, todo lo demás es superfluo, banal y, si me apuran, vulgar. Uno, lector, se enorgullece de haber leído los dos diarios de Iñaki Uriarte: somos los que lo hemos hecho los que somos, unos puñados, los que sean,  pero vamos, vamos, allá usted si no los conoce. Los diarios de Iñaki Uriarte).


En Reino de Cordelia ha aparecido, que recuerde, Londres, y una de esas misceláneas, cajón de sastre cambiano, o cambianesco, lo que sea: Playas, ciudades y montañas, y en la sevillana Renacimiento, Alemania (en un par de párrafos más abajo, más, otros dos títulos, lo más reciente, como pan recién horneado). Otras dos editoriales se han creado su propio Camba, todos ellos de la mano –omnipresente— del profesor Francisco Fuster (F.F., si es necesario, a partir de ahora, echar mano de las iniciales). Así en Fórcola apareció hace unos meses Caricaturas y retratos y en Libros del K.O., Maneras de ser periodista.


Dos títulos éstos que no aparecen, claro, en las bibliografías canónicas, y es que como Camba escribió tanto y tanto, y tan variado, sin más percha de actualidad que las medidas que le quería poner, cada vez, a su propia americana, con sus artículos sepultados en el mar de arena de las hemerotecas municipales, pudrideros de talentos en papel de tanto gerifalte de antaño , se puede hacer mil y un libro diferentes, y con ellos –como es el caso— llenar una balda o las que te entren en la librería de Ikea, Ensanche de Vallecas.

El libro de Fórcola contiene semblanzas literarias, retratos de fotomatón, de escritores que él conoció o de los que tuvo noticias –y esto se nota—. Semblanzas desperdigadas en el mar de arena del papel de las hemerotecas y con las que ha hecho, encontrándolas, F.F. un estimable y manejable librito, desigual como lo son siempre estos libros misceláneos, y desigual como lo era Camba. Me interesa poco lo que escribe de Máximo Gorki y sí mucho lo que escribe de Baroja, y mira que se han escrito cosas de Baroja. Pues dice Camba que el vasco, tan noventayochista él, pensaba que nuestra decadencia nacional, la suya de usted, provenía de la falta de fosfato en nuestro organismo, y lo quería solucionar, y ya que tenía su Viena Capellanes  cerca por razones familiares –la tía—, pidió a la autoridad competente en un largo estudio que quería ser persuasivo permiso para fosfatar los panecillos. Se le denegó el permiso, y eso que el sr. Baroja ya debía ser un prócer. Es excelente el retrato que hace de Emilio Carrere, eximio bohemio, o del vitriólico periodista de lengua viperina, Luis Bonafoux, o de Alejandro Sawa. Hay casos en que en lugar de hacer un retrato a carboncillo o a lápiz, se pone capucha de verdugo y da hachazos, a diestro y siniestro, con gracia (tiene otro artículo sobre tatuajes, creo recordar, en que cuenta que un verdugo parisino se encontró a la hora de ponerse a la faena con que el reo tenía a modo de tatuaje en el cuello un dibujo y una frase: seguir la línea de puntos, o algo así, que uno siempre recuerda de memoria).


En todos los artículos de Camba, o en casi todos, hay humor o lo más parecido (uno, que leyó aquellos australes, a los diez, doce años, se ha reído mucho menos ahora, al releerlos, en estos rescates de ahora, que entonces, de niño: la culpa será mía, supongo, pero sí es cierto, y lo dejo dicho en este paréntesis, y ya sigo: a veces sus artículos sobre Berlín, sobre Londres, sobre Nueva York, tienen algo, al establecer siempre comparaciones con lo español de entonces, de su tiempo, con aquellos viejos chistes con fórmula fija: iba un español, un francés y un alemán…, pues eso: no todo Camba ha envejecido igual de bien, nunca se envejece como uno quisiera   , por más que esta cambamanía de los últimos tiempos me ha llevado al Ensanche de Vallecas, y cierro este paréntesis, que ni de puntillas logro ver dónde ha empezado). En todos los artículos de Camba, o en casi todos, hay humor, y como tal hay que leer este subrayado de la página 80, donde hace un retrato, poco amable, humorístico, del francés Marcel  Prévost, “un escritor para señoras solas”, que así tituló su texto aparecido en El Mundo de 1910. Y advierte: “!desconfiad de los escritores para señoras!”, e insiste: “para hacerse leer de las señoras hace falta escribir cosas muy anodinas”.En Maneras de ser periodista, en Libros del K.O., una pequeña editorial que llevan unos entusiastas jóvenes –con que sean dos, ya es plural, dos o tres—, y con un muy interesante catálogo, breve e interesante, a sus espaldas, a Camba le recopila F.F. un puñado de reflexiones –algunas amargas, otras escépticas— sobre el oficio al que estuvo amarrado toda la vida, cuando a él lo que le hubiera gustado de verdad es no hacer nada.  Una recopilación que se inicia con el célebre, ya citado, Mi nombre es Camba, donde se presenta a sus nuevos lectores, los de ABC que el Torcuato Luca de Tena fundador le ha fichado. Y les dice a sus lectores: “mi nombre es Camba, y en el fondo yo soy un buen chico”. El librito de Camba en Libros del K.O., va acompañado de unas aleluyas, unas “instrucciones para ser Julio Camba”, que quedan muy bien, y le dan encanto al conjunto.



A estas Maneras de ser periodista, que recuerda tanto otro libro más o menos reciente –es de 2008—, Maneras de ser español (Luca de Tena Ediciones), un libro muy bonito, buen papel, cuidado, de aquí cojo al Camba agachado jugando al billar, que tenía un sumario como para regalarlo, cualquiera de estas Mas—mañanas  con el ABC del día. Un sumario de lo más variopinto y rojigualdo: “Ser español”, “España al por mayor”, “España al por menor” (el escepticismo de Camba siempre a flor de piel), “España plural” (aquí los gallegos, los vascos y los catalanes: la “cuestión” ya en el 17 del siglo pasado), “Madrid”, “Las dos Españas”, “La cocina española”, “La España culta” y “El periodismo español”.

Libro éste, Maneras de ser español, que llevaba un prólogo (además de, entre otras cosas, “un confuso recuerdo de Julio Camba”, de Ruano) de Almudena Revilla Guijarro que asegura que “Camba, desde el humorismo, descubre el envés del ser español”. El envés del ser español. Sea lo que sea. El libro éste, el de Luca de Tena Editores, que yo compré en su momento, y no era barato, que no soy amigo –para nada— de Ignacio Ruiz-Quintano, responsable de la colección, es tan bonito que bien podía ser libro de regalo para estas navidades de crispación y enviárselo, por parte de ABC, a Mas y cuadrilla. Una modesta proposición.


Caricaturas y retratos. Maneras de ser periodista. Maneras de ser español. Playas, ciudades y montañas. Etc., etc. (que también es libro, aunque nada vaya voluntariamente en este inicio de párrafo en cursiva). Y es que, desde luego, con Camba se puede escribir Sobre casi todo (con prólogo de Juan Bonilla) o Sobre casi nada (con prólogo de Felipe Benítez Reyes), que son los dos libros que me acaban de entrar, comprándolos, eso sí, estos días, y que me obligó el otro día a ir al Ensanche de Vallecas: la balda de los camba no daba más de sí. Palabra.

Libros misceláneos estos dos últimos, que son lo más reciente –en lo que tarda de aparecer este pizarrín quién  sabe si salta otro camba con hechuras de traviesa liebre—, como misceláneos lo fueron otros dos más de mi baldada balda: Sus páginas mejores, en Espasa, en 1996, con prólogo de Mario Parajón y Mis páginas mejores, en Pepitas de Calabaza Ed., en 2012, con prólogo de Manuel Jabois. Ambos rescatan el Mis páginas mejores, que el propio Camba –dándole hacerlo una pereza de mil demonios, supongo, a no ser que le ayudaran algunos de aquellos meritorios de escalafón que pululaban por el Madrid de los cincuenta por casa de Baroja, la mesa del café donde escribía y tertuliaba Ruano y la habitación 383 del hotel Palace donde paraba Camba desde 1949 hasta febrero de 1962— había preparado para Gredos en 1956.

Parajón en su excelente prólogo asegura que “Julio Camba es el gran aturdido de la literatura española” (me gusta tanto lo de “gran aturdido”, que me lo apropio, ya lo han visto) y también que a Camba le extrañaba tanto la realidad española, de la que vivía distanciado y como malhumorado, y por eso en sus crónicas, en sus libros-aparadores, abundan las comparaciones con ingleses, alemanes, norteamericanos, suizos, italianos, portugueses…

Manuel Jabois en su no menos interesante prólogo de Pepitas de Calabaza Ed. —¡me encanta el nombre de la editorial!— escribe que “este libro es lo más selecto del fracaso de Camba”. Estupenda frase también. Pero uno no quería escribir de Camba –o sí, o hasta aquí—, sino de este prologuista, Manuel Jabois, que es un periodista —de la provincia de Pontevedra: es creo al único periodista de Pontevedra al que le leo habitualmente— al que sigo en El Mundo, que ganó a los 25 años el Premio Julio Camba –a ver, si no—, y que reúne su ingenio en editoriales que ya han salido en este pizarrín. Supe de Jabois –no sé si es jabois o yabuá: su editor del K.O. me dijo que jabois, pero no sé porque como es de Sanxenxo  y se me traba la lengua, aunque hace muchos—muchos años conocí a una ilustradora de Sanjenjo, creo que así entonces, que me gustaba mucho-mucho, aunque la cosa no prosperó pues se me trababa también la lengua, Sanxenxo, Sanjenjo: lo mismo— por un libro de acopie de crónicas, Irse a Madrid y otras columnas, que en 2011 le publicaron los riojanos de Pepitas de Calabaza Ed. Irse a Madrid, venirse, es lo que recomendaba Baroja para la cosa literaria. Irse, venirse, y ponerse a la cola. Jabois que escribía en Diario de Pontevedra –es un periódico provincial que nunca-nunca he visto, ni he tenido en las manos, y lo siento—, ahora lo hace –y muy bien, entonces y ahora— en El Mundo, no en el de Camba de hace un siglo, sino en el de Pedro J. de un siglo después (yo estaba allí una noche de finales de octubre de hace 24 años, la noche que salió el primer ejemplar, un monstruo de papel, lo recuerdo, feo, feo, pero el primero: tantas cosas han cambiado para todos, pero yo estuve allí esa noche de octubre de 1989).


Y Jabois este mismo año 13, en Pepitas ha publicado un librito precioso, hermosísimo, Manu, con la ecografía de su hijo en portada, un libro donde muestra su talento literario. A mí de Jabois me gusta todo (lo que le leo: que no lo conozco de nada), algo menos que sea –tan, tan— del Real Madrid, al que, por cierto, le ha dedicado un librito exquisito, Grupo salvaje, al Real Madrid, digo, pero alguien que en un librito como éste escribe en la segunda página algo así como esto que entrecomillo: “No recuerdo qué edad tenía: supongo que trece años, porque en la desgracia todos tenemos automáticamente trece años”, invita a continuar, ¿no?


em>Grupo salvaje es un librito que lo edita Libros del K.O en una colección, “Hooligans Ilustrados”, dedicados cada uno a sus clubs de fútbol de sus amores. En esta colección acaba de aparecer el que Ignacio Martínez de Pisón ha escrito sobre el Real Zaragoza, El siglo del pensamiento mágico. Y en esta colección –donde también están Ramón Lobo y Enric González— se encuentra una perla (no sé si del Cantábrico), que para mí ha sido uno de los grandes descubrimientos recientes: Ander Izagirre (San Sebastián, 1976), periodista por libre, trotamundos, que dice que escribe con los pies, y es autor de –ya digo— una perla: Mi abuela y diez más, sobre la Real Sociedad (ese comienzo: “Mi abuelo Carlos era comunista, mi abuelo Joxemari era del Opus Dei y yo casi no soy ni de la Real Sociedad. Los tres íbamos al campo de Atocha. Pero a mí no me gusta el fútbol”).

Lo suyo es el ciclismo, para practicarlo parece que no (espléndido el epílogo, “Así dejé el ciclismo”; el epílogo de un libro del que todavía no he hablado, y a eso voy, y ya termino, palabra), pero escribir, escribir, con los pies o con lo que quiera, pero si hasta aquí ha llegado al menos algún lector, que sepa que le recomiendo encarecidamente que busque y lea, y ya me dirá después. Que lea de Ander Izagirre, en Libros del K.O., Plomo en los bolsillos. Maladanzas, fanfarronadas, traiciones, alegrías, hazañas y sorpresas del Tour de Francia. Supongo que con tan solo Plomo en los bolsillos podrá pedirlo en alguna librería. Merece la pena. Créa(n)me: no sé cuántos han llegado hasta aquí.




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